No es nostalgia, es felicidad
Belle and Sebastian se encuentran inmersos en una gira muy especial con la que celebran el trigésimo aniversario de If You’re Feeling Sinister, el álbum que consolidó definitivamente el prestigio de la banda escocesa y que, para muchos, sigue siendo la piedra angular de su discografía. A través de una serie de conciertos conmemorativos, el grupo interpreta y reivindica un trabajo que, tres décadas después de su publicación, mantiene intacta su capacidad para emocionar.
Paradójicamente, este segundo álbum fue para buena parte del público el verdadero punto de partida de Belle and Sebastian. Tigermilk, su debut oficial, había visto la luz apenas seis meses antes, también en 1996, pero lo hizo en una edición muy limitada que pasó prácticamente desapercibida y no alcanzó una distribución amplia hasta más tarde. De este modo, If You’re Feeling Sinister acabó siendo la carta de presentación de una banda destinada a convertirse en una de las grandes referencias del indie pop británico.
La primera vez que vi a Belle and Sebastian fue en el Palacio de Congresos de Valencia, el 12 de marzo de 2004, el mismo día de los trágicos atentados yihadistas de Madrid. La banda llegaba entonces con las canciones de Dear Catastrophe Waitress (2003), uno de los discos más populares de su trayectoria. En un momento del concierto, Stuart Murdoch descendió del escenario por un lateral, recorrió corriendo los pasillos del patio de butacas y regresó por el lado opuesto. Fiel a su sentido del humor, comentó que aquello era como lo que hacía U2 en sus conciertos.
Belle and Sebastian nunca ha alcanzado –ni parece haber perseguido– el éxito masivo de U2. A cambio, ha construido una de las comunidades de seguidores más fieles del pop independiente, un público para el que sus canciones forman parte de una auténtica educación sentimental. Esa conexión generacional convierte cada actuación en una celebración compartida, una sensación que volvió a hacerse evidente en su paso por el FAR València.
Tras una introducción audiovisual de tono documental, los nueve integrantes de la banda ocuparon un escenario presidido por una enorme pantalla en la que se proyectaban imágenes de estética retro, sincronizadas con cada canción. El concierto arrancó con The Stars of Track and Field: primero el rasgueo de la guitarra y la voz de Murdoch en solitario, y, poco a poco, la incorporación del resto de instrumentos hasta completar un sonido cálido.
Desde esos primeros compases quedó claro que la velada no iba a ser un simple ejercicio de nostalgia. Las historias que habitan If You’re Feeling Sinister –el célebre «álbum rojo» de la banda– conservan intacta su capacidad para conectar con el presente. Sus melodías, sostenidas por estribillos irresistibles y una instrumentación que hoy suena tan fresca como entonces, demuestran que el paso del tiempo apenas ha erosionado la vigencia de unas canciones que siguen resultando extraordinariamente muy cercanas.
Seeing Other People nos dejó a Murdoch al piano y Me and the Major una vibrante armónica a cargo del guitarrista Stevie Jackson , la esperada Like Dylan in the Movies a la que siguió The Fox in the Snow. En la pantalla de forma pedagógica apareció una imagen del disco dando la vuelta para mostrar la cara B. De esta forma fueron sonando todos los temas hasta la coreada Judy and the Dream of Horses.
Murdoch se mostró comunicativo, explicando algunas canciones (“esta es triste” dijo a propósito de The Boy Done Wrong Again) e incluso se apoyó en un miembro de la banda que sabía castellano para que le ayudara a trasmitir su mensaje.
Pero la conexión más profunda con el público no llegó tanto a través de las palabras como de una banda perfectamente engrasada. Belle and Sebastian demostraron una vez más que su fortaleza reside en un sonido colectivo donde cada instrumento encuentra su espacio en la canción. Entre el tono festivo y delicado, el grupo fue construyendo ese inconfundible pulso pop que convierte cada arreglo en una pieza imprescindible del conjunto. Es precisamente esa suma de pequeños detalles —un violín, un violonchelo, un fraseo de guitarra, un teclado sutil o los matices de la trompeta— la que explica por qué estas canciones siguen siendo coreadas por el público.
Tras interpretar íntegramente los diez temas del álbum, la banda abandonó momentáneamente el escenario mientras la pantalla proyectaba los títulos de crédito del disco. Una breve pausa precedió a un segundo set más breve concebido como una celebración del repertorio de distintas etapas del grupo.
La reaparición llegó con el contagioso riff de guitarra de I’m a Cuckoo, que encontró a Stuart Murdoch recorriendo el escenario con su habitual desenfado. La complicidad con el público se intensificó en If She Wants Me, cuando el cantante se sentó en el borde del escenario antes de saltar al foso y mezclarse entre los asistentes, borrando durante unos minutos la frontera entre banda y audiencia. De vuelta sobre las tablas, Murdoch recuperó la calma situándose al piano para interpretar Funny Little Frog.
El tramo final mantuvo ese clima de celebración colectiva. Como ya es tradición, durante The Boy With the Arab Strap una treintena de seguidores y seguidoras subieron al escenario para bailar junto a la banda, convirtiendo la canción en una pequeña fiesta compartida. Fue también el momento elegido por Murdoch para dirigirse al público con uno de sus parlamentos, en el que hizo referencia a la final del Mundial que se disputaría al día siguiente —«me gusta Argentina, pero me gusta un poco más España»— y aprovechó para lanzar una crítica al presidente Donald Trump.
El cierre llegó con I Didn’t See It Coming, sostenida por la cálida y elegante voz de Sarah Martin, poniendo el broche a un concierto que volvió a confirmar la extraordinaria capacidad de Belle and Sebastian para convertir la sofisticación pop en una experiencia sencilla y emotiva.
Quizá Belle and Sebastian ya no tengan la capacidad de conquistar a nuevas generaciones con la facilidad de antaño, pero eso resulta casi irrelevante cuando sus canciones cobran vida sobre un escenario. Las composiciones de Stuart Murdoch conservan intacta su capacidad para contagiar entusiasmo, alternando la melancolía y la euforia con una naturalidad que no es fácil mantener.
Más que un ejercicio de nostalgia, su directo sigue siendo una celebración del pop indie entendido como el lugar donde todo adquiere sentido. Basta observar las sonrisas con las que el público abandonó el recinto del FAR València para comprobar que, al menos durante algo más de hora y media, los miembros de Belle and Sebastian siguen haciendo de su pequeño mundo un lugar un poco más feliz.
Escribe Luis Tormo




