Crítica de Ruega por nosotras

Ejercicio de memoria histórica

El Patronato de Protección a la Mujer nació en 1902 con el objetivo de combatir la trata de personas. Esta función de socorro y asistencia con la llegada de la dictadura franquista se reorientó para constituirse como una institución encargada de servir de correa de transmisión de los valores del régimen. Este cambio permitió que miles de chicas adolescentes y jóvenes, con edades comprendidas entre los 16 y los 21 años –en algunos casos, hasta los 25–, fueran encerradas en instituciones gestionadas por distintas órdenes religiosas con un modus operandi represor que incluía abusos, torturas y vejaciones. Esta tragedia, además, se prolongó mucho más allá de la dictadura, pues el Patronato permaneció activo hasta 1985, una década después de la muerte de Franco.

Daniel Monzón, que firma el guion junto a Jorge Guerricaechevarría, construye desde la ficción, pero sin perder de vista la realidad histórica, el retrato de una de tantas víctimas a través del personaje de Ana (Zoe Bonafonte). La película arranca con un plano secuencia que recorre el pasillo de una vivienda de la alta burguesía hasta llegar al salón, donde un hombre duerme en el sofá frente al televisor. La programación ha terminado y el himno de España suena como cierre de la emisión.

Estamos en 1974. Sin necesidad de recurrir a los diálogos, Monzón introduce al espectador en el entorno de una familia acomodada, formada por un padre recto y apegado a sus principios, su mujer y madre de los dos niños, Ana, una adolescente, y su hermano pequeño. Esa noche la joven aprovecha que sus padres duermen para escabullirse de casa y disfrutar de la fiesta en la calle. Ana, como una chica más, se maquilla, viste y se emborracha como tantos jóvenes a su alrededor. Una salida nocturna que podría haber acabado sin mayores consecuencias termina con su detención por parte de la policía pasando la noche en comisaría. Un hecho que condicionará su vida para siempre.

El pecado de Ana, como el de tantas otras jóvenes, no es otro que desafiar las férreas convicciones religiosas de su familia y mostrar una actitud rebelde que, en realidad, no difiere de la de tantos adolescentes de su edad. Sin embargo, en el contexto de la España franquista, esa búsqueda de libertad y esa voluntad de transgredir las normas impuestas bastan para convertirla en objeto de castigo. Su internamiento en el Patronato, forzado por su padre, marca así el inicio de un descenso a los infiernos, una espiral de humillaciones, abusos y vejaciones que transforma la institución en una suerte de prisión encubierta.

Una imagen de Ruega por nosotras. Foto: Elastica Films

Lo que en principio hubiera debido ser una institución educativa que garantizara la salvaguarda de las chicas desfavorecidas se convierte en un sistema inquisitorial que tiene como objetivo el adoctrinamiento y la imposición de los valores reaccionarios del régimen franquista. La película denuncia una institución represora que acaba con cualquier tipo de conducta femenina que desde su punto de vista pueda ser considerada una actitud de rebeldía.

Para articular su relato de denuncia, Ruega por nosotras combina distintos géneros que se entrelazan para dar forma a su discurso. Por un lado, la reconstrucción histórica, que busca recuperar la memoria de un episodio silenciado situando la acción en los últimos años del franquismo, en el umbral de la Transición. Por otro, los códigos del cine carcelario, a través de los cuales Monzón construye un universo claustrofóbico en el que las rejas, las cerraduras y los espacios cerrados materializan la privación de libertad de sus protagonistas. El exterior, apenas visible a través de las rejas de las ventanas, es el deseo inalcanzable de una libertad arrebatada. Unos años robados, en esa época tan decisiva para la formación como personas, que es la adolescencia y la juventud.

Finalmente, el melodrama actúa como el hilo conductor que entrelaza las vivencias de los distintos personajes y dota al relato de una dimensión emocional, componiendo una historia de amistad, afecto y solidaridad como formas de resistencia frente al aislamiento y la violencia sufridos durante los años de encierro; pero también una historia de traición encarnada en la figura de unos padres que sacrifican a su hija en base a la moral represiva imperante.

