Una comedia criminal tan gamberra como mordaz
Tras el éxito de la multipremiada La infiltrada, Arantxa Echevarría regresa a la gran pantalla con Cada día nace un listo, una propuesta que no podría situarse más lejos de su anterior trabajo. Si en La infiltrada la directora abordaba una revisión de nuestro pasado reciente a través de una historia real construida bajo los códigos del thriller policiaco –siguiendo a una agente infiltrada en el seno de ETA–, en esta ocasión apuesta por un tono completamente distinto. Cada día nace un listo abandona el clasicismo y la gravedad de aquel relato para sumergirse en un universo disparatado, marcado por el exceso, el humor y una voluntad constante de descolocar al espectador.
Toni Lomas (Hugo Silva) alcanzó la fama cuando participó en un exitoso talentshow pero ahora no tiene donde caerse muerto. Su situación cambia cuando Malena (Dafne Fernández), un amor del pasado, le pone en contacto con Junior (Jaime Olías), el hijo de un rico empresario, para que robe un valioso cuadro de la casa familiar. Para llevar a cabo el golpe, Toni buscará dos aliados: la Mari (Susi Sánchez) y el Gallego (Diego Anido), formando un equipo en el que cada uno persigue sus propios intereses.
Bajo esta enrevesada trama, heredera del film noir francés, se esconde una comedia negra gamberra y mordaz que funciona como un ácido retrato satírico de la sociedad contemporánea. La película combina intriga, humor y crítica social en un relato coral donde la codicia y el desastre terminan convirtiéndose en el verdadero motor de la acción.
En el centro de la historia se encuentra Toni Lomás, un buscavidas de manual profundamente arraigado en la tradición picaresca española. Un antihéroe que parece sacado del universo berlanguiano y que termina siendo un superviviente atrapado en su propia realidad mísera, obligado a encadenar trabajos absurdos y chapuzas de toda clase para subsistir día a día.
Cuando surge la posibilidad de robar un supuesto Caravaggio perdido capaz de sacarlo definitivamente de la miseria, Toni no duda en lanzarse a una aventura delirante. A partir de ese momento, la narración se transforma en un trepidante juego de persecuciones, engaños y personajes excéntricos, donde varias historias aparentemente independientes terminan confluyendo alrededor de la búsqueda del codiciado cuadro.
En torno a Toni Lomas —un apabullante Hugo Silva, completamente entregado a la construcción de su histriónico personaje— se articula una variada galería de figuras secundarias que contribuyen a dotar de profundidad y textura a la película. A través de ellas, la película traza un amplio retrato social que recorre prácticamente todos los estratos de la sociedad, desde los lumpen y marginados que sobreviven en los márgenes del sistema hasta los representantes de las élites económicas y sociales. Cada uno de estos personajes, por breve que sea su aparición, aporta matices que enriquecen el universo narrativo y permiten comprender mejor el contexto.
De esta forma, Cada día nace un listo acaba erigiéndose en una incisiva radiografía de la moral que parece regir buena parte de nuestra sociedad actual, sustentada en la obsesión por el éxito y la prosperidad económica a cualquier precio. La película explora un entorno en el que el aprovechamiento de las oportunidades se convierte en una justificación para transgredir cualquier límite ético, normalizando conductas como el engaño, la estafa o la manipulación de quienes se encuentran en una posición de mayor vulnerabilidad. A través de su protagonista y de los personajes que lo rodean, el filme dibuja un universo donde la picaresca deja de ser una estrategia de supervivencia para convertirse en una forma de ascenso social.
La directora establece además una marcada frontera entre los márgenes de la sociedad y aquellos espacios reservados para quienes ostentan el poder y la riqueza. Sin embargo, este discurso trasciende la mera caracterización de los personajes y encuentra su expresión visual en el uso de las localizaciones. Aunque San Sebastián suele asociarse a una imagen de belleza paisajística, elegancia arquitectónica y prosperidad, la cámara se aleja deliberadamente de sus postales más reconocibles para adentrarse en escenarios menos transitados y más ásperos. La ciudad aparece así retratada desde una perspectiva poco habitual, poniendo el foco en sus rincones periféricos y en aquellos espacios que permanecen ocultos tras la imagen turística y privilegiada que tradicionalmente la define. Esta elección refuerza el conflicto social y dota al filme de una mirada crítica sobre las desigualdades que subyacen bajo la superficie de una aparente armonía.
Lo verdaderamente atrevido de la película no reside tanto en su discurso como en el envoltorio formal que lo sostiene y que termina por reforzar su marcado acento esperpéntico. La puesta en escena adopta un tono casi irreal, deliberadamente exagerado en algunos momentos, que deja al descubierto el humor con el que la propia película se contempla a sí misma. Lejos de buscar una representación estrictamente naturalista, la directora apuesta por el tratamiento formal como un elemento esencial de la trama.
Las angulaciones de cámara, un montaje especialmente dinámico y el constante juego entre planos cerrados y generales contribuyen a generar una energía visual que acompaña el ritmo de la narración. A ello se suma una cámara que persigue de cerca a los personajes más marginales subrayando el carácter excéntrico del universo retratado.
Todos estos recursos revelan el punto de vista que oscila entre la ironía, el absurdo y la caricatura. Salvando todas las distancias, puede encontrarse en esta propuesta una sensibilidad que recuerda tanto al cine de Guy Ritchie como al de los hermanos Coen, especialmente por su capacidad para combinar humor negro, personajes excéntricos y una puesta en escena exagerada.
El principal riesgo de esta elección formal radica en que exige un grado de complicidad por parte del espectador. Arantxa Echevarría apuesta decididamente por el divertimento y por una mirada lúdica sobre los acontecimientos que narra, de modo que quien acepte las reglas del juego desde el inicio asumirá con naturalidad la acumulación de situaciones disparatadas y el tono excesivo que atraviesa la película. En cambio, aquellos espectadores que se aproximen a la obra desde una perspectiva seria o realista la percibirán carente de sentido.
Precisamente por ello, Cada día nace un listo debe entenderse ante todo como una gran sátira. Su eficacia descansa tanto en la convicción con la que abraza el absurdo como en un casting especialmente acertado, capaz de dotar de credibilidad a unos personajes que se mueven constantemente en el límite de la caricatura. Bajo esa apariencia desenfadada, la película articula una crítica mordaz a algunos de los valores dominantes de la sociedad contemporánea, especialmente la obsesión por el éxito económico y el convencimiento de que la riqueza constituye la máxima medida de realización personal.
Escribe Luis Tormo

