Crítica de El mal hijo

Infancia rota

Jaime Lorente es uno de los actores más mediáticos del panorama audiovisual español. Alcanzó una gran popularidad gracias a su participación en dos series de éxito internacional como La casa de papel y las dos primeras temporadas de Élite. Desde entonces, ha consolidado su trayectoria interpretativa con papeles protagonistas en películas y series entre las que destacan El Cid, 42 segundos, Disco, Ibiza, Locomía y Hamburgo, entre otras.

Interesado siempre por lo que ocurría tras la cámara Lorente comenzó a trabajar con diferentes guiones para realizar su primer filme. El guionista y escritor Salvador Molina, a raíz de su amistad con Blas Jesús García, un actor murciano que estaba trabajando en una obra de teatro junto a Miguel Ángel Puro, le hizo llegar su novela El mal hijo a Miguel Ángel, quien llevaba años hablando con Jaime Lorente de realizar una película donde él fuera el actor y Jaime Lorente el director. Finalmente, a través de este hilo de conexiones, la novela de Molina se convirtió en el eje de la película encargándose el propio Molina de la escritura del guion.

Para su primer trabajo tras la cámara Jaime Lorente presenta una dura reflexión sobre el efecto de las adicciones en el ámbito familiar. Pero El mal hijo descarta centralizar la narración en la adicción para situar su mirada en aquellos que sufren las consecuencias. Rubén, un niño de once años ve como su padre desaparece, éste debe ir a vivir con su abuela en un entorno rural en el apenas tiene conexiones emocionales. Nieto y abuela se convierten en el eje del relato y serán las víctimas de un desgarro familiar que afecta a varias generaciones.

La película se estructura en dos periodos temporales. En los primeros cuarenta minutos vemos como Rubén es un niño sensible y callado; su padre, un yonki que sobrevive gracias a pequeños hurtos, aparece y desaparece de su vida, mientras su madre no se hace cargo de él dejándolo al cuidado de su abuela paterna. En este tramo, El mal hijo, confecciona un retrato de la niñez de aire casi neorrealista. Planos fijos que se fijan en las duras condiciones sociales, escasos movimientos de cámara para focalizarse en la mirada de un niño que no comprende lo que pasa a su alrededor (no salgo en las fotografías dice en una ocasión) y que solo cuenta con el cariño y el cuidado de su abuela –una fantástica Susi Sánchez, como es habitual–.

En este retrato realista de la vida de Rubén, reforzado por el uso del 16 mm, la película encuentra algunos de sus momentos más emotivos en las conversaciones entre abuela y nieto, las aventuras que el protagonista comparte con su amigo –como el robo en el supermercado, sus desplazamientos en bicicleta o sus pequeñas conversaciones– y las apariciones ocasionales del padre. Este último nunca es retratado como un malvado adicto, sino como una figura ambivalente que, pese a su abandono, sigue mostrando cierto cariño hacia su hijo.

Una imagen de El mal hijo. Foto: Karma Films

Tras una elipsis, la acción se traslada más o menos una década después. El ambiente deprimente y hostil no ha cambiado –la primera escena del Rubén adulto es una denuncia sobre la explotación laboral– y las condiciones empobrecidas de Rubén y su abuela se acrecientan debido a la enfermedad de la abuela y la usura del tío Juanji que  le reclama a Rubén de forma agresiva la renta de la casa donde viven.

En esta parte, que no estaba desarrollada en la novela original y que Jaime Llorente filma en 35 mm, sirve para reconvertir los afectos –ahora es Rubén quien se ocupa de su abuela–, reunir a todos los personajes en un espacio claustrofóbico (ese pueblo del interior) y revelar que el pasado se convierte en una herencia que marca –lastra– el futuro de los protagonistas.

Rubén continúa siendo una persona callada y solitaria, carente de vida afectiva. Trabajador temporero y aquejado de anorexia nerviosa, debe afrontar una situación de extrema vulnerabilidad económica que le impide cubrir incluso sus necesidades más básicas (la vivienda o la compra de los medicamentos necesarios para tratar la dolencia de su abuela).

Sin embargo, el drama intimista de la primera parte da paso a un relato que incorpora progresivamente los códigos narrativos del thriller y el western. Del primero toma una trama de delincuencia que abarca desde las peleas clandestinas de perros hasta el tráfico de drogas, con la violencia como recurso recurrente para resolver conflictos y saldar cuentas. Del segundo adopta una concepción del paisaje como elemento dramático y expresivo, plasmada en los parajes áridos, las carreteras polvorientas y esos pausados puntos y aparte que introducen los cielos crepusculares.

Es en esta segunda parte donde la película acusa una mayor debilidad estructural, al hacer converger a todos los personajes en un mismo punto y tratar de abarcar demasiados temas. Entre ellos, figuran la salud mental y los cuidados, la explotación económica, el declive de la vida en los pueblos del interior, la posible redención de la figura paterna y la pervivencia de los vínculos afectivos en el seno de la familia. Esta acumulación de cuestiones termina por restar cohesión al relato, que parece incapaz de articularlas con la misma solidez que en su primera mitad.

Sin embargo, a pesar de estos errores, hay que reconocer en el debut de Jaime Lorente como director la voluntad de realizar un filme de de carácter personal. La planificación es concisa, minimalista pero denota que hay una mirada concienzuda detrás de la cámara que utiliza las herramientas cinematográficas para añadir valor expresivo al texto. En la primera escena en que vemos al padre se nos oculta la visión de su rostro con un recorte del encuadre; en la primera escena en que vemos al hijo adulto ocurre lo mismo, vemos al joven de espaldas; estableciendo una continuidad entre ambos. Un encuadre que se enriquece con el uso de marcos de ventanas y puertas para jugar con la expresividad dentro del plano.

El tono es intimista y austero (con el uso del formato 1:85) que le confiere a El mal hijo un aire de película pequeña pero atenta a los detalles que se aprecian en las escenas sobre los cuidados de las personas (la abuela a su hijo, el nieto a la abuela, el padre al hijo) que destacan, sin buscar artificialmente la emoción, la importancia de los lazos afectivos familiares.

Por último, pese a su tono pesimista, la película evita ensañarse con quienes contribuyeron a quebrar la infancia de Rubén y opta por una mirada matizada hacia ellos. En medio de la adversidad, se abre así un pequeño resquicio para la esperanza que convierte El mal hijo en una historia de superación, sin renunciar por ello a la dureza de la realidad que retrata.

Escribe Luis Tormo

Título: El mal hijo
País y año: España, 2026
Duración: 106 minutos
Dirección: Jaime Lorente
Guion: Salvador S. Molina
Fotografía: Elías M. Félix
Música: Luismi Glez Bedmar
Reparto: Susi Sánchez, Miguel Ángel Puro, Hugo Arbués, Óscar de la Fuente
Productora: AF Films
Distribuidora: Karma Films

Artículo publicado originalmente en Encadenados

Deja una respuesta