La emoción no envejece
Corrían los años ochenta cuando quien suscribe estas líneas asistía a su primer concierto en la mítica sala Bony de Torrent (Valencia). Sobre aquel escenario compartían protagonismo dos nombres fundamentales de la canción latinoamericana: Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Quizá por esa circunstancia, por haber descubierto a ambos artistas casi al mismo tiempo y en un momento tan temprano de mi vida, siempre he conservado un cariño especial por sus canciones. Más de cuatro décadas después de aquella primera experiencia, he vuelto a encontrarme con Silvio Rodríguez en el escenario del Roig Arena de Valencia. El cantautor cubano regresa a la capital valenciana –su anterior concierto entre nosotros tuvo lugar en 2019– como parte de la actual gira que está realizando por España en este 2026.
Silvio Rodríguez es, a estas alturas, mucho más que uno de los supervivientes de la Nueva Trova Cubana. Es uno de los grandes cronistas musicales y uno de esos artistas cuya obra ha conseguido trascender el tiempo y las circunstancias que la vieron nacer. A lo largo de una trayectoria extensa y coherente, ha construido un cancionero en el que conviven la poesía y la política, el amor y la rabia, la ternura y la denuncia, la esperanza y también las causas perdidas. Canciones que, para muchos de sus seguidores, dejaron hace tiempo de pertenecer exclusivamente a su autor para formar parte de una memoria sentimental compartida.
Su obra no puede desligarse del contexto histórico en el que fue concebida. La Revolución Cubana, sus contradicciones, los cambios sociales y políticos de la isla y la propia evolución de la sociedad atraviesan buena parte de su repertorio. Pero reducir a Silvio a la etiqueta de cantautor político sería quedarse en la superficie de una obra mucho más rica, capaz de transitar con naturalidad de la canción comprometida a la intimidad amorosa.
Y así, las más de 6.000 personas que se encontraban en el Roig Arena estaban con esa mezcla de expectación, memoria y cierta conciencia de estar asistiendo a un momento especial. Silvio Rodríguez cumplirá 80 años el próximo noviembre y en al aire flotaba la sensación de estar ante una de las últimas oportunidades de disfrutar del cantautor cubano sobre un escenario.
El concierto comenzó con Historia de las sillas, una canción compuesta en 1969, pero publicada a mediados de los años ochenta en el disco Causas y azares. En ella, Silvio Rodríguez reflexiona sobre la tentación de detenerse ante esa silla que aparece en el camino, una invitación al descanso que, sin embargo, debe ser superada para mantenerse en constante movimiento. La silla se convierte así en una metáfora de la necesidad de no abandonar la lucha, de seguir avanzando pese al cansancio y las dificultades.
Unos versos de José Martí sirvieron de introducción a Alas de colibrí, donde el cantautor se transforma en un artesano que repara las frágiles alas de estas pequeñas aves. A través de esa imagen poética, Rodríguez se acerca a los sectores más vulnerables de la sociedad, convirtiendo la canción en un gesto de cuidado y solidaridad hacia quienes necesitan protección. Si el primer tema fue interpretado solo con la voz y la guitarra de Silvio, a partir de ese momento la música ganó color e intensidad con la participación del septeto que acompaña al cantautor cubano en esta gira. La primera gran ovación de la noche llegó cuando sonaron los acordes de Sueño con serpientes, uno de sus temas clásicos.
Y esa fue la estructura del concierto: un recorrido por el extenso cancionero de Silvio Rodríguez, en el que se alternaron temas de distintas etapas de su discografía –incluida alguna canción muy reciente– con aquellos himnos que el público reconoce al instante y que, con el paso del tiempo, lo han convertido en una leyenda de la canción de autor. Un equilibrio entre la exploración de su obra y el reencuentro con las canciones que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.
Así sonaron Virgen de Occidente, la satírica Viene la cosa, la emotiva Nuestro después y ¿En cuál de esos planetas?, que cerró su interpretación con una pegadiza coda en la que la pregunta se repite una y otra vez: «¿En cuál?».
