Crítica de Los justos

el

Corrupción endémica

Los justos se abre con una cartela que incluye una cita elogiosa sobre el encomiable papel que desempeñan los jurados en los juicios. Esta reflexión, extraída de la película Anatomía de un asesinato, dirigida por Otto Preminger, parece querer introducir una mirada respetuosa hacia el sistema judicial y anticipa el peso moral que tendrán las decisiones de sus personajes.

Las primeras imágenes de esta comedia presentan unas dependencias judiciales modernas y aparentemente impecables. La cámara muestra una amplia sala por la que deambula una persona de limpieza, se sucede el plano de una pantalla que anuncia una vista inminente, aparece la casulla de un magistrado siendo cuidadosamente planchada y vemos como lo que parecen las personas que forman el jurado avanzando por pasillos de suelos abrillantados. Todo transmite orden y una sensación de control institucional.

Sin embargo, antes de esta sucesión de imágenes, la película introduce un detalle significativo: el primer plano que vemos en la película es el de una rata, captada por la cámara a ras de suelo. Este elemento funciona como una advertencia visual. Sugiere que bajo esa superficie de limpieza, rigor y confianza en el sistema –reforzada por el aislamiento del jurado, reunido sin contacto exterior ni dispositivos móviles para garantizar su objetividad– puede esconderse una realidad menos pulcra. De este modo, la película siembra desde el inicio una duda sobre la verdadera solidez del proceso judicial.

Más allá de la referencia inicial al clásico de Preminger, la influencia más evidente a la que remite esta producción española es otro gran referente del cine judicial: Doce hombres sin piedad de Sidney Lumet. En esta ocasión, el relato se centra en nueve miembros de un jurado que deben decidir sobre un caso de corrupción cuya instrucción y desarrollo en el juicio parecen haber demostrado de forma concluyente la culpabilidad del encausado.

Los Justos. Foto: Wanda Visión

Los primeros veinte minutos de la película transitan por el terreno habitual de este tipo de filmes: los miembros del jurado, de muy diversa procedencia generacional y social, comienzan a conocerse, intercambian impresiones sobre el proceso y reflexionan acerca de su papel y de la responsabilidad que implica la elaboración del veredicto. Todo discurre dentro de una aparente normalidad, marcada por la rutina y los códigos propios del ámbito judicial que se han ido explicando.

Esa estabilidad, sin embargo, se quiebra de forma abrupta con un apagón que obliga a interrumpir la deliberación. Ante esta situación, el jurado es trasladado a un hotel donde deberá pasar la noche antes de retomar su tarea al día siguiente. Es precisamente a partir de ese momento cuando la película introduce su giro: la irrupción de una oferta de soborno –un millón de euros para cada uno de los miembros– a cambio de que emitan, por unanimidad, un veredicto de inocencia.

La película pergeña un discurso basado en una comicidad natural sobre la corrupción endémica que atraviesa a la sociedad española, en la que se ven implicados políticos y empresarios de toda índole. Lo que en un inicio se presenta como una defensa firme de valores como la honradez, el respeto al patrimonio público y la responsabilidad hacia un dinero que pertenece a todos, comienza a resquebrajarse progresivamente.

La introducción en la ecuación de una suma lo suficientemente elevada como para transformar la vida de cualquiera actúa como un elemento desestabilizador. Así, los principios que los personajes proclamaban con aparente convicción empiezan a diluirse, dando paso a las dudas y los conflictos internos.

Aprovechando un reparto coral notable, la película explora las distintas justificaciones que los personajes –auténticos arquetipos de la sociedad que los(nos) rodea– construyen para interpretar la situación y decidir si ceden o no a la tentación del soborno. A través de sus reacciones, se pone de manifiesto la diversidad de posturas morales, así como la facilidad con la que los principios pueden adaptarse o erosionarse cuando se enfrentan a intereses personales.

