Una experiencia de nostalgia y diversión
A estas alturas, nadie discute que la música de ABBA ha logrado trascender las fronteras generacionales para convertirse en parte del imaginario colectivo de varias décadas. Aunque la trayectoria discográfica del grupo no fue más allá de los años ochenta, su legado musical nunca ha dejado de estar presente. Sus canciones han seguido llegando a nuevas audiencias a través de recopilatorios, reediciones y, especialmente, gracias a su inclusión en populares bandas sonoras cinematográficas, como las de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto o La boda de Muriel.
Sin embargo, el factor decisivo para garantizar la vigencia de ABBA mucho más allá de su época fue la creación de Mamma Mia!, el musical concebido por los propios compositores del grupo, Björn Ulvaeus y Benny Andersson. Estrenada en 1999, esta producción construía una historia original a partir de algunos de los mayores éxitos de la formación sueca. El resultado fue un fenómeno teatral de alcance internacional que conquistó tanto a los seguidores de siempre como a un público más joven que descubría por primera vez aquellas melodías.
La extraordinaria repercusión del espectáculo lo convirtió en uno de los musicales más exitosos de las últimas décadas, con producciones en numerosos países y millones de espectadores en todo el mundo. A este éxito contribuyó de forma decisiva su adaptación cinematográfica, convertida también en un fenómeno de taquilla, que amplificó aún más la popularidad de las canciones.
Desde hace unas semanas Mamma Mia! se representa en el teatro Olimpia de Valencia bajo la producción de ATG ENTERTAINMENT. La adaptación corre a cargo de David Serrano con la dirección escénica de Juan Carlos Fisher y la dirección musical de Joan Miquel Pérez. La sinopsis es conocida: Donna, madre soltera e independiente, es dueña de un pequeño hotel en una idílica isla griega. Allí ha criado sola a Sophie, que va a casarse. La joven, sin decir nada a nadie, decide invitar a los tres hombres que pasaron por la vida de su madre, con el fin de que su verdadero padre le acompañe al altar. Donna por su parte, invita a dos amigas de la infancia.
Para transportar al público a esa idílica isla griega, esta nueva versión de Mamma Mia! apuesta por situar el componente musical en el centro de la propuesta. Las más de veinte canciones que se interpretan a lo largo de más de dos horas de espectáculo, junto con su traducción al castellano y la interpretación en directo de la partitura, refuerzan la inmersión en el universo creado a partir de los éxitos de ABBA. En el caso del teatro Olimpia, los músicos están situados en los palcos del segundo piso, a ambos lados, y la calidez de la interpretación en directo es uno de los aspectos a destacar.
La escenografía, sencilla y desprovista de grandes artificios, destaca por su funcionalidad y por la fluidez que aporta a las transiciones entre escenas, manteniendo el ritmo de la representación. Un único espacio que representa el hotel y sobre el que se van superponiendo diferentes espacios escénicos como una habitación, la playa o la iglesia, mientras las luces van perfilando la escena.
Este espacio escénico despejado deja además margen para el lucimiento de las coreografías diseñadas por Iker Karrera, que, en combinación con un excelente vestuario, contribuyen decisivamente al carácter festivo, luminoso y dinámico de la obra. La obra es especialmente brillante con las canciones en que aparecen todos los personajes.
El reparto funciona como un auténtico equipo, y ahí está gran parte del éxito del espectáculo. No hay una interpretación que destaque claramente por encima del resto, pero tampoco la necesita. Todo el elenco trabaja en la misma dirección y consigue que la emoción y la diversión fluyan de manera natural a lo largo de la función. Se nota que la producción está más que rodada y que sus intérpretes conocen perfectamente el terreno que pisan.
Esa experiencia se refleja en la naturalidad con la que actrices y actores habitan sus personajes, sin caer en excesos ni buscar el lucimiento individual. Todo parece surgir de forma espontánea, lo que ayuda a que el público entre rápidamente en la historia y conecte con lo que ocurre sobre el escenario.
La primera parte tiene un ritmo arrollador agrupando los números más espectaculares en cuanto a coreografía y con un tono donde toma protagonismo la comicidad. Frente a ese ritmo frenético, la segunda parte –en la que se suceden las canciones en formato dueto– se inclina por la nostalgia desarrollando los elementos más dramáticos (la soledad, el tiempo pasado, las oportunidades perdidas) hasta llegar a un final apoteósico.
Con esa voluntad de borrar la frontera entre escenario y patio de butacas, la función se despide por todo lo alto con un bis que recupera dos de los grandes himnos del musical, Mamma Mia y Dancing Queen, para cerrar con el broche final de Waterloo, con todos los actores y actrices en el escenario mientras aparecen los tres padres enfundados en sus ya icónicos trajes de lentejuelas, mientras el público se pone en pie para cantar, bailar y aplaudir al ritmo de la música.
Y es que de eso trata, precisamente, Mamma Mia!: de demostrar que, incluso frente a la nostalgia del pasado, siempre existe una oportunidad para celebrar la alegría de vivir. Todo ello se articula a través de una historia sencilla y luminosa que, como las canciones de ABBA, conecta con el espectador de forma directa, sincera y sin artificios. Cuando las luces se encienden y llega el momento de abandonar la sala, basta con observar los rostros del público –de todas las edades– para comprender el éxito de la propuesta. Ahí reside, en última instancia, la verdadera magia del musical, en su capacidad para hacernos olvidar por unas horas el mundo exterior y convencernos de que, desde un escenario, hemos viajado hasta una paradisíaca isla griega.
Escribe Luis Tormo