Me acosa el carapálida fue recibida con una ovación. Compuesta en 1984, la canción denuncia el colonialismo europeo, aunque su lectura trasciende ese contexto y puede extenderse a otras formas de dominación y de política imperialista. Poco antes de interpretar Más porvenir, Silvio explicó que había dedicado la canción a Pepe Mujica y a su mujer y que la letra está compuesta de muchas frases de Mujica. Fue entonces cuando desde el público llegaron gritos de apoyo y recuerdo del Che, a Salvador Allende y a la Revolución Cubana.
Mientras fuera del recinto se desataba una tempestad de viento y lluvia –a los móviles llegó el mensaje de Es-Alert–, en el interior del Roig Arena se iba desatando otra tormenta, esta vez emocional. Pequeña serenata nocturna y Adónde van fueron algunos de los temas en los que Silvio Rodríguez fue estrechando la distancia con un público entregado. La emoción alcanzó uno de sus primeros grandes momentos con La belleza.
Para interpretar la canción de Aute, Silvio se levantó de su silla y se dirigió hacia la parte izquierda del escenario. Allí, junto a Niurka González y Malva Rodríguez, cantó el delicado tema de su amigo, fallecido en 2020. Fue uno de esos instantes en los que la música se convierte también en recuerdo y homenaje.
De regreso a su silla, y ya con todo el septeto sobre el escenario, sonó Eva, una canción rica en melodías y en la que volvió a cobrar especial protagonismo la flauta de Niurka, una presencia fundamental a lo largo de buena parte de la noche. La conexión con el público aumentó con Quién fuera, otro de los grandes clásicos de su repertorio. Después llegarían Escaramujo y uno de los temas más esperados, La canción del elegido, con esos versos que siguen conservando toda su fuerza: «Lo más terrible se aprende enseguida / lo hermoso nos cuesta la vida».
Con el concierto entrando ya en su tramo final, Silvio leyó el poema Halt!, de Luis Rogelio Noriega, nacido de la desoladora impresión que provoca la visita a Auschwitz y de la descripción de los horrores del Holocausto. El poema concluye con un reproche al pueblo judío al preguntarse «cómo olvidaron tan pronto el vaho del infierno». Silvio vinculó entonces esos versos con la situación actual en Gaza. Entre el público aparecieron banderas palestinas y se escucharon gritos de «Free Palestine», mientras Malva colocaba una kufiya sobre los hombros del cantautor.

La emoción de ese momento se prolongó con La era está pariendo un corazón. Después llegó El necio, con el que Silvio hizo un amago de levantarse y dar por terminado el concierto. Pero inmediatamente volvió a sentarse. Aún quedaba Ojalá. Y entonces llegó uno de los momentos más emocionantes de la noche. No en vano, es una canción que, aunque escuchada una y mil veces, sigue llegando directamente al corazón del público.
Con toda la banda interpretó Venga la esperanza, tras la que Silvio y los músicos abandonaron el escenario. Pero nadie parecía dispuesto a dar por terminada la noche. Con todo el pabellón puesto en pie, entre aplausos y gritos que reclamaban numerosos títulos de su repertorio, Silvio regresó al escenario solo, acompañado de su guitarra, para interpretar una sentida versión de Unicornio.
Mientras concluía la canción y recibía los aplausos del público, Silvio llamó de nuevo a los músicos al escenario. Juntos pusieron el broche final al concierto con Por quien merece amor y esa pregunta con la que comienza el tema: «¿Te molesta mi amor?».
Una noche para el recuerdo. Una noche para la nostalgia. Una noche para comprobar que Silvio Rodríguez, pese al paso de los años, sigue siendo capaz de (re)crear esa magia que nace de la música y de un repertorio esculpido por el tiempo.
Escribe Luis Tormo



