Carol, una película de Todd Haynes

El talento de Mr. Haynes

En 1950 Patricia Highsmith publica su primer libro, Extraños en un tren. La novela ve potenciado su éxito a raíz de la adaptación cinematográfica que Hitchcock, con guión de Raymond Chandler, realizaría al año siguiente.

Su próximo libro sería The price of salt (1952), una novela en la que narra la historia de amor que surge entre dos mujeres. Como la propia Highsmith reconocería, la sociedad americana de principios de los 50, no estaba preparada para un texto de estas características, que además contaba con un desenlace que rompía con los esquemas habituales, pues esta vez la historia no tenía consecuencias negativas para las protagonistas.

Esta situación hizo que Highsmith tuviera que cambiar de editor y publicar la novela bajo seudónimo con el nombre de Claire Morgan. En el fondo la autora tampoco quería, con su segunda novela, encasillarse en el género de novela homosexual. La edición en tapa dura no tuvo excesiva difusión, pero la edición en bolsillo sí constituyó todo un triunfo, vendiendo un millón de ejemplares. En la década de los 80 el libro vería la luz con el título de una de las protagonistas, Carol, y ya con el nombre de Patricia Highsmith en portada.

Todd Haynes, que habitualmente escribe los guiones de los filmes que dirige, deja en este caso la labor a Phyllis Nagy, una autora teatral que en 2005 dirigió Mrs. Harris, una producción para televisión. Nagy efectuará algunos cambios en el guión pero su texto es muy fiel al original literario.

Carol
El filme comienza con la pantalla en negro, mientras aparecen los títulos del filme y la banda sonora nos deja oír el sonido de un tren que se desliza sobre los raíles. El negro deja paso a una imagen geométrica que resulta ser una rejilla situada en el suelo de una calle, por lo que deducimos que el sonido del tren pertenece al metro que transcurre por el subsuelo de la ciudad. La cámara sigue a un personaje masculino que entra en un restaurante interrumpiendo una conversación entre dos mujeres que están sentadas en una mesa, lo que provoca una despedida fría entre ellas.

Este prólogo, que supone un cambio respecto a la novela que mantiene la linealidad temporal de la narración, convierte a la película en un largo flashbacks. Además de constituir una introducción que retomaremos al final, nos deja patente, al comenzar la acción desde la rejilla, que estamos asistiendo a una historia que emerge de la oscuridad, de la profundidad, para hacerse visible ante el espectador.

El encuentro casual entre una joven dependiente de unos almacenes, Therese (Rooney Mara), y una clienta adinerada, Carol (Cate Blanchet), que desea comprar un juguete para su hija, propicia el acercamiento de las dos mujeres. Therese trabaja en los almacenes mientras intenta labrarse un futuro como fotógrafa (en la novela es escenógrafa), tiene un novio que la presiona para casarse y su vida parece encaminada hacia un futuro del que ella parece dudar.

La aparición fascinante de Carol, una hermosa mujer madura, con su abrigo de visón siempre omnipresente y su personalidad dominante, trastoca ese camino que parecía trazado para la joven Therese. Los primeros encuentros comienzan a influir en Therese haciendo que una serie de sentimientos nuevos afloren en ella. Sentimientos de atracción, de fascinación y, finalmente, van definiéndose como un amor que la transforma en una persona nueva o que al menos le hace replantearse su vida.

Pero esta historia de amor, con sus dificultades y su necesaria ocultación en la sociedad conservadora de los años 50 en la que se desenvuelve Carol (un proceso de divorcio con amenazas y chantajes del marido), le sirve a Haynes para desplegar una narración presidida por la delicadeza, las miradas y los gestos. La discreción que deben mantener ambas mujeres hará que el filme adopte ese acercamiento de una manera sutil. Lo que para un amor heterosexual sería un proceso natural, para las dos mujeres todo debe insinuarse. Una mano que se posa delicadamente en un hombro, el roce de unos dedos, una sonrisa o una mirada mientras comen o cenan.

