Crítica de ‘La abuela’ de Paco Plaza

En 2017 Paco Plaza realizaba Verónica, uno de los trabajos más significativos de su carrera, una película de género de terror con referencias a posesiones y malos espíritus en el que elaboraba un discurso sobre el tránsito de la adolescencia a la madurez y la dificultad de crecer; basada en un caso verídico ocurrido en los años 90 el filme se aproximaba a la realidad desde el género fantástico.

Con el paréntesis de Quien a hierro mata, un thriller ambientado en el narcotráfico gallego, el director valenciano vuelve al género de terror para ofrecernos una obra que reflexiona sobre el miedo a la vejez en un ejercicio que se antoja como el reverso de Verónica.

El prólogo del filme nos muestra el territorio por el que va a discurrir la película; en los primeros planos tenemos un zoom que nos acerca lentamente a la figura de una persona mayor, un reloj adquiere protagonismo y en la banda sonora se oye el tic tac que simboliza el paso del tiempo. En este avance el espectador cuenta con una información que le sitúa con ventaja respecto al personaje que interpreta Almudena Amor, un hecho que sirve para generar tensión y provoca que el interés del filme recaiga no tanto en la resolución del mismo sino en el mecanismo dramático interno que nos aboca a ese final.

Foto: Sony Pictures Ent. Iberia

La película contrapone el personaje de una anciana y de su nieta para establecer un juego sobre la situación que una sufre y otra vislumbra. En una sociedad que apuesta por el valor de la juventud ocultando la realidad tras el maquillaje de la vanidad de las redes sociales, el postureo y la férrea dictadura del canon de belleza; el camino hacia la vejez y sus consecuencias –limitaciones, enfermedades– impone un terrible sufrimiento.

La decadencia del cuerpo se materializa en el personaje de la anciana impedida, un cuerpo esculpido con las cicatrices de una vida pasada, un cuerpo al que se enfrenta Susana (Almudena Amor) desde una posición contraria, la de la juventud realzada por su trabajo de modelo. En la parte inicial del filme, antes de bucear en las aguas del fantástico, tenemos apuntes de cierto realismo social con las dificultades de Susana para abrirse paso en su profesión en París o el esfuerzo que supone enfrentarse sola al cuidado de un familiar (debe sacrificar su trabajo como modelo, el desconocimiento a lo que se enfrenta hace que recurra a un tutorial de video sobre el cuidado de una persona impedida).

Una vez la abuela y la nieta se encierran en ese piso claustrofóbico en el que parece que la realidad queda más allá de las ventanas, aisladas en su universo, en el que se agolpan los recuerdos y las pesadillas de la infancia, comienza un diálogo dramático que equipara a ambos personajes encerrados en sus cuerpos. El juego con el espejo en el que ambos personajes intercambian sus rostros sitúa en un mismo nivel el proceso de la vejez, vemos el presente de una y el futuro de otra, y en cierto modo, nieta y abuela están encorsetadas en un mismo dilema: la anciana es la representación del proceso de la vejez mientras la nieta, a pesar de esa imagen presidida por la juventud, en realidad, ya es vieja para su trabajo de modelo, siendo fagocitada por otras modelos casi niñas.

La abuela reviste este contenido dramático en el formalismo propio del género fantástico en el que Paco Plaza se desenvuelve con soltura activando los mecanismos del terror en el que la sola presencia o ausencia de un cuerpo, la oscuridad, los efectos de sonido y la banda sonora o el juego con el fuera de campo, provocan el miedo psicológico. En esta puesta en escena encontramos referencias a autores como Polanski (el piso que aísla al personaje o la tipografía de los títulos de crédito similares a La semilla del diablo) o Kubrick (El resplandor y la representación del cuerpo desnudo en la ducha, el uso del zoom).

Quien se quede en este terreno puede disfrutar de las convenciones típicas del género y de la puesta en escena del director o quizá piense que el desenlace se ve venir de lejos; pero La abuela, al igual que lo hacía Verónica, va más allá del código establecido en el género de terror.

Foto: Sony Pictures Ent. Iberia

El valor de la película de Plaza reside en traducir la realidad de todo aquello que asociamos a la vejez y, sobre todo, en mostrar la visión que la sociedad tiene de esa vejez. Una vejez que consideramos como una pesadilla o como un estorbo y que precisamente por eso puede ser contemplada como una alegoría terrorífica.

Nos encontramos con un terror que nace del interior de cada uno, de ahí que funcione a la perfección esa escenografía representada en el piso que termina siendo un universo cerrado del que difícilmente se puede escapar, con un uso del cuerpo –la decadencia del cuerpo anciano frente a la hermosura de la juventud– que termina siendo su propia cárcel.

Para trasladar correctamente el mensaje era necesario encontrar dos antagonistas que asumieran este discurso representando la juventud y la vejez. En este sentido la película se beneficia del gran trabajo de Almudena Amor –en su primer trabajo para la pantalla grande- que exterioriza el miedo interno y se enfrenta contra la inmovilidad del personaje que encarna Vera Valdez –en la vida real Valdez fue una de las primera modelos internacionales brasileñas y trabajó para Chanel en un juego entre realidad y ficción que completa el puzle de los personajes pues Almudena Amor también trabajó como modelo–.

Paco Plaza continúa construyendo una filmografía que profundiza en las claves del género fantástico para mostrar los miedos y las pesadillas que nos rodean partiendo de elementos reconocibles que termina llevando a su propio terreno artístico.

Escribe Luis Tormo

Título: La abuela
País y año: España, 2021
Duración: 99 minutos
Dirección: Paco Plaza
Guion: Carlos Vermut
Fotografía: Daniel Fernández Abelló
Música: Fatima Al Qadiri
Reparto: Almudena Amor, Vera Valdez, Karina Kolokolchykova
Productora: Apache Films, Les Films du Worso
Distribuidora: Sony Pictures España

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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