Creación y redención
Mother Mary traslada una historia profundamente marcada por el peso del pasado y por aquellas relaciones que, por distintas circunstancias, quedan suspendidas en el tiempo sin llegar a encontrar un cierre definitivo. La distancia temporal no consigue borrar esos vínculos; al contrario, los mantiene vivos, aferrados tanto a la memoria como al corazón, condicionando el presente de quienes los arrastran. La película explora así un duelo sentimental inconcluso, una herida emocional que nunca termina de cicatrizar y que, precisamente por esa ausencia de resolución, continúa supurando.
La estrella del pop Mother Mary (Anne Hathaway) tiene previsto regresar a los escenarios para un concierto especial donde interpretará su última composición. Visiblemente angustiada se reúne con Sam Anselm (Michaela Coel), su mejor amiga y diseñadora de vestuario de la que se había distanciado.
El film se abre con un poderoso despliegue visual que bebe directamente de la estética de los grandes espectáculos musicales contemporáneos. La puesta en escena presenta a Mother Mary como una auténtica deidad del pop: elevada sobre el escenario, envuelta en un diseño teatral de gran sofisticación, luciendo un vestuario deslumbrante y sostenida por la devoción absoluta de un público entregado. Todo en estas primeras secuencias transmite una imagen de control, seguridad y dominio del espacio, construyendo la figura de una estrella pop.
Sin embargo, esa fachada comienza a resquebrajarse muy pronto. La película contrapone la grandiosidad del espectáculo (aquí se recurre a esa figura endiosada de la artista que adquiere un tono religioso, de ahí ese nombre de Mother Mary) con la vulnerabilidad de la mujer que se esconde tras el personaje público.
Incapaz de sostener el peso de esa imagen, Mother Mary decide refugiarse en la casa de su antigua diseñadora de vestuario, un espacio que funciona como un regreso a un pasado en el que vislumbramos el rastro de las heridas emocionales existentes entre ambas.
Esta premisa da pie a una primera parte que David Lowery construye bajo los códigos del cine de atmósfera gótica. La llegada de Mother Mary a la aislada casa de campo de Sam, en mitad de una tormenta, remite inevitablemente a la iconografía del género y evoca títulos como Rebeca de Hitchcock, donde el espacio doméstico se convierte en un lugar habitado por los fantasmas del pasado más que por presencias físicas.
Desde ese momento, la relación entre Mother Mary y Sam queda marcada por una tensión constante. Cada conversación, cada silencio y cada mirada evidencian la fractura entre la estrella del pop y quien fuera su diseñadora de vestuario, una relación que terminó arrastrando mucho más que un simple vínculo profesional. Lowery mantiene deliberadamente la ambigüedad sobre la naturaleza exacta de ese lazo –amistad profunda, relación amorosa o una combinación de ambas–, pero lo verdaderamente importante es el vacío que dejó su ruptura. Sam deja entrever un resentimiento contenido, fruto del dolor que aquella separación provocó, mientras Mother Mary se enfrenta a las consecuencias de un pasado que creía olvidado. De este modo, el director convierte el reencuentro en un duelo emocional donde los reproches nunca se formulan de manera explícita, sino que afloran en los gestos, las pausas y todo aquello que permanece sin decir.
En el taller que Sam ha levantado sobre lo que parece una antigua granja de techos altos, ambas mujeres comienzan a despojarse, poco a poco, de las máscaras que esconden sus sentimientos. La aceptación por parte de Sam del encargo de diseñar el vestido para la próxima actuación de Mother Mary sirve como detonante de un proceso comunicativo Mientras la idea del vestido va tomando forma, también lo hace una conversación que obliga a las dos protagonistas a enfrentarse a las heridas y los reproches.
En este tramo de la película, Lowery abraza una puesta en escena de marcada vocación teatral. Los espacios adquieren una cualidad escénica y las emociones se exteriorizan mediante gestos y movimientos que trascienden el diálogo. En este sentido, sobresale la secuencia en la que Anne Hathaway baila en silencio frente a Sam, sin acompañamiento musical. Un momento expresivo en el que el cuerpo sustituye a las palabras y el movimiento se convierte en el único lenguaje capaz de transmitir aquello que las protagonistas son incapaces de verbalizar.
