La música que articula la narración
En 1985 se estrenó Mishima: A Life in FourChapters, dirigida por Paul Schrader. La producción contó con el respaldo de Francis Coppola y George Lucas, cuyo apoyo resultó decisivo para sacar adelante un proyecto que había encontrado numerosas dificultades de financiación y distribución. Schrader llevaba años interesado en la figura de Yukio Mishima y encontró en esta película la oportunidad de abordar un retrato cinematográfico que trascendía los límites del biopic convencional.
La vida del escritor japonés Yukio Mishima (1925-1970) está envuelta en una fascinación tan intensa como trágica. Su trayectoria vital y su producción literaria aparecen profundamente entrelazadas, hasta el punto de resultar inseparables. En sus novelas y ensayos explora temas como la muerte, la belleza, el deseo, el honor o el sacrificio, cuestiones que también marcaron su propia existencia. Su obsesión por el culto al cuerpo, la disciplina y la herida de la derrota de Japón en la II Guerra Mundial derivó en un nacionalismo radical que culminó el 25 de noviembre de 1970, cuando, al frente de un pequeño grupo de jóvenes patriotas pertenecientes a la milicia privada que él mismo había fundado, ocupó unas instalaciones militares con el propósito de instar al ejército a restaurar el poder imperial. Tras el fracaso de su discurso, Mishima puso fin a su vida mediante el ritual del seppuku, convirtiendo su muerte en un simbólico acto dramático.
El guion, coescrito por Paul Schrader junto a su hermano Leonard Schrader, quien había residido varios años en Japón y conocía la cultura del país, evita la biografía tradicional para construir un complejo retrato de un personaje controvertido. La película sitúa su eje narrativo en el último día de la vida de Mishima y, a partir de ese momento, articula una estructura fragmentada en la que se alternan los acontecimientos finales con diversos flashbacks que reconstruyen episodios de su infancia, su evolución como escritor y sus principales obsesiones personales e ideológicas. Paralelamente, las dramatizaciones de varias de sus novelas introducen un diálogo entre realidad y ficción, haciendo que la vida y la obra del escritor se reflejen mutuamente en un elaborado juego cinematográfico y literario.
Schrader, que había confiado las bandas sonoras de sus dos películas anteriores, American Gigolo (1980) y El beso de la pantera (Cat People, 1982) al compositor italiano Giorgio Moroder, optó en esta ocasión por un cambio de rumbo y recurrió a Philip Glass. En aquellos años, Glass acababa de alcanzar un notable reconocimiento gracias a la música de Koyaanisqatsi (1982), el documental experimental dirigido por Godfrey Reggio, en el que su partitura minimalista desempeñaba un papel central. El impacto y la repercusión de aquella banda sonora le permitió a Glass ampliar sus composiciones aplicadas al cine.
La película de Schrader se articula en torno a lascontradicciones de Mishima: la tensión entre el artista y el hombre, entre el creador de un universo estético de extraordinaria belleza y el defensor del ultranacionalismo japonés. Para representar esta compleja personalidad la música de Philip Glass desempeña una función decisiva. Lejos de limitarse a acompañar las imágenes, la partitura minimalista actúa como un elemento estructurador del relato, aportando una tensión constante que cohesiona los distintos planos narrativos y conduce la película hacia su máxima intensidad dramática. De este modo, la repetición de motivos musicales no solo refleja la complejidad psicológica de Mishima, sino que también potencian el carácter ritual de su comportamiento.
Paul Schrader quería una banda sonora que unificara los elementos dispares de la película y la impulsara hacia delante. Como indica el director para ello entregó el guion y todo el material que tenía sobre Mishima a Philip Glass. Tras varias reuniones para la preproducción y un viaje a Japón para localizaciones Glass compuso la música como si fuera un libreto (grabando una versión provisional con sintetizador) (1).
El propio Philip Glass en su libro Palabras sin música. Memorias (2) explica que la estructura musical de Mishima: A Life in FourChapters responde directamente a la construcción narrativa de la película, organizada en torno a tres hilos argumentales claramente diferenciados. Cada uno de ellos cuenta con un tratamiento musical específico, concebido para reforzar su identidad dramática y visual. El primero corresponde al último día de la vida de Mishima, centrado en la preparación y ejecución del intento de golpe de Estado que culminará con su suicidio ritual. En estas secuencias, dominadas por el universo militar, Glass recurre a una combinación de cuerdas y percusión que imprime a la partitura un carácter marcial e inexorable, acompañando el avance del protagonista hacia su trágico destino.
El segundo hilo narrativo aborda distintos episodios de la infancia y juventud del escritor. Para estas escenas, filmadas por Paul Schrader en blanco y negro, Glass opta por un cuarteto de cuerda, cuya sonoridad tiene un carácter introspectivo subrayando el proceso de formación personal e intelectual de Mishima.
Por último, el tercer nivel narrativo recrea fragmentos de las novelas del escritor, en un espacio donde la realidad biográfica y la ficción literaria se entrelazan continuamente. En contraste con los otros dos registros, Glass desarrolla aquí una música de gran lirismo y riqueza tímbrica, más suntuosa y expansiva, que acompaña la dimensión imaginativa de las obras y contribuye a diferenciar este universo del resto de la narración. De este modo, la partitura no solo identifica cada uno de los planos narrativos, sino que se convierte en un elemento esencial para acompañar la arquitectura de la película y reforzar la unidad de un relato construido desde la fragmentación.
La banda sonora fue interpretada por el Kronos Quartet y dirigida por Michael Riesman. La arquitectura musical concebida por Philip Glass se asienta en los dos primeros cortes del álbum. El primero, Mishima: Opening, introduce el tema principal mediante el protagonismo de la cuerda, la repetición rítmica y la incorporación progresiva de percusión y campanas, elementos que aparecen a lo largo de todo el disco. El segundo, November 25: Morning, asociado al día del asalto al cuartel, acentúa el carácter marcial mediante la presencia de la batería y los redobles propios de la música militar, intensificando la tensión dramática.
En contraste, 1934: Grandmother&Kimitake, al igual que el resto de los temas vinculados a los recuerdos y los flashbacks biográficos, adopta un tono más introspectivo. La escritura para cuerda se vuelve aquí más delicada.
También destacan las piezas asociadas a la dramatización de sus obras literarias, como Temple ofthe Golden Pavilion y Runaway Horses. Especialmente en esta última Glass desarrolla un discurso musical de mayor amplitud, en el que el piano emerge entre el entramado de las cuerdas mientras los motivos principales reaparecen y se transforman continuamente, casi como una suite de 9 minutos.
La principal virtud de la composición de Glass reside en su doble naturaleza. Por un lado, cumple una función narrativa esencial dentro de la película de Paul Schrader, articulando los distintos planos temporales y dramáticos del relato; por otro, posee una coherencia musical que le permite trascender su origen cinematográfico y funcionar como una obra autónoma. Prueba de ello es que el propio Glass reutilizó y reelaboró parte de este material para componer posteriormente su String Quartet No. 3 «Mishima».
Escribe Luis Tormo

