El dúo británico convirtió el Roig Arena en una gran celebración
Pet Shop Boys continúan inmersos en Dreamworld – The Greatest Hits Live, la extensa gira que iniciaron en 2022 y con la que han recorrido medio mundo. Solo hicieron un paréntesis el pasado mes de abril para ofrecer una serie de conciertos en Londres dedicados a su repertorio menos conocido. El resto del tiempo, el dúo británico ha apostado por un espectáculo construido alrededor de los grandes éxitos de una carrera que supera ya las cuatro décadas.
Desde que irrumpieran a mediados de los años ochenta como referentes de la música electrónica, combinando melodías bailables con letras cargadas de significado, Neil Tennant y Chris Lowe no han dejado de publicar discos ni de reivindicar su vigencia. La gira cuenta además con un reflejo discográfico en un doble CD y un Blu-ray grabados en el Royal Arena de Copenhague en 2023, donde quedó registrado tanto el repertorio como la espectacular puesta en escena del concierto.
La etapa comprendida entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa consolidó a Pet Shop Boys como una de las formaciones más importantes del pop electrónico, encadenando éxitos que dominaron las listas internacionales. Desde entonces han seguido publicando trabajos con ideas siempre interesantes y manteniendo una influencia evidente sobre artistas posteriores. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, siguen llenando grandes recintos y conservan intacto su prestigio, aunque sea inevitable que el público espere, sobre todo, las canciones de aquella primera época.

Con esa premisa llegaron al Roig Arena, donde cerca de 10.000 personas aguardaban una noche dedicada a esa larga colección de himnos. Poco después de las nueve, la enorme pantalla que presidía el escenario, iluminada hasta entonces por dos franjas horizontales en azul y amarillo (¿un guiño a Ucrania?), se apagó. Una introducción de música sinfónica y percusión dio paso a unas proyecciones geométricas mientras sonaban los primeros acordes de Suburbia –publicada en 1986, hace 40 años–.
Fieles a su imagen habitual, con un outfit que combinó gabardinas, trajes y gorros en plena ola de calor en Valencia, –afortunadamente el aire acondicionado del Roig Arena estuvo a la altura–, ambos aparecieron inmóviles bajo un sencillo atrezo formado por dos farolas, Neil a la izquierda y Chris tras su sintetizador a la derecha. Con el rostro oculto tras unas máscaras de inspiración geométrica, que Tennant se retiró en la tercera canción, fueron enlazando Can You Forgive Her?, Opportunities (Let’s Make Lots of Money) y la celebrada mezcla de Where the Streets Have No Name con I Can’t Take My Eyes Off You. Antes de continuar, Tennant saludó al público recordando que Dreamworld era el acceso a su universo particular. Después llegaron Rent, I Don’t Know What You Want But I Can’t Give It Any More y So Hard.
Tras este primer bloque el espectáculo ganó profundidad. El escenario se abrió para mostrar a la banda de acompañamiento, Chris Lowe pasó a una plataforma elevada y Neil Tennant comenzó a moverse con mayor libertad. La percusión de Bubba McCarthy aportó músculo al sonido, mientras los multiinstrumentistas Simon Tellier y Clare Uchima enriquecieron los arreglos, con esta última asumiendo coros y la voz principal en What Have I Done to Deserve This?
El concierto fue dejando espacio a canciones donde el pop electrónico se mezclaba con ritmos latinos y otras texturas. Single-Bilingual, con sus frases en castellano, Se a vida é (That’s the Way Life Is) y Domino Dancing transformaron el recinto en un gigantesco karaoke. La pantalla trasera, combinada con las laterales –que a veces proyectaban la imagen del cantante y otra eran una prolongación de los juegos geométricos– se iba adaptando a cada tema. Unas geometrías que en ocasiones dejaban paso a imágenes alusivas a la temática de cada canción.
En este tramo la intensidad fue variando y aunque el repertorio clásico es imbatible temas posteriores como New York City Boy, The Pop Kids o A New Bohemia demostraron que el grupo también ha sabido escribir buenas canciones lejos de su época dorada. Durante esta última, el Roig Arena se iluminó con miles de teléfonos móviles, el equivalente contemporáneo de aquellos mecheros que levantábamos en los conciertos de los años ochenta. Mención especial merece también Always on My Mind, brillante adaptación del clásico de Elvis Presley y una nueva demostración de la capacidad del dúo para apropiarse de canciones ajenas sin perder su personalidad.
La recta final fue sencillamente demoledora. Go West, el himno de los Village People que Pet Shop Boys actualizó en 1993 y que los acercó a la comunidad comunidad LGBTQ+, convirtió el pabellón en una enorme celebración colectiva. Después llegó It’s a Sin, probablemente el momento culminante de la noche. La canción, escrita por Tennant como respuesta a la educación religiosa que convierte el deseo y la libertad en culpa, estuvo acompañada por una escenografía dominada por el rojo y el negro que elevó todavía más su intensidad dramática.
Tras el habitual amago de despedida, Pet Shop Boys regresaron para interpretar West End Girls y Being Boring. Conscientes que el clímax alcanzado en It’s a sin era imposible de repetir Pet Shop Boys apelaron más a la sensibilidad que a la espectacularidad pues estos temas, más relajados, fueron directamente al corazón de aquellos seguidores y seguidoras que han crecido con su música. Dos canciones que hablan directamente a quienes llevan acompañando al grupo desde hace cuarenta años.
Neil Tennant, que a sus 72 años conserva una voz en un estado admirable, se refirió a Valencia como “Beautiful city” y agradeció en numerosas ocasiones el apoyo del público; Chris Lowe, el Van Morrison de la música electrónica –solo cuando su compañero lo presentó al final del show, Lowe esbozo una pequeña mueca que alguien a mi lado califico de sonrisa–, se mostró impertérrito tras sus sintetizadores.
Pet Shop Boys demuestran que siguen dominando un espectáculo que es ejecutado con precisión milimétrica. Todo está medido al detalle y, sin embargo, consiguen que para cada una de las personas que tienen delante parezca que esa noche es única.
Por debajo de la formidable producción, de la precisión de la puesta y de un sonido sencillamente impecable (ahora que el volumen se ha convertido en un problema en la ciudad de Valencia), permanece lo verdaderamente importante: una veintena de canciones que hace tiempo dejaron de ser simples éxitos para convertirse en parte de la memoria sentimental de una generación asociada a sus propios recuerdos.
Más allá de la nostalgia, su cancionero continúa conectando con el público porque habla de sentimientos universales y porque esas canciones, que en ocasiones están teñidas de cierta frialdad siguen vivas sobre el escenario. Esa es la explicación de que, cuatro décadas después, Neil Tennant y Chris Lowe continúen llenando pabellones en todo el mundo.
Escribe Luis Tormo