Sin embargo, aunque el propio cartel de la película advierta que «Esto no es una historia de fantasmas», la querencia de David Lowery por lo fantástico termina imponiéndose. En su segunda mitad, Mother Mary incorpora la presencia de un fantasma, el espiritismo y diversos elementos sobrenaturales que, más que responder a una lógica de género, funcionan como una poderosa metáfora del vínculo que une –y separa– a sus dos protagonistas. El elemento fantasmagórico no tiene como función provocar el miedo sino que sirve para materializar aquello que no se resolvió en su momento, convirtiéndose en una metáfora de los recuerdos, la culpa y el resentimiento de las dos mujeres.
Es también en este tramo donde la propuesta visual adquiere un protagonismo absoluto. Lowery desplaza el peso del relato hacia la imagen y construye una puesta en escena de gran fuerza simbólica, en la que la fotografía y el color sustituyen al diálogo. Este giro, anunciado desde las primeras secuencias con la aparición de una vaporosa tela roja que anticipa la deriva hacia lo irreal, constituye probablemente la decisión más arriesgada de la película.
El empleo metafórico de esa presencia fantasmal (¿no lo son, en términos de estado mental, las dos mujeres protagonistas?) sirve para apuntalar los dos grandes ejes temáticos sobre los que se articula la película. Por un lado, la compleja relación entre las dos protagonistas, que acaba desembocando en un relato de redención para Mother Mary. Su regreso no responde únicamente a la necesidad de recuperar una colaboración artística, sino al deseo de enfrentarse a un pasado irresuelto.
Por otro lado, Lowery reflexiona sobre el proceso creativo y el elevado coste emocional que conlleva para cualquier artista. Tanto Mother Mary, en la búsqueda de la canción definitiva, como Sam, en la confección del vestido que deberá acompañar esa actuación decisiva, experimentan la creación como un ejercicio de exposición y sufrimiento. El director establece un paralelismo entre ambas disciplinas, mostrando cómo para ambas mujeres la verdadera creación nace de la vulnerabilidad y de la capacidad para convertir el dolor en una forma de expresión.
No resulta casual, por tanto, que ese sufrimiento termine adquiriendo una dimensión física. Lowery recurre en varios momentos a imágenes cercanas al body horror, donde cicatrices, heridas y cuerpos marcados exteriorizan ese dolor interior.
Con dos actrices en estado de gracia, unas canciones que no funcionan como un mero acompañamiento musical, sino como una prolongación del propio discurso dramático –compuestas por Charli XCX, Jack Antonoff y FKA Twigs e interpretadas por la propia Anne Hathaway–, y el marcado peso autoral de David Lowery, responsable del guion, la dirección, el montaje y la producción junto a A24, Mother Mary se presenta como una obra personal e independiente.
La consideración de esta película dependerá de la disposición de quien se enfrente a ella de aceptar el empleo del género fantástico como una herramienta metafórica para articular un relato íntimo sobre las relaciones laborales y personales, la culpa y el proceso creativo. Habrá quien considere que esa apuesta visual y simbólica enriquece el conflicto emocional de las protagonistas y quien, por el contrario, la perciba como un recurso excesivo o artificioso.
En cualquier caso, resulta difícil negar que Lowery asume riesgos y rehúye cualquier acomodación narrativa para construir una película que concuerda con su universo creativo, en la que podemos ver escenas intensas, incluido ese final emocionante con las últimas palabras que pronuncia el personaje de Anne Hathaway.
Escribe Luis Tormo
Título: Mother Mary
País y año: Reino Unido, 2026
Duración: 112 minutos
Dirección: David Lowery
Guion: David Lowery
Fotografía: Andrew Droz Palermo, Rina Yang
Música: Charli XCX, Jack Antonoff, FKA Twigs
Reparto: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafe
Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; A24, Augenschein Filmproduktion, Homebird Productions, Sailor Bear, First Look, Access Entertainment, IPR.VC.
Distribuidora: Elastica Films


