Crítica de Marley la película dirigida por Kevin MacDonald

Rebel music

“Esta noche he soñado sobre la fraternidad
y a veces digo: ¡algún día!
algún día mis sueños se harán realidad
como Bobby me dijo…
Hey Bobby Marley
cántame algo bueno
este mundo se está volviendo loco,
es una emergencia…”
Mr. Bobby, Manu Chao

Si hay un legado musical que resiste el paso del tiempo, persistiendo como fenómeno propio y retroalimentando a otras músicas, ese es el de Bob Marley. Más de 30 años después de su muerte, ocurrida en 1981, la figura del músico jamaicano se ha engrandecido en base a una explotación de su obra en la que su viuda, Rita Marley, y el productor y principal responsable de su difusión internacional, Chris Blackwell, tienen gran parte de la responsabilidad.

De hecho, la existencia de este documental ha sido posible por la participación activa de estos dos nombres, sin los cuales es prácticamente imposible acceder a todo el entramado artístico-comercial del autor de Is this love.

Camino del éxito

Marley se estructura siguiendo un escrupuloso orden cronológico que comienza situando el entorno musical donde crece Bob Marley para analizar el origen y las causas que promovieron un fenómeno que va más allá de lo estrictamente musical. El documental se centra, obviamente, en la figura del músico pero siempre apuntando a las raíces sociales, políticas y económicas de Jamaica y explicando la relación con el movimiento rastafari, una creencia entre religiosa y cultural, que aportó a su música un relato vivencial que terminó de asentar el mensaje social de sus canciones.

El primer tercio del filme describe la Jamaica de los años 60 haciendo especial hincapié en la pobreza del país, la lucha por la independencia de Gran Bretaña, que no se haría efectiva hasta 1962, y las diatribas políticas entre los dos partidos mayoritarios. Son los años donde el músico se forma en los estilos imperantes en la isla, a mitad camino entre la influencia americana y sus propias raíces.

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El puzle que reconstruye la vida de Marley pivota en torno a tres bloques: las imágenes documentales sobre la realidad del país (la situación marginal de los barrios, la visita de Haile Selassie, la independencia); las entrevistas con las personas que formaron parte de Marley, tanto personal como profesionalmente; y finalmente, la inclusión de material de archivo sobre el desarrollo musical del protagonista.

Un tratamiento muy similar a otro documental musical que hemos visto últimamente, George Harrison: Living in the Material World de Martin Scorsese. Curiosamente, Scorsese fue inicialmente el primer nombre que se barajó para llevar adelante el proyecto de poner en imágenes la vida de Bob Marley, aunque finalmente los problemas de agenda del director americano impidieron que se hiciera cargo de la dirección del documental.

La parte central recoge la transición de Marley desde sus inicios, basados en la imitación de los grupos vocales americanos, hasta la asunción de un estilo propio, esa música con el característico riff de la guitarra basado en el rasgueo de la guitarra y el bloque de bajo y batería, y que barnizada con la filosofía rastafari (mitad religión, mitad modo de vida) le aportaría el contenido más social con letras donde se destacaría el amor, la paz, la búsqueda de la felicidad, la rebeldía, etc.

Asentado el estilo musical y reafirmado el carácter de Marley como líder indiscutible de The Wailers, lo que hizo que algunas figuras se quedaran en el camino (Peter Tosh), aparece en el documental Chris Blackwell.

Blackwell, nacido en Londres, pasó su infancia y juventud en Jamaica iniciándose como productor musical y tras su regreso a Gran Bretaña afianzó su papel como reputado productor musical, fundando la discográfica Island, y tuvo la habilidad de liderar la transformación de la música de Marley, desde el marco local al internacional. Éxitos como I shot the sheriff (popularizado por Eric Clapton) y el álbum Exodus, grabado en Londres en el autoexilio que se impuso Marley para huir de la violencia en su país, potenció la figura del músico que regreso a Jamaica para el concierto One Love, en el cual se intentó la reconciliación nacional, y donde Marley ya transitaba como líder espiritual que sobrepasaba el fenómeno estrictamente musical.

A la vez que profundizamos en su carrera, el documental se acerca a la vida personal: su entorno familiar, el atentado que casi termina con él, su viaje a Londres, sus relaciones y aventuras con las mujeres (Rita Marley, Miss Mundo), los primeros síntomas de su enfermedad, su relación con la riqueza y el dinero, en un intento de captar las luces y sombras, dándonos una visión poliédrica del hombre frente al mito, aunque el peso de la leyenda se impone a los elementos puramente objetivos.

Memorias de África

Un dilema que surgía en torno a la figura de Bob Marley es su distanciamiento del público negro. Marley triunfaba en todo el mundo pero las personas que llenaban sus conciertos eran de raza blanca. En la necesidad de acercarse al público negro y, a su vez, conocer sus raíces originales, el documental detalla la visita de Marley al continente africano y su concierto en Zimbabwe, tras su independencia, como un elemento definitivo dentro de sus objetivos como artista.

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En esta parte es donde el realizador Kevin MacDonald, reconocido documentalista y que en su filme El último rey de Escocia, ya nos había dejado testimonio de la capacidad de influencia del continente africano, se desenvuelve más sinceramente, describiendo el viaje iniciático del músico jamaicano en una especie de retorno a África y donde la rebeldía de su música y sus letras podía tener un significado en un momento en que muchos países africanos estaban sacudiéndose del yugo colonial y que Marley había reflejado como elemento central en los temas de su álbum de 1979, Survival.

Tras el viaje a África, el filme termina con la narración de la lucha final de Marley contra el tumor maligno que se había extendido irremediablemente por todo su cuerpo y el entierro multitudinario en su país.

Marley supone un acercamiento al hombre y al mito y el único aspecto que quizá delimita su resultado es el carácter oficial del documental que impide valorar de una manera crítica al personaje.

En cualquier caso el mérito de Kevin MacDonald se sintetiza en un montaje muy ágil que diluye la larga duración del filme, que se acerca a las casi dos horas y media, y que deja excelentes momentos como los títulos de crédito finales donde se juega con las canciones Stand up, get up y One love y asistimos a interpretaciones de estos temas en diferentes países y lugares donde se recalca el carácter universal, festivo y reivindicativo de la música y de toda la simbología reggae (banderas, ropa, marihuana, peinados, etc.).

El filme certifica la mitificación de un trabajo, de una vida y la extensión de un mensaje que mezcla la voz de la rebeldía del Tercer Mundo con el sentido comercial del fenómeno musical. Pero los mitos no se analizan, se contemplan.

Escribe Luis Tormo

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