Crítica de Mantícora

Monstruosa culpabilidad

Mantícora es una película oscura. Lo es desde su apuesta formal, con una fotografía que cede en la mayoría de las ocasiones el protagonismo a las sombras; y lo es también desde el punto de vista de un discurso que pone el acento en la monstruosidad del alma humana de un personaje que se envilece delante de nuestros ojos.

Carlos Vermut ha realizado un filme desolador y duro que se precipita al vacío para abordar una de las más terribles parafilias. Y para llevar adelante este propósito acude a un sutil drama que se torna en una película de terror, un terror que desecha los recursos externos del género para quedarse con la esencia interna de lo que provoca el miedo, la tensión y el desasosiego.

Al inicio, los títulos de crédito nos muestran la elaboración de la figura de un monstruo a través de los efectos digitales de un ordenador. Es el trabajo de Julián (Nacho Sánchez), un diseñador gráfico que, desde la intimidad de su hogar, en solitario, trabaja para una compañía de videojuegos. Un suceso casual, un conato de incendio en la vivienda de al lado, hace que Julián tenga que intervenir para salvar al niño que en ese momento estaba solo en su casa.

Nacho Sánchez en Martícora. Foto: BTeam Pictures

Desde el principio flota un ambiente desasosegante en la película aunque no será hasta los 20 minutos cuando Vermut introduce una escena escalofriante jugando con la realidad virtual y el 3D. Con la pulcritud de la tecnología, sin contacto físico, se genera una oleada de angustia al ser conscientes de la terrible naturaleza del protagonista. La escena propone una primera reflexión sobre la culpabilidad del deseo -estamos ante una recreación virtual- y juega de una manera muy inteligente con el fuera de campo pues sabemos lo que está sucediendo pero no lo vemos.

La aparición del personaje de Diana (Zoe Stein) y el surgimiento de la historia de amor entre ésta y Julián parece que insufla una tregua en la desconcertante situación planteada. Incluso hay una supuesta renuncia al pasado que se materializa en la eliminación del archivo electrónico, la quema del dibujo en la libreta o la negación de la despedida; sin embargo, con un análisis más detenido observamos que el físico un tanto andrógino y aniñado de Diana -un personaje con muchas aristas- nos remite directamente al modelo que el protagonista parece buscar, convirtiéndose en una reproducción física del deseo virtual.

Y esa construcción del personaje de Julián es la que nos va dando el verdadero valor de la película de Vermut: la recreación de un monstruo. De ahí la importancia de los títulos de crédito porque ya desde el principio la película nos está anunciando que vamos a asistir a la gestación y desarrollo de un ser infame. Un personaje que carga con la culpa y el remordimiento, pero que a su vez es consciente de los pasos que va dando, de las capas deformes que va acumulando.

Cada trazo al que vamos asistiendo va transformando a Julián; desde su habilidad para crear criaturas monstruosas porque conoce su naturaleza, pasando por el mundo interior en el que se refugia, sus obsesiones, la mirada sobre las personas próximas –su relación un tanto enfermiza con Diana– o la presencia constante de la iconografía centrada en la monstruosidad–el explícito título de la película que alude a una figura de la mitología persa, las pinturas de Goya en la escena del Museo del Prado–.

Finalmente, originado por otro elemento casual que tiene su origen en el entorno del mundo laboral de Julián, todo se precipita y el protagonista intentará dar el paso de la ficción imaginada al determinante hecho físico, del entorno virtual a la realidad; hasta que llegado a un punto, que tiene que ver una conversación ocurrida al principio de la película –el tigre, la máscara–, Julián tomará conciencia de quién es, actuando en consecuencia.

Para dibujar este drama de terror cotidiano –la amenaza está detrás de cualquier puerta– Carlos Vermut huye de cualquier elemento artificial o recurso visual estridente para apostar por un despojamiento formal que raya el minimalismo, incluida esa escenografía que muestra unas habitaciones frías, desprovistas de humanidad, que dejan entrever la soledad de unos personajes incapaces de relacionarse.

Zoe Stein y Nacho Sánchez en Martícora. Foto: BTeam Pictures

Un estilo transparente que utiliza la cámara para convertirse en testigo de la evolución de Julián y que captura el descenso a las profundidades con un ritmo pausado –no lento– que se recrea en los detalles (el ataque de ansiedad de Julián, el llanto tras la ruptura, el silencio en las conversaciones, la mirada sostenida del protagonista).

Pero la aparente sencillez no oculta un tratamiento elaborado en aquellas escenas que necesitan de un subrayado estilístico para generar un efecto adicional como lo tenemos en el movimiento de acercamiento de la cámara a Julián en dos momentos clave, la escena de la masturbación y la escena en que Julián contempla el dibujo en la pared; o la panorámica sobre las fotos familiares de Diana que personifica la mirada de Julián sobre la infancia de Diana.

La película hubiera podido terminar con una escena muy evidente que ocurre al final y que adquiere un carácter definitorio con un abrupto corte a negro; pero Mantícora es una película tan arriesgada que Vermut todavía propone un último envite en el que visibiliza la posibilidad de una cierta ternura confirmando la coexistencia de dos naturalezas oscuras, contradictorias, en la que una persona todavía puede sentir atracción –cuidando, apiadándose- por un ser monstruoso.

Un filme turbio y perturbador, con un guion milimétrico, en el que el amor o las relaciones sexuales se presentan como el inicio de un descenso a los infiernos; Mantícora transita por los terrenos más escabrosos sin descarrilar un ápice y Vermut consigue un trabajo de los que perduran cuando ya se ha abandonado la sala oscura.

Escribe Luis Tormo

Título: Mantícora
País y año: España, 2022
Duración: 115 minutos
Dirección: Carlos Vermut
Guion: Carlos Vermut
Fotografía: Alana Mejía González
Reparto: Nacho Sánchez, Zoe Stein, Catalina Sopelana, Javier Lago, Patrick Martino, Ángela Boix, Álvaro Sanz Rodríguez
Productora: Aquí y Allí Films, BTeam Pictures
Distribuidora: BTeam Pictures

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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