Crítica de Su propio infierno (Her private hell)

Ejercicio de estilo

En el cine, como en las artes en general, no es necesario comprender el significado último de una obra para disfrutar de la experiencia propuesta. A lo largo de la historia del cine, algunos cineastas han llevado sus películas a las salas comerciales con el propósito de compartirlas con el público, sin que ello significara ajustarse a la narración convencional. No hablamos, por tanto, de un cine de arte y ensayo, de un cine experimental al margen de los circuitos de distribución, sino de autores como David Lynch, Olivier Assayas, Leos Carax o Andréi Tarkovski, por citar unos nombres. En sus películas, las fronteras narrativas se diluyen y las convenciones del modo de representación institucional —el sistema de reglas y códigos que asociamos al cine clásico— se obvian en aras de trasladar la idea del filme con un tratamiento creativo personal. Es un cine en el que la forma adquiere el protagonismo y se convierte en una parte esencial de la obra cinematográfica.

En la presentación que hizo Nicolas Winding Refn de su película Su propio infierno (Her private hell, 2026) en los cines Lys de Valencia –que continúan con su loable trabajo de traer grandes personalidades del cine para debatir con el público–, el director danés pidió expresamente que la película se proyectara con el sonido «muy fuerte» porque su película era una ópera. Relacionar su película con el calificativo operístico no es una mala atribución: la ópera es un espectáculo donde la experiencia visual y musical, la puesta en escena y la tramoya, unido normalmente a un gran sentido del espectáculo, es la que define y completa el significado final de la obra.

Refn obtuvo reconocimiento internacional por Drive (2011), un noir de aire setentero donde la estética se convertía en un elemento fundamental mostrando una forma de concebir el cine particular, propia. Después llegó Only God Forgives (Solo Dios perdona) que afianzó su estilo, para bien y para mal, donde la forma barroca y suntuosa comenzaba a ocultar el déficit textual. The Neon Demon (2016) no hizo más que confirmar la sensación de que nos encontrábamos ante un cine preciosista, con imágenes sugerentes, pero sin que, bajo el uso del cine de género, hubiera un contenido destacable.

Su propio infierno. Foto: Mobi

Diez años después de su último largometraje –durante ese periodo el cineasta danés ha realizado dos series para plataformas– llega ahora Su propio infierno que profundiza en los elementos habituales que podemos encontrar en su cine: una historia que recurre a diferentes géneros (thriller, ciencia ficción, fábula), una fotografía de estética oscura (contraluces, neones, niebla), un diseño artístico que potencia el barroquismo, la importancia de la música, el tratamiento coreográfico de la violencia y un casting que apuesta por la estilización.

Ambientada en un entorno futurista la localización principal es un piso alto de un hotel en una ciudad distópica que permanece casi oculto entre la oscuridad y la niebla (con reminiscencias que van desde Blade Runner a Batman). A partir de ahí la película se mueve entre la visión de algunas escenas del rodaje de un filme de ciencia ficción (a lo Mario Bava en Terror en el espacio), el ambiente callejero nocturno y un club. En esta ocasión el director danés huye de las localizaciones exteriores y de cualquier tentación de ambientación naturalista (la película se rodó recreando los escenarios en un almacén de Copenhague.

Elle (Sophie Thatcher) es una actriz obsesionada por la figura de su padre. Para el rodaje de su nueva película Elle tiene que convivir con Hunter (Kristine Froseth), una joven actriz y, a propuesta de su padre, tendrá un encuentro tenso con Dominique (Havana Rose Liu), su joven madastra. Mientras, en la ciudad, esa niebla misteriosa coincide con la presencia de un extraño personaje, un asesino denominado «Hombre de Cuero».

Con estos mimbres, Nicolas Winding Refn pergaña un cuento de hadas de una chica que busca al padre perfecto. Una figura paterna apuntalada por los tres personajes masculinos principales (el propio padre, el Hombre de Cuero y el Soldado K) donde cada uno de ellos conforma la representación poliédrica paterna: el padre real, egoísta y negligente; el padre malvado que encarna los traumas y las pesadillas de Elle; y el padre idealizado que busca y defiende a su hija.

Su propio infierno. Foto: Mobi

Por el camino escenas de violencia yakuza heredadas del cine de samuráis, con algún apunte gore; personajes hieráticos y gélidos siempre dispuestos a lanzar frases que suenan como sentencias; alguna escena vergonzosa como el momento del lenguaje lobo; el terror giallo, que en este caso incluso tiene su homenaje a este subgénero con la incorporación del compositor Pino Donaggio que confecciona una partitura orquestal que constituye unos de los elementos más relevantes de la película; y el uso del erotismo  –en este caso más contenido– con referencias al cine de los 90, una sexualización que a estas alturas resulta un poco demodé.

Diez años después de The Neon Demon el cine de Nicolas Winding Refn sigue siendo inconfundible. En Her private hell apreciamos los elementos provocativos del sexo y la violencia, los neones, los cuerpos esculturales, la fotografía cercana a la estética publicitaria y un cuidadoso diseño de interiores; sin embargo, esta vez, el fondo no iguala al ejercicio de estilo. Las señas de identidad están presentes pero el corazón de la película no justifica el despliegue estilístico.

En definitiva, una película visualmente atractiva, destinada a los incondicionales de Nicolas Winding Refn, en la que el director danés reincide en su particular concepción del cine, mientras el eco de películas como Drive parece cada vez más lejano.

Escribe Luis Tormo

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