Miles Ahead

Una lucha constante

Don Cheadle es un actor al que reconocemos cierta capacidad magnética para atraer la cámara. Bien en papeles de reparto (El demonio vestido de azul, Boogie nights), en filmes corales donde el protagonismo está repartido (Crash, Ocean’s twelve) o en películas donde es el principal foco de atracción (Hotel Rwanda), su presencia siempre termina destacando en la pantalla, aunque su nombre no pertenezca a esa élite de actores conocidos por el gran público.

En algunos de estos filmes Cheadle ha formado parte del equipo de producción y hasta el momento había dirigido algunos trabajos para televisión, el medio en el cual comenzó su carrera. Miles Ahead es su opera prima como director y en la que también ejerce como productor, coguionista, actor principal y compone algunos temas de la banda sonora.

Con esta acumulación de roles, lo más inmediato es pensar que estamos ante un proyecto muy personal y querido por Cheadle. Sin embargo, tal y como se desprende de varias entrevistas con motivo de su pase por diferentes festivales, su protagonista lo vivió, al menos en el inicio, con desasosiego. Elegido por la familia Davis como la mejor opción para hacerse cargo de un proyecto de esta índole, la presión para sacar adelante el filme le obsesionó durante tiempo. De hecho, Cheadle llegó a pensar en la posibilidad de que fuera otro quien dirigiera el filme y, desde luego, su multiplicación como actor, guionista o productor, no tiene que ver sólo con motivaciones autorales sino que se debe también a las dificultades económicas en la producción del filme.

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La película estuvo en serios aprietos para obtener financiación que afectaron a la propia historia. El papel del periodista de Rolling Stone (protagonizado por Ewan McGregor) es un guiño a la comercialidad, introduciendo un personaje blanco con el objetivo de ampliar la posible audiencia.

Con todo, a pesar de los problemas comentados, el filme sí transmite el tratamiento original, íntimo, de este acercamiento a la figura de Miles Davis, figura de la que Cheadle es un enamorado y experto conocedor de su música. Y el primer elemento que avala esta afirmación es el rechazo al mero recurso del biopic tradicional. No hay en Miles Ahead una narración que describa la carrera del autor de Kind of Blue con sus diferentes fases, sus logros o su evolución pues lo que se busca es precisamente lo contrario, una narración que se asemeje un proceso creativo, cercana a la improvisación musical, donde sobre una línea principal se adhieren o incorporan pequeños detalles y puntualizaciones que enriquecen la narración.

Del autor que fue piedra fundamental para la evolución del jazz asentando conceptos como cool, jazz modal, jazz rock o fusión; Cheadle escoge precisamente el periodo en que Davis permaneció en silencio, desde mediados de los 70 hasta inicio de los 80, en la que coincidió su problema de cadera fruto de un accidente de coche y su adicción a las drogas. Una etapa que Davis describe en su autobiografía: “Me retire primordialmente por razones de salud, pero también porque estaba espiritualmente hastiado de los muchos embrollos en que me había metido en el curso de aquellos largos años. (…) Entre 1975 y comienzos de 1980 no cogía la trompeta; durante más de cuatro años no la cogí ni una sola vez”.

La descripción de Miles es la del artista en crisis, casi un juguete roto, dependiente de sus adicciones y con una mirada dirigida hacia el pasado y no tanto al futuro. Endiosado, bronco y violento, el retrato del músico es la de alguien incapaz de comunicarse con su entorno cercano (su compañía de discos, sus amigos).

Ese aislamiento caótico se articula con la ficción introducida por el guión a través del personaje de Dave (Ewan McGregor), periodista de Rolling Stone que quiere realizar una entrevista al músico para aclarar los múltiples rumores sobre su regreso a la música. A raíz de esta relación, primero difícil, asistiremos a una trama sobre el robo de las cintas que contienen la nueva música que Miles Davis está preparando para su vuelta al mundo profesional.

Frente a esta descripción nihilista del músico, y sirviendo de doloroso contrapunto, Cheadle intercala múltiples flashbacks que nos retrotraen a la época en que Davis estaba creciendo como músico y como persona. A través de una acertada transición en la que Davis está encerrado en el ascensor (siempre aislado) y mirando la portada de un disco suyo, en la que está fotografiada Frances Taylor, su primera mujer, abre una puerta irreal que nos lleva al pasado, a una actuación en un club.

Por lo tanto la película establece un diálogo entre un pasado donde el joven músico estaba buscando su camino y el deterioro de un presente en el que ya no hay ilusión. Intercalados aquí y allá, los flashbacks nos van dando pinceladas de la evolución musical y personal de Davis. Progreso musical donde aparecen fugazmente nombres como Gil Evans, o los ensayos con Paul Chambers o Bill Evans, músicos que acompañarían a Davis en algunas de sus etapas claves.

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Y los recuerdos de esa época inciden en la relación entre Miles Davis y Frances Taylor, su primera mujer, exponiendo el carácter errático del músico. Un recorrido que discurre desde el enamoramiento inicial hasta la aparición de los problemas matrimoniales fruto del egoísmo de un ser entregado a su trabajo, capaz de pedirle a su mujer que sacrifique su trabajo por él, para luego engañarla con otras mujeres.

Desde el presente incierto, desconfiado de sus posibilidades y preso de sus adicciones, el músico mira ese pasado con melancolía; “que ponga Solea” dice Davis al locutor de la radio, en referencia a uno de sus temas clásicos que aparece en el disco Sketches of Spain. La película afortunadamente no plantea ningún tipo de visión ejemplarizante sino que enlaza ambas etapas como una lucha constante por la consecución de sus objetivos. Lucha contra los prejuicios raciales, lucha contra la industria de la música, lucha contra sus demonios y lucha contra su propia necesidad de evolución profesional y personal.

El filme cierra la forzada trama sobre la recuperación de las cintas con un brillante epílogo en el que Don Cheadle interpreta durante los títulos de crédito un tema con Esperanza Spalding, Gary Clark Jr., Herbie Hancock y Wayne Shorter (estos dos últimos unidos claramente al nombre de Davis) en un juego entre realidad y ficción en el que Cheadle se mimetiza definitivamente en la piel del personaje que interpreta. Una interpretación que desde luego es lo más destacado del filme.

Nos deja este Miles Ahead un regusto positivo por la búsqueda de un acercamiento original, pero a su vez también surge la duda de si esta ficción generada en torno a la historia de las cintas, con su inspiración setentera (introducción de hampones, disparos, modelo Blaxploitation, etc.) nos aparta demasiado del foco central y esencial de la creación musical de Davis; dejando a quienes no tengan referencias de su trayectoria, un tanto indiferentes ante las anécdotas que se muestran en la pantalla, y no satisfaciendo a quienes conociendo la figura del músico, encuentren reiterativo este recurso ficticio.

Escribe Luis Tormo

Crítica publicada originalmente en Encadenados

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