Son personas acuciadas por la dificultad económica, por las necesidades diarias, por situaciones sobrevenidas e, incluso, por una insatisfacción con una vida que, aun siendo cómoda en lo material (el joven de familia adinerada), no colma sus expectativas. Esta diversidad de motivaciones amplía el foco del relato y evita reducir el fenómeno a una única causa, mostrando un abanico más complejo del problema asociado a la realidad económica española (el problema de la vivienda, sueldos bajos, precariedad laboral, etc.) con alguna referencia a la figura del pícaro y a ese cine entre social y cotidiano de Berlanga/Azcona.

De este modo, la tesis del filme desciende a ras de suelo, se instala en la vida diaria, y pone de relieve que los casos de corrupción que aparecen en los medios no son sino la punta del iceberg. Bajo ellos subyace una estructura social en la que, en mayor o menor medida, cualquiera puede verse implicado en dinámicas corruptas. La corrupción, por tanto, no se presenta como una anomalía aislada, sino como un comportamiento normalizado en determinados contextos, aunque en la película los cambios de idea de los personajes respecto a si aceptan o no el soborno son precipitados.

Los Justos. Foto: Wanda Visión

En este sentido, resultan significativos los pequeños gestos que el filme introduce casi de manera anecdótica: el comentario de la funcionaria que advierte que no malgasten el material de papelería (“esto no es El Corte Inglés”) o la escena en la que un personaje se guarda las cápsulas de café en el bolsillo. Son detalles aparentemente menores, pero reveladores, que refuerzan la idea de que cada individuo, a su escala, puede llegar a aprovecharse de las circunstancias para obtener un beneficio propio.

Fer Pérez y Jorge A. Lara, conocidos por su trabajo como guionistas en títulos como Aída, Arde Madrid o Zipi y Zape (Lara también ha dirigido cortometrajes), dan aquí el salto a la dirección de un largometraje con una propuesta que se articula principalmente en un único escenario –la sala de reuniones ocupada por el jurado– del que solo se sale puntualmente hacia espacios como el hotel donde pernoctan o una serie de planos de estancias de los juzgados acompañados de una banda sonora compuesta por llamativas composiciones vocales.

Este planteamiento refuerza el protagonismo absoluto de los actores y actrices, cuyo trabajo se sostiene sobre un guion ágil. Es en sus intercambios verbales donde se construyen tanto la tensión como el humor, dejando que las situaciones cómicas surjan de manera natural del propio diálogo y de las dinámicas entre los personajes. La película acierta en empastar y equilibrar ese reparto formado Carmen Machi, Vito Sanz, Pilar Castro, Marcelo Subiotto, Anne Gabaraín, Bruna Cusí, Marina Guerola, Aimar Vega y Hugo Welzel.

Con su coda final, alineada con la tesis de la película, Los justos se presenta como una comedia con tintes de misterio que, a través de la ironía, aborda temas como la honradez, la justicia, la moralidad y el respeto por lo público. Al mismo tiempo, deja patente un trasfondo pesimista derivado de la constatación de que todo el mundo puede caer en la tentación de la corrupción.

Eso sí, su estreno en salas de cine en estos días, marcados por la actualidad de los juicios por corrupción en nuestro país, no hace sino reforzar su vigencia. Y resulta aún más significativo si se tiene en cuenta que el origen del guion se remonta a 2018, pero encaja perfectamente con el contexto actual.

Escribe Luis Tormo 

Título: Los justos
País y año: España, 2026
Duración: 89 minutos
Dirección: Jorge A. Lara, Fer Pérez
Guion: Jorge A. Lara, Fer Pérez
Fotografía: Alfonso Postigo
Música: Beatriz López-Nogales
Reparto: Carmen Machi, Vito Sanz, Pilar Castro, Marcelo Subiotto, Anne Gabaraín, Bruna Cusí, Marina Guerola, Aimar Vega, Hugo Welzel
Productora: Nephilim Producciones, Naif Films, RTVE
Distribuidora: Wanda Visión

Deja un comentario