Jean-Michel Jarre abre de forma brillante el ciclo de conciertos del FAR València

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El músico francés convierte el recinto de La Marina en una fiesta de la música electrónica

La presencia de Jean-Michel Jarre por primera vez en Valencia, dentro de la programación cada vez más ambiciosa del FAR València, salda una vieja deuda con toda una generación de oyentes que descubrió la música electrónica mucho antes de que existieran etiquetas como techno o ambient. Para muchos, aquellos sonidos de sintetizadores resultaban tan extraños como fascinantes, sin sospechar que aquel músico francés acabaría convirtiéndose en una de las figuras esenciales para comprender la evolución de un género que en la década de los setenta, apenas estaba definiendo su identidad. Junto a pioneros como Kraftwerk, Wendy Carlos, Vangelis, Isao Tomita o Mike Oldfield; Jarre ayudó a construir el vocabulario sonoro del que más tarde beberían buena parte de las corrientes electrónicas contemporáneas.

Nacido en Lyon hace 77 años, Jarre alcanzó la fama internacional en 1976 con Oxygène, un álbum compuesto con los rudimentarios sintetizadores analógicos de la época que tuvo una repercusión inmesa. Aquel disco abrió una etapa creativa que continuó con trabajos como Équinoxe (1978) o Les Chants Magnétiques (1981), obras que combinaron melodías evocadoras con una exploración constante de las posibilidades que ofrecía una tecnología en plena revolución.

Pero si hubo una decisión que terminó de convertirlo en un artista único, aprovechando el éxito mundial de su música,  la transformación de sus conciertos en espectáculos de luz y tecnología en ciudades y lugares únicos. Así nacieron los históricos conciertos en China –que lo convirtieron en uno de los primeros artistas occidentales en actuar en el país tras su apertura–, el espectáculo de Houston con motivo del 25.º aniversario de la NASA, las actuaciones en La Défense de París, los Docklands de Londres, la multitudinaria cita de Moscú con Oxygen o el concierto de fin de milenio frente a las pirámides de Guiza. Más que simples actuaciones, fueron eventos culturales en el que iban cayendo los records de asistencia a los shows musicales.

Jean-Michel Jarre en FAR València. Foto: © Luis Tormo

Desde entonces, el músico francés ha seguido publicando discos y adaptando su sonido a las nuevas herramientas digitales sin renunciar a una identidad artística perfectamente reconocible. Puede que ya no marque tendencia y sus últimas obras sean más desconocidas para el gran público, pero su legado permanece intacto: pocas melodías instrumentales han tenido la capacidad de convertirse en himnos multitudinarios.

Acostumbrado a actuar en grandes espacios donde el público permanece a considerable distancia del escenario, Jean-Michel Jarre encontró en el FAR València un contexto muy distinto. Precisamente por ello, el primer aspecto a destacar es el privilegio, para las más de 4.000 personas que llenaban el aforo de contemplar al músico francés con la cercanía que ofrece este festival, que en su segundo año ha logrado consolidar un recinto más cómodo y con mayor encanto.

Tras una cuenta atrás, Jarre apareció sobre el escenario con unos minutos de retraso deliberado: el artista esperaba a que la oscuridad fuera total para que el despliegue de luces y láseres alcanzara toda su intensidad. El artista se situó tras una imponente batería de sintetizadores y equipos electrónicos, elevados sobre una especie de podio desde el que apenas se movería salvo en contadas ocasiones para dirigirse al público micrófono en mano.

Jean-Michel Jarre en FAR València. Foto: © Luis Tormo

Desde esa atalaya arrancó The Opening, una declaración de intenciones que anticipó lo que sería el concierto: un sonido apabullante, envuelto en un sofisticado juego de luces y reforzado por una gran pantalla central y cuatro paneles verticales laterales. Al terminar el tema, Jarre tomó la palabra para hablar de la influencia de España en su trayectoria. Citó a Dalí, Almodóvar y Rosalía, y confesó su fascinación por esa combinación de tragedia –presente en el flamenco– y alegría de vivir. Cerró su intervención con un efusivo “¡Viva España!”.

De vuelta a los teclados llegó Magnetic Fields Part 1, uno de sus clásicos más reconocibles, antes de enlazar con Sex in the Machine y Oxymore, piezas mucho más recientes que demostraron que el repertorio no iba a limitarse a la nostalgia. Antes de interpretar Oxygène Part 2, Jarre comparó la música electrónica con la cocina y quiso invitar al público a la suya. La cámara mostró entonces, desde su punto de vista, el proceso de manipulación de sintetizadores, samplers y secuenciadores mientras sonaba el tema.

Oxygène Part 2, Arpegiator y Equinoxe 7 devolvieron al público a la época dorada de Jarre, marcada por composiciones construidas mediante la superposición progresiva de capas sonoras. Sin embargo, el concierto evitó convertirse en un mero recopilatorio de éxitos. El francés fue recorriendo distintas etapas de su discografía para mostrar la evolución de su lenguaje electrónico.

Así sonaron The Architect, Zoolookologie, Zero Gravity, Industrial Revolution Part 2 o Herbalizer. A sus 77 años, Jarre se mostró sorprendentemente enérgico: pequeños saltos, gestos exagerados sobre los teclados y constantes llamadas al público para aplaudir o responder a sus preguntas sobre si todo estaba OK. Entre demiurgo tecnológico y DJ de gran formato, condujo el espectáculo hasta transformarlo en una auténtica rave electrónica, con sus inevitables momentos de euforia colectiva.

Jean-Michel Jarre en FAR València. Foto: © Luis Tormo

La recta final elevó todavía más la intensidad. Sonaron Exit, Equinoxe Part 4, Brutalism y una versión bailable de Oxygène Part 4. En medio de esta secuencia, Jarre lanzó un discurso optimista sobre la inteligencia artificial, defendiendo que no es más que una herramienta capaz de ayudar a los creadores. Después llegaron Epica y una espectacular Stardust, con la que abandonó momentáneamente el escenario entre saludos y agradecimientos.

El bis terminó de convertir el FAR València en una gran celebración. Jarre regresó, pidió al público que encendiera las linternas de sus móviles y se hizo un selfie para inmortalizar la noche. De nuevo tras sus teclados, desató la locura con Magnetic Fields 2 y Rendez-Vous 4, cerrando un concierto que combinó memoria, tecnología y espectáculo con la naturalidad de quien lleva décadas definiendo el imaginario de la música electrónica.

La conclusión que deja el concierto de Jean-Michel Jarre es la de un artista que, lejos de vivir instalado en la nostalgia, continúa reivindicando su presente creativo. Con una vitalidad envidiable a sus 77 años, el músico francés combina con naturalidad los grandes éxitos que lo convirtieron en una referencia mundial de la música electrónica con composiciones de etapas más recientes, demostrando que su trayectoria no ha sido una repetición de fórmulas sino que se aprecia una evolución sonora. Sus clásicos conservan intacta esa capacidad para emocionar y sorprender gracias a su carácter atemporal –casi inocente–, mientras que las nuevas piezas encuentran su lugar sin desentonar, perfectamente integradas en un espectáculo concebido como una experiencia global en la que música, imagen, iluminación y tecnología forman un único lenguaje. Más que un ejercicio de nostalgia, Jarre ofreció una demostración de que sigue siendo un tipo inquieto que disfruta encima de un escenario.

Escribe Luis Tormo

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