Un Sorrentino contenido y coherente
El mandato de Mariano De Santis como presidente de Italia se encuentra en su tramo final. En apenas seis meses deberá ceder el cargo a su sucesor, cerrando así una etapa marcada por decisiones complejas y un contexto político delicado. Sin embargo, lejos de tratarse de un periodo de transición tranquilo, el tiempo que le resta en el poder se presenta cargado de responsabilidades que podrían definir su legado. Entre los asuntos más urgentes destaca la firma de la ley de eutanasia, la decisión de De Santis no solo tendrá implicaciones legales, sino también éticas y sociales, situándolo en el centro de un debate que trasciende lo institucional.
A esta cuestión se suma otra igualmente espinosa: la posibilidad de conceder el indulto a dos personas que cumplen condena por asesinato. Este dilema añade una capa adicional de tensión, obligando al presidente a equilibrar consideraciones de justicia, humanidad y presión mediática.
Esta es la premisa de La grazia (2025), el último trabajo de Paolo Sorrentino. El cineasta napolitano ya se había aproximado en anteriores ocasiones a figuras políticas reales como Silvio Berlusconi o Giulio Andreotti. Sin embargo, en esta ocasión opta por un enfoque distinto: construir su discurso a partir de un personaje ficticio.
La primera escena presenta un cielo azulado sobre el que van apareciendo distintos rótulos que enumeran las funciones atribuidas al presidente de la República italiana, entre ellas la promulgación de leyes y la facultad de conceder indultos o conmutar penas. Este arranque, de apariencia institucional y casi didáctica, da paso a una imagen mucho más cargada de intención: Mariano de Santis (Toni Servillo) se acerca lentamente a la cámara, toma un cigarro que alguien le ofrece fuera de campo y comienza a fumar. El movimiento del personaje ha modificado el encuadre hasta dejarlo en primer plano, y su mirada, fija y directa, rompe la distancia para interpelar al espectador o espectadora.
En estos primeros compases, Sorrentino no solo introduce a su protagonista, sino que establece con claridad el discurso que articulará en las más de dos horas de metraje: una reflexión sobre el poder y la relación incómoda entre quien lo ejerce y quien lo observa.
La mirada sobre el poder, tan característica en el cine de Paolo Sorrentino, adquiere aquí un matiz distinto. En lugar de centrarse en la corrupción o el abuso, el relato se desplaza hacia una reflexión más íntima: la responsabilidad moral inherente a quien ejerce el poder y las consecuencias que recaen tanto sobre quien decide como sobre quien se ve afectado por esas decisiones.
En esta ocasión, el presidente italiano ficticio se presenta como una figura revestida de atributos positivos. Se trata de un reputado jurista que ha sabido consolidar una mayoría estable durante su mandato. Su vinculación con la tradición de la democracia cristiana no le impide moverse con soltura en distintos escenarios políticos, y, además, parece contar con un respaldo popular significativo. Esta construcción del personaje no busca idealizarlo, sino situarlo en un terreno más complejo, donde las decisiones no se reducen a blanco o negro, bien o mal.
A través de De Santis, la película encarna también la soledad del poder. En la recta final de su presidencia, acompañado principalmente por su hija Dorotea (interpretada por Anna Ferzetti), convertida en su mano derecha, el protagonista se enfrenta a un proceso de introspección que trasciende lo político. Ya no se trata únicamente del dirigente que evalúa informes o firma decretos, sino del individuo que, tras una larga trayectoria como juez, se ve interpelado por cuestiones como la búsqueda de la verdad o la pregunta que atraviesa toda la película –¿de quién son realmente nuestros días? –, es decir, quién tiene la potestad última sobre nuestras vidas.
El director de La gran belleza articula así una reflexión sobre el ejercicio del poder y los dilemas éticos que implica. Decisiones como la aprobación de una controvertida ley de eutanasia no se presentan únicamente como actos administrativos o legales, sino como cargas morales que pesan sobre quien las ejecuta. El propio presidente llega a cuestionarse esa decisión argumentando que si no la firma, es un torturador; y si la firma, un asesino. Aunque el procedimiento institucional exige justificaciones jurídicas –ya sea en la aprobación de leyes o en la concesión de indultos–, la película insiste en que lo verdaderamente trascendente son las consecuencias humanas de esas decisiones y, sobre todo, la duda persistente que generan en quien las toma.
Esa incertidumbre se manifiesta en las constantes conversaciones que el presidente mantiene con su entorno más cercano: su hija, su amiga y confidente Coco, los miembros de su gabinete e incluso el Papa. Estos diálogos no solo revelan su conflicto interno, sino que subrayan una idea central: el poder democrático no puede ejercerse en aislamiento, sino que requiere del contraste, la escucha y la interacción con los demás.
Finalmente, la película introduce una exploración sobre el paso del tiempo y la necesidad de adaptarse a una sociedad en transformación. Las diferencias entre el presidente y su asesora –que son también las de un padre y una hija –evidencian el agotamiento de una etapa política pero también personal. En ese contraste generacional se percibe la urgencia de ceder el testigo, de aceptar que toda forma de poder termina siendo transitoria.
Sorrentino elabora un relato introspectivo en el que prioriza los interiores, la oscuridad, la soledad de las estancias, los movimientos suaves y cierto clasicismo frente al lenguaje barroco habitual de su cine. Persisten sus escenas metafóricas (la recepción del presidente de Portugal, las escenas que conecta con el astronauta y el juego con la ingravidez, el juego musical con el rap, la incomunicación) pero la forma cinematográfica se adapta al carácter íntimo que preside toda la película.
Esa intimidad está profundamente atravesada por una melancolía persistente, nacida tanto de la conciencia del paso del tiempo –un tiempo que se percibe en su inminente agotamiento– como de la ausencia de Aurora, cuya muerte proyecta una sombra constante sobre el protagonista porque este Sorrentino también indaga sobre el amor y sobre la paternidad (pues termina aprendiendo de los hijos).
En contraste con la exuberancia de Parthenope, su obra anterior, Sorrentino apuesta aquí por la sobriedad expresiva. Este giro encuentra en la interpretación de Toni Servillo su principal anclaje al componer un personaje enorme, denso, capaz de encarnar la voz del director napolitano que construye en este filme una reflexión moral sobre la responsabilidad implícita a la toma de decisiones y que termina siendo un viaje de autoconocimiento en la parte final de una vida.
Escribe Luis Tormo
Título: La Grazia
País y año: Italia, 2025
Duración: 133 minutos
Dirección: Paolo Sorrentino
Guion: Paolo Sorrentino
Fotografía: Daria D’Antonio
Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano
Productora: Fremantle, The Apartment, Numero 10, PiperFilm
Distribuidora: MUBI


