Crítica de Eixam

La colmena humana

La sociedad contemporánea, especialmente en periodos de crisis económicas, sociales o incluso sanitarias —como la reciente pandemia—, suele volver la mirada hacia el mundo rural como un espacio de escape. Esta visión tiende a idealizar la vida en el interior y a presentarla como una alternativa más sencilla y auténtica frente a las tensiones de la vida contemporánea. Sin embargo, esta imagen idílica dista de la realidad: el mundo rural, lejos de ser un refugio ajeno a los conflictos, también está atravesado por sus propias dificultades, tensiones y formas de organización.

En este contexto se sitúa Eixam (Enjambre), el largometraje dirigido por Óscar Bernàcer, una película que propone una reflexión sobre la condición humana y sobre las distintas formas de organización y convivencia dentro de una comunidad rural aislada. Lluc (Pablo Molinero) lo ha perdido todo cuando Alba (Cristina Fernández) le ofrece una salida: integrarse en una aldea aislada donde un grupo de desheredados convive en aparente armonía.

Algunos flashbacks y el rostro magullado del protagonista apuntan hacia un pasado turbio del que, sin embargo, apenas se ofrecen detalles porque la película se focaliza en lo que ocurre en el entorno rural. La metáfora del enjambre, vinculada además a la ocupación de uno de los aldeanos, permite interpretar la comunidad como un sistema en el que cada individuo desempeña una función determinada. Desde esta perspectiva, no resulta difícil identificar a los distintos personajes con las figuras que conforman una colmena: la reina, el zángano, las obreras, etc. Así, la película utiliza esta estructura como una forma de explorar las relaciones de poder, dependencia y pertenencia que se establecen dentro de la comunidad.

Pablo Molinero en Eixam. Foto: A Contracorriente Films

Frente a otros filmes en los que son los personajes quienes huyen, aquí es la propia comunidad la que se encarga de captar a nuevos miembros en función de aquello que pueden aportar. Lluc, por ejemplo, llega para solucionar un problema relacionado con el abastecimiento de agua. En este contexto, marcado por un espacio cerrado y claustrofóbico, la incorporación de este nuevo miembro altera el orden establecido y pone a prueba el equilibrio de la comunidad. Siguiendo un esquema heredado del western, la presencia del forastero despierta las miradas, las complicidades y las fobias del resto de sus habitantes, que proyectan sobre él sus propias expectativas, recelos y conflictos.

La película comienza con una imagen casi bucólica de una comunidad colaborativa y aislada, regida por sus propias leyes y alejada de la tecnología en busca de una vida tranquila. Este universo aparentemente utópico, sin embargo, va adquiriendo poco a poco un cariz más oscuro. A medida que el protagonista conoce el lugar e interactúa con sus habitantes, comienzan a aflorar informaciones inquietantes que cuestionan la aparente armonía de la comunidad y conducen progresivamente la película hacia el terreno del misterio.

El guion, escrito por Joana M. Ortueta y Jorge Juan Martínez, plantea un amplio abanico temático desde el que aborda, casi desde una perspectiva antropológica, la condición humana. Más que reflexionar sobre las razones por las que fracasan las sociedades utópicas que viven al margen de las estructuras establecidas, la película se interesa por analizar las distintas reacciones de los individuos cuando se ven sometidos a situaciones límite y deben anteponer la defensa de la comunidad a sus propios intereses. De este modo, el conflicto no reside únicamente en el funcionamiento de esta sociedad alternativa, sino en la manera en que cada individuo responde cuando el equilibrio de la comunidad se ve amenazado.

La presencia de Alba encarna la defensa férrea del sistema comunitario y de las reglas que lo sustentan. Como garante de la comunidad –es quien se encarga de ofrecer una segunda oportunidad a los desheredados de la sociedad–, su personaje permite abordar la deriva de este modelo cuando comienzan a surgir voces disidentes que cuestionan el orden establecido.

A través de este conflicto, la película plantea una cuestión fundamental: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar, incluso de nuestra propia libertad e individualidad, para formar parte de una comunidad? Una pregunta que el propio Lluc tendrá que afrontar finalmente conforme vaya resolviendo  las piezas del rompecabezas al que se enfrenta.

Óscar Bernàcer, que cuenta en su filmografía con varios documentales como El hombre que embotelló el sol, Los que buscamos, La receta del equilibrio y Here comes the sun, disecciona esta comunidad situando el paisaje no como un mero contenedor de la ficción, sino como un personaje más.

Una imagen de Eixam. Foto: A Contracorriente Films

El director establece así un juego dialéctico entre el entorno y un amplio reparto coral, en el que las miradas y los silencios adquieren un valor especialmente significativo. Para ello, alterna los espacios abiertos del exterior –un paisaje que, paradójicamente, parece encapsular a los protagonistas– con una cámara en mano que acompaña de cerca a los distintos personajes. Esta combinación genera una sensación de inestabilidad y tensión que se va haciendo cada vez más palpable a medida que avanza la película.

Eixam es un cine digno, al que quizá le falta cerrar algunas de las propuestas temáticas que plantea y profundizar en determinados conflictos que quedan abiertos. La película, sin embargo, se beneficia de un estupendo y variado reparto que da vida a un microcosmos en el que cada personaje representa una pieza dentro de esta pequeña sociedad rural. El conjunto consigue transmitir la complejidad de unas relaciones marcadas por la necesidad de pertenencia, la defensa del grupo y las tensiones que surgen cuando el individuo cuestiona las reglas de la comunidad.

Con un tono amargo y sin pretender afianzar una tesis cerrada, la película prefiere dejar en el aire una serie de interrogantes que trascienden el propio relato. ¿Cómo queremos vivir? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad individual en favor del bienestar colectivo? ¿Y qué ocurre cuando las normas que hemos aceptado comienzan a entrar en conflicto con nuestros propios intereses? En este sentido, Eixam plantea una reflexión sobre las distintas formas de convivencia y sobre la dificultad de mantener un equilibrio entre la libertad individual y la libertad colectiva. Quizá su principal virtud resida precisamente en no ofrecer respuestas definitivas y permitir que sea el espectador quien, una vez terminada la película, continúe interrogándose sobre el modelo de sociedad que estamos dispuestos a construir y, sobre todo, sobre aquello que estamos dispuestos a sacrificar para formar parte de ella.

Escribe Luis Tormo

Título: Eixam
Título español: Enjambre
País y año: España, 2026
Duración: 100 minutos
Dirección: Óscar Bernàcer
Guion: Joana M. Ortueta y Jorge Juan Martínez
Fotografía: Víctor Entrecanales
Música: Raquel Sànchez
Reparto: Pablo Molinero, Cristina Fernández, María Maroto, Pablo Derqui, Gloria March, Jordi Aguilar, Marta Belenguer, Abdelatif Hwidar
Productora: Maqueta, Nakamura Films, Corte y Confección
Distribuidora: A Contracorriente Films

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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