Las dos jóvenes vienen de mundos muy diferentes. Posiblemente en una situación de normalidad Ana y Sole nunca se hubieran encontrado. Tendrá que ser, bajo los muros y las rejas, cuando ambas se unan para sobrevivir durante su encierro, siendo la adversidad la que origine una relación que se transforma en una historia de amistad. Uno de los códigos de este tipo de cine de reformatorio o carcelario es la presencia de un reparto coral formado en este caso por el conjunto de chicas encerradas y las monjas que las controlan, pero el guion se centra en desarrollar los personajes de Ana y Sole mientras el resto responda a una construcción más arquetípica.

La película trata de mantener un frágil equilibrio entre estos tres ejes dramáticos: la denuncia de la violencia ejercida contra las internas, que en ocasiones se manifiesta de forma explícita a través de las vejaciones y torturas (sacadas de los relatos de las supervivientes); el enfrentamiento entre Ana y la madre superiora, la hermana Socorro, interpretada por Adelfa Calvo; y la relación de amistad que se forja entre Ana y Sole. La disputa entre Ana y la madre superiora se convierte en una partida de ajedrez donde cada movimiento supone asumir un riesgo. Un riesgo que se traduce en situaciones cambiantes, golpes de efecto y que por el camino termina dejando un rastro de víctimas. En esta lucha descarnada entre institución y víctimas sobresale la relación entre Ana y Sole como único elemento al que asirse para contrarrestar la violencia de un encierro tan cruel como injusto.

Una imagen de Ruega por nosotras. Foto: Elastica Films

Sin embargo, la convivencia de estas tres líneas dramáticas que obliga a la película a transitar entre el cine de denuncia, el enfrentamiento psicológico y el melodrama, no siempre resulta beneficiosa para el relato. Por ejemplo, la inclinación hacia el género de cine de reformatorio y carcelario lleva a Monzón a conceder un peso excesivo a las tentativas de fuga (suspense incluido), que ocupan una parte considerable del metraje y terminan por incurrir en situaciones reiterativas.

Contribuye quizá a esa dispersión la voluntad de Daniel Monzón de abordar numerosos temas que invitan a la reflexión. La película amplía su mirada más allá de la represión ejercida sobre las mujeres para someterlas a los preceptos morales del nacionalcatolicismo, adentrándose en otras realidades igualmente dolorosas, como el robo de recién nacidos, los abusos sexuales —encarnados en la figura de un padre de una de las internas— o la violencia de los tratamientos psiquiátricos en los manicomios, representada a través de las descargas eléctricas. Pero bien cierto es que todas ellas son denuncias de gran calado que merecen la pena tener su presencia en la película.

Con todo, Ruega por nosotras es una de esas películas que dejan un silencio en la sala cuando termina la proyección. La denuncia de las prácticas del Patronato de Protección a la Mujer y el efecto devastador que tuvo sobre miles de jóvenes no es nueva. Existen documentales y libros que han contribuido a recuperar la memoria de aquellas mujeres y a sacar a la luz una realidad durante demasiado tiempo silenciada. De hecho, la película toma su título del libro homónimo de Consuelo García del Cid, una de las mujeres que sufrieron el paso por esta institución.

Sin embargo, la traslación al cine ficcionando la realidad permite llegar a un mayor número de espectadores y espectadoras, una circunstancia que se acentúa cuando la denuncia viene de la mano de un director reconocido como Daniel Monzón. La emotividad que provoca la historia de la supervivencia de un grupo de jóvenes y la apelación a la parte emocional permite que una historia reservada a un círculo minoritario pueda tener una mayor divulgación.

Escribe Luis Tormo

Título: Ruega por nosotras
País, año: España, 2026
Duración: 136 minutos
Director: Daniel Monzón
Guion: Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría
Fotografía: Carles Gusi
Música: Roque Baños
Interpretes: Zoe Bonafonte, Manuela Calle, Adelfa Calvo, María Cerezuela
Producción: Arcadia, Amalur Pictures, Noodles Production
Distribuidora: Elastica Films

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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