Carol
Todo el filme está influenciado por un halo poético que hace que, contradictoriamente, el amor de Therese y Carol sea vislumbrado de una manera más fuerte, más visible para el espectador. Es cierto que en la intimidad de las habitaciones de hotel ambas llegarán a sentirse libres, pero la fragilidad que parece estar a punto de romperse continuamente, hace que la atracción entre ambas sea casi irresistible.

Para crear este tono exquisito, además de una ambientación y una fotografía elegantes, Haynes utiliza la cámara mediante dos recursos: por un lado, filma a los personajes desde lejos acercándose con el objetivo, así en muchos planos, las protagonistas están distantes, al fondo del plano o entre otras personas, pero la cámara las destaca desenfocando el entorno o las enmarca utilizando los espacios de las puertas, las ventanas de las habitaciones, los espejos o las ventanillas de los coches, explicitando que estos personajes están delimitados, inscritos en una sociedad que espera que no salgan de ese contorno, de ese espacio definido.

Por otro lado, el efecto contrario, el uso de los primeros planos que destacan las miradas, los gestos del rostro, las manos, una parte del cuerpo. Los estados de ánimo vienen dados por la excelente banda sonora y la mostración de esos detalles en los que no hace falta el diálogo.

Cuando la historia se torna dramática y el desenlace parece desembocar en tragedia, el filme cierra el círculo (como ese trenecito infantil que gira y gira, como ese primer sonido que oímos cuando comienza el filme) volviendo a la primera escena que hemos descrito al inicio, y retomando la acción desde ahí, nos deja uno de los epílogos más hermosos y emocionantes que hemos visto últimamente  en el cine. Siguiendo fielmente el texto original de Patricia Highsmith, con una apuesta por un final esperanzador, Therese avanza hacia Carol, que otra vez con un gesto, una sonrisa, sin diálogos, nos muestra cómo ambas mujeres han decidido ya cuál es su camino.

El movimiento de la cámara entre los clientes del restaurante recuerda el mismo que veíamos en la secuencia del restaurante de Vértigo cuando James Stewart busca con la mirada a Kim Novak en una mesa al fondo. No en balde, Therese, en su acercamiento a la mesa en que Carol disfruta de una cena, Haynes la filma con un típico recurso de Hitchcock (el rostro de la protagonista, alternado mediante el montaje con el movimiento de la cámara subjetiva).

Únicamente por la forma en que el director de Lejos del cielo representa y pone en imágenes esta historia de amor, Carol ya puede ser considerada una gran película.

Pero el filme se completa con una serie de historias paralelas que enriquecen todavía más el resultado final, planteando subtemas que refuerzan la trama principal: el crecimiento emocional y personal de Therese que, a la vez que se enamora de Carol, también encuentra un sentido a su vida profesional desarrollando su trabajo como fotógrafa; el personaje de Abby, una antigua amiga enamorada de Carol y que representa el fracaso (porque Carol no apostó por ese amor), fracaso que las protagonistas, ahora, no quieren aceptar; el papel jugado por los hombres (el novio de Therese y el marido de Carol) que dicen querer a sus mujeres cuando en realidad no son capaces de entenderlas; el conocimiento como elemento para superar la diferencia de clases entre Therese y Carol, cuyo contraste social aparece muy marcado (el barrio de clase media de Therese y la casa señorial de Carol, la educación refinada y la apariencia externa de Carol frente a la normalidad de Therese). Y toda una serie de metáforas como los temas fotográficos de Therese (sólo fotografía cosas, hasta que conoce a Carol), el viaje como conocimiento y descubrimiento, o el juego con la lluvia y la noche.

En definitiva, una película que capta perfectamente el espíritu de la obra literaria de Highsmith, con un tratamiento formal y estético que impulsa el contenido de la narración y que se convierte en un alegato contra el conservadurismo, apostando por la  necesidad de luchar por aquellas cosas que merecen la pena, a pesar de los riesgos y sacrificios que esto conlleva. Unos personajes que buscan la libertad (con una interpretación maravillosa de las dos actrices principales) para explicitar sus sentimientos.

Escribe Luis Tormo

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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