Crítica de Yuli de Icíar Bollaín

Raíces

En la anterior película de Icíar Bollaín, El olivo, se reivindicaba la necesidad de no olvidar las raíces de nuestro pasado, la tradición sobre la que se ha forjado el presente, utilizando un hecho puntual (la venta de un olivo milenario) en un momento histórico concreto (la reciente crisis económica). En Yuli, Bollaín amplifica este mensaje a través de un peculiar acercamiento a la biografía de Carlos Acosta (La Habana, 1973), uno de los bailarines clásicos con más talento de su generación.

Basado en el libro autobiográfico de Acosta, No way home, el guión de Paul Laverty se aleja del biopic más obvio para realizar un tratamiento complejo en el que la barrera entre realidad y ficción es franqueada con absoluta libertad.

El filme comienza con el personaje de Carlos Acosta en la actualidad, interpretado por el propio Acosta, mientras se encuentra preparando un montaje basado en su vida. Trabaja con el bailarín que hace de él en esa obra, bailando a su lado, dándole indicaciones y elaborando la coreografía.

A partir de aquí surge la mirada al pasado y retrocedemos en el tiempo para ver al Carlos Acosta niño. Un niño de una familia muy humilde de La Habana, inmerso en un entorno social que raya la miseria y en el que únicamente el empeño del padre por explotar las posibilidades que ve en su hijo para el baile, hace que Carlos pueda distinguirse del resto de sus amigos. La perseverancia de este padre obsesivo y duro consigue, entre alegrías y llantos, que ese niño se acerque al ballet aprovechando las posibilidades del modelo educativo cubano (gratuidad, disciplina, unos pocos elegidos por su talento).

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El pasado de Acosta se centra en la dureza del aprendizaje durante la niñez, su rebelión frente a la presión paterna por buscarle un futuro mejor a través del baile y la disciplina de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba. El desgarro por la separación de su entorno más cercano (la familia y sus amigos) y las palizas de su padre las vemos representadas en la ficción a través de los flashbacks y van teniendo también su reflejo en las piezas de baile que se intercalan a lo largo de todo el filme, en esa teatralización de sus recuerdos que se plasma a través de las coreografías que el Acosta adulto va creando.

La juventud y el periodo triunfal de Acosta son representados por otro actor. La dificultad de vivir en Italia o Londres, añorando la familia y la Cuba natal constituye otro bloque en el que se afianza la angustia personal a pesar del triunfo. Estamos por lo tanto ante otra encarnación de Acosta, de tal forma que el seguimiento del bailarín se muestra como un decapado en el que diferentes perfiles conviven sobre el mismo hombre, mezclando ficción y la realidad, para terminar componiendo la figura central del filme.

La presencia del propio Acosta como actor induce a pensar que sus palabras, sus opiniones y recuerdos aportan la autenticidad a la historia, pero Yuli huye precisamente de ese sello de veracidad para presentarnos una riqueza de visiones, a veces contradictorias, que se complementan para reconstruir un universo que va más allá del protagonista.

En una escena clave del filme, el padre, acompañado de su hijo pequeño, le muestra a éste la antigua finca donde sus antepasados trabajaban como esclavos. En un discurso cargado de sentimentalismo, el camionero humilde que sobrevive trabajando duro intenta transmitir a su hijo que apenas unas generaciones le separan de la esclavitud y que debe mantener el orgullo de ser negro. Tras la representación coreográfica de ese momento entre el padre y el hijo, el Carlos Acosta adulto confiesa que ese encuentro con su padre no existió. Es ficción. Pero a continuación indica que aunque esa conversación con su padre no haya existido, eso no significa que sus antepasados no fueran esclavos, y por lo tanto, el hecho es verdad.

A partir de este momento queda asentado que todo lo que discurre en la pantalla es una mezcla de ficción y realidad, donde se pueden fusionar recuerdos y vivencias, representaciones coreográficas que el Acosta adulto basa en su experiencia pasada, e imágenes reales de documentales que sirven para ir recomponiendo las piezas del rompecabezas que nos son presentadas.

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Un rompecabezas que articulado en el relato biográfico sirve también para convertirse en un fresco de la evolución de la Cuba castrista a partir de finales de los 70. La determinación del padre para que el talento de su hijo sea el vehículo para una vida mejor, lo que indudablemente implica que el bailarín tenga que abandonar la isla y a su familia, escenifica los sacrificios de los habitantes de Cuba. La nostalgia del calor del hogar frente al frío Londres hace que Acosta sienta la dureza de la disciplina y lo que el baile le ha hecho perder en las diferentes etapas de su vida. De ahí que la práctica del baile siempre ha sido, desde niño, una experiencia angustiosa e insatisfactoria que se confirma durante su juventud y en la vida adulta.

Esa contradicción entre deber y placer, entre disciplina y libertad, marcará la relación padre e hijo. Un padre capaz de sacrificar su vida para que el talento de su hijo no se pierda, pero un padre también cruel, que propina palizas a su hijo desde pequeño, y que es incapaz de hacer comprender a su hijo de una manera afectuosa que el baile es el pasaporte para salir de la miseria y reivindicar el orgullo como persona; una situación opuesta a la figura de la maestra que acompaña al protagonista desde niño, combinando el rigor de la educación con el cariño hacia su pupilo.

Volvemos a insistir que estas contradicciones van más allá de la situación personal de Yuli pues ejemplifican también las contradicciones de un régimen y de un país donde el orgullo y la defensa de las raíces terminan pasando factura a sus habitantes. De hecho esa historia de triunfo se cimenta sobre una base inestable: los problemas en la familia encarnados en la hermana con problemas mentales, las diferencias entre los que se van y los que se quedan, la relación de amor y odio entre padre e hijo.

El tándem formado por Bollaín y Laverty es capaz de modular la materia prima que aporta la vida y la leyenda de Carlos Acosta, un héroe muy a su pesar, para sobrevolar sobre el relato biográfico más usual. Un buen ejercicio de disección personal y social que nos deja un hermoso último plano, la toma aérea que partiendo desde el teatro, en el que unas banderolas exponen el nombre de Yuli, se eleva para mostrar una imagen general de La Habana; un nombre, un hombre, unido a un paisaje, a un territorio, a Cuba.

Escribe Luis Tormo

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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