Viaje a Italia de Michael Winterbottom

Comer, beber, viajar

La carrera de Michael Winterbottom sigue llevando un intrincable recorrido que genera una filmografía que abarca todo tipo de temáticas, géneros y formatos. Características potenciadas por el ritmo de trabajo prolífico que implica que cada año tengamos noticias de sus proyectos, de los que algunos de estos llegan a exhibirse, puntualmente, y otros se retrasan o terminan no estrenándose en nuestro país.

En 2010, Winterbottom dirigió para la BBC la serie The trip. Dos colegas, Steve Coogan y Rob Brydon, se desplazan por el norte de Gran Bretaña para escribir una serie de críticas gastronómicas sobre restaurantes afamados de esa zona del país. Organizada en seis episodios de media hora cada uno, la serie tuvo buena acogida y, de ese material, posteriormente se editó una versión para exhibirse en cines, con el mismo título.

The trip, la película, era un divertimento basado en la complicidad de los protagonistas, con un tono irónico, plagado de bromas y referencias constantes al mundo del cine. Los restaurantes y alojamientos se convierten en el espacio para que los personajes hablen y hablen sobre diferentes aspectos, a la vez que se confronta dos estilos de vida diferentes, la independencia de Steve Coogan frente a la elección de una vida más familiar de Rob Brydon.

Cuatro años más tarde, Winterbottom repite el mismo formato para lo que será la segunda temporada de la serie, esta vez ambientada en seis restaurantes de Italia a través de un recorrido gastronómico que abarca de norte a sur de la península itálica. Seis episodios con una duración similar (28 ó 29 minutos) y de la que se vuelve a extraer el material para exhibir la película en formato cinematográfico, Viaje a Italia (Trip to Italy, 2014).

Al igual que ocurría en The trip, una llamada de teléfono desencadena la narración, así de las frías imágenes de Londres pasamos a la luminosidad del sur de Europa. Un viaje que tiene el mismo objetivo, realizar unas crónicas sobre gastronomía para The observer, el dominical inglés, escogiendo seis restaurantes en seis localizaciones.

Dado que el filme juega a la continuidad del argumento, y la reducción para la exhibición cinematográfica del original televisivo es considerable, no hay tiempo para introducciones o presentaciones. Dos personajes, el desplazamiento en un mini a lo largo de la ruta y el desarrollo de la conversación en el restaurante siempre manteniendo un esquema similar.

Una rutina que se traduce en diálogos irónicos, cínicos, con referencias continúas al mundo del espectáculo, de la televisión y del cine y que da pie a las continuas imitaciones y réplicas por parte de los protagonistas.

La gastronomía, pese a ser el motivo principal del viaje, y teniendo un evidente peso por ser el escenario de las conversaciones, apenas tiene importancia para los protagonistas, que se comportan como simples aficionados más interesados en el placer sensorial de la experiencia que en el análisis detallado del proceso culinario, que únicamente es objeto de una serie de planos en los que se muestra su elaboración en las cocinas y que el montaje intercala siempre durante la comida.

Viaje a Italia

Sí hay más énfasis en la otra línea argumental en la que los dos colegas siguen los pasos del recorrido que los poetas románticos Lord Byron y Shelley realizaron en diferentes periodos por algunas lugares de Italia durante el siglo XIX, estableciendo un paralelismo entre los dos comediantes y los poetas ingleses, en ese viaje iniciático de reconocimiento interior en el que enfrentados a la belleza del paisaje, del entorno, Coogan y Brydon reflexionan sobre su existencia cotidiana.

Este ambiente melancólico, que ejerce de contrapeso al tono satírico que se impone en todo el relato, se afianza con el deleite visual que deviene de la recreación en las localizaciones del filme, muchas de las cuales nos traen el recuerdo de películas clásicas rodadas en Italia. Encontramos menciones al espíritu aventurero a raíz de La burla del diablo de John Huston o una reflexión sobre el amor en base a filmes como Vacaciones en Roma, mientras los protagonistas pasean por la calle donde estaba situado el apartamento del personaje de Gregory Peck, o Viaggio a Italia, la película protagonizada por Ingrid Bergman y dirigida por Rossellini y que el propio filme de Winterbottom rinde homenaje en su título.

Así, entre imitaciones de actores y películas (Al Pacino y El Padrino, Roger Moore, Michael Caine, etc.), la comicidad termina mutando en una descripción pesimista y triste del devenir de unos personajes que, con el paso del tiempo, comienzan a dudar de todo aquello que les rodea. Las risas externas no terminan de ocultar el vacío de unas vidas un tanto artificiales, más pendientes del espectáculo que de la propia satisfacción personal.

Finalmente, cuando ese espectáculo termina y la vida sigue, Rob Brydon es incapaz de regresar a su entorno familiar en Londres pues lo que desea es continuar el affair con Lucy, y Steve Coogan, separado y solo, intenta establecer vínculos afectivos con su hijo adolescente, aunque no se adivina fácil. Cuando el filme termina, en esa preciosa bahía presidida  bajo la luminosidad mediterránea, nos queda un cierto regusto amargo cuando observamos lo que queda al descubierto tras desbrozar esa primera capa cómica que recubre a los personajes.

Viaje a Italia

Realidad y ficción

Con todo el aspecto más interesante del trabajo de Winterbottom es la reflexión sobre la realidad y la ficción. Steve Coogan y Rob Brydon se representan a sí mismos utilizando sus propios nombres; de esa forma, sus experiencias reales como actor o como hombre del espectáculo se mezclan con la trama ficcional del filme. Ficción que se asienta en hoteles y restaurantes reales, para jugar con conversaciones donde se imita a otros personajes, en un juego que discurre entre lo verdadero y lo inventado.

La mirada sobre el bellísimo paisaje italiano, con localizaciones de los viajes emprendidos por los escritores románticos o los filmes rodados ya reseñados, desprende un aire casi documental, encajando las historias inventadas en contenedores reales; un recurso que no es ajeno al director inglés y que ya utilizaba en Génova (2008), cuando el drama sobre la superación de la muerte de un ser querido se fusionaban con la ciudad italiana, que se convertía en una protagonista más.

Este juego, iniciado ya en el primer filme de este díptico, termina conformando un interesante acercamiento a dos personajes que se cuestionan la evolución de sus vidas, y que salvando las reiteradas bromas y exhibiciones imitativas, que pueden llegar a cansar, termina asentándose  agradablemente en nuestra memoria por la variedad de temas que proponen sus imágenes y la complicidad de los dos protagonistas con su director.

Escribe Luis Tormo

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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