Lux ilumina Barcelona
PRE-SHOW
Tras la publicación de Lux el 7 de noviembre de 2025 y el notable impacto mediático que generó –reflejado en críticas entusiastas, la constante presencia de Rosalía en los medios, el éxito en ventas y reproducciones en plataformas digitales, así como la alta demanda de entradas para su gira– surgieron dos grandes incógnitas en torno a sus conciertos.
Por un lado, cómo se trasladaría al directo la compleja fusión sonora que caracteriza a Lux, marcada por la diversidad de registros vocales empleados por Rosalía y el protagonismo de arreglos de cuerda. Por otro, cómo convivirían estas nuevas composiciones con los temas de sus trabajos anteriores, cuya estética y sonido se alejan considerablemente de la propuesta planteada en este último disco.
Las dudas se comenzaron a despejar con la elección de unos pocos recintos por país para los conciertos –aforos cubiertos que dejaban fuera la tentación de una giran en grandes estadios– y un setlist que, con alguna variación, recogía básicamente el nuevo disco acompañado de algunos temas de Motomami y un tema de Los Ángeles, obviando los temas de El mal querer (una decisión curiosa, cuanto menos, pues algunos de sus temas cuadraban con el relato del concierto) y todos los singles de éxito que siguieron a ese disco.
BARCELONA, 18 DE ABRIL DE 2026. PALAU SANT JORDI
Asisto al último concierto de la cantante en Barcelona, celebrado el sábado 18 de abril de 2026 en el Palau Sant Jordi. Se percibe que el público no responde a un perfil único, sino que está compuesto por una mezcolanza de edades. Se reúnen allí seguidores de distintas etapas, personas que se han ido incorporando progresivamente a medida que la artista ha evolucionado en sus propuestas musicales, hasta desembocar en su más reciente trabajo, Lux. Tanto la pista como las gradas aparecen salpicadas de figuras que destacan con claridad en el conjunto: muchas de ellas visten prendas de encaje blanco acompañadas de tocados en la cabeza que reproducen la imagen que la artista emplea en Lux.
Con todo el aforo vendido desde el mismo día que las entradas se pusieron a la venta para la gira mundial, el público espera impaciente el inicio del espectáculo. A mi lado se encuentra una pareja entrada en la treintena. Él le cuenta a ella la estructura de cuatro actos y las canciones iniciales que van a sonar. Y es que el espectáculo, pulido en las primeras fechas, se repite casi de forma idéntica cada noche (salvo la interacción con el público y el sketch del confesionario).
A las 20:45 resuenan los primeros aplausos en Palau Sant Jordi mientras los componentes de la orquesta van saliendo, entre los gritos del público, por un pasillo formado que discurre entre el escenario principal y un segundo escenario situado en la parte delantera de la pista, donde los músicos y la orquesta se acomodan organizados en una disposición en cruz.
El escenario principal está compuesto por dos grandes pantallas en los laterales y una estructura central que recuerda a la parte trasera de un lienzo. Este comienza a abrirse lentamente hacia los lados, revelando en primer plano una gran caja cubierta con una sábana blanca. Mientras suena la introducción al piano de Sexo, violencia y llantas, los bailarines se acercan y proceden a abrirla. Dentro aparece Rosalía, inmóvil, vestida con un tutú de ballet y evocando las figuras de las cajas de música. La escena permanece en suspenso hasta que, finalmente, toma el micrófono y comienza a cantar.
Este arranque funciona como una revelación que da paso al primer acto, centrado en Lux. Suena Reliquia, provocando el atronador karaoke cómplice del público cuando interpreta el verso “Crecí y el descaro lo aprendí / por ahí por Barcelona”. Con Porcelana y Divinize, el estatismo inicial da paso a una serie de coreografías en las que Rosalía parece levitar sobre el escenario, sostenida por los bailarines.
Tras estas canciones, la artista catalana se dirigió al público aprovechando la ocasión para agradecer la presencia de su profesora de ballet en esta gira, Tatiana Yerakhavets. También extiende su reconocimiento a todas las personas que han contribuido a su formación, como Chiqui de la Línea, Yolanda Cortés y José Maya. Este momento de agradecimiento encerró dos ideas clave: por un lado, la importancia de hacer las cosas incluso sin alcanzar la perfección; por otro, la convicción de que el artista nunca deja de aprender. Como ella misma expresó: “Ojalá pueda ser una estudiante siempre”.
El primer acto se cierra con una imagen de gran carga simbólica: Rosalía aparece vestida como una vestal, envuelta en una estética casi ritual que refuerza el carácter solemne del momento. La escena adquiere una intensidad especial cuando interpreta la emocionante –y técnicamente exigente– Mio Cristo piange diamanti, con su rostro, captado en primer plano y proyectado en las grandes pantallas laterales, que revelan unos ojos visiblemente llorosos.
El segundo acto arranca con una sacudida sonora y estética: la versión tecno y contundente de Berghain irrumpe en escena, reinterpretada con una intensidad casi operística. Rosalía aparece rodeada por su cuerpo de baile, cuyos ropajes oscuros, de aire goyesco, construyen una atmósfera dramática y sombría que contrasta con la energía electrónica del tema.
Tras este inicio impactante, el acto se abre hacia un registro más festivo con el universo Motomami como protagonista. Temas como Saoko, La fama y La combi Versace encadenan un tramo vibrante, marcado por un despliegue de coreografías dinámicas y el refuerzo de unos cuidados arreglos de cuerda que aportan riqueza sonora. La celebración da paso, de forma orgánica, a una transición hacia las raíces del mundo flamenco, con las interpretaciones de De madrugá y El redentor, esta última perteneciente a su primer álbum, Los Ángeles.
El tono lúdico regresa con el tercer acto, que se abre con una cover del clásico Can’t Take MyEyes Off You. En esta ocasión, Rosalía aparece enmarcada como si formara parte de un cuadro viviente, situada frente a una suerte de corte de seguidores que refuerza la teatralidad de la escena. La propuesta combina ironía y sofisticación, marcando un cambio de registro respecto al dramatismo anterior.
Este set da paso a la escena del confesionario, proyectada en las pantallas. En esta ocasión, el invitado fue el cantante barcelonés Rojuu, quien, desde su faceta multidisciplinar, compartió una confesión cargada de introspección. Se definió como alguien que “fue una perla”, aludiendo a un pasado marcado por un gran amor que no supo manejar, y, reconociendo haber aprendido de sus errores, dijo que era una “perla redimida”.
El sketch desemboca con la interpretación de la esperada La Perla. La fuerza de su melodía, junto a una letra afilada y emocional, se ve amplificada por una coreografía de gran virtuosismo que transforma a Rosalía en una figura híbrida: a medio camino entre la Venus de Milo y Rita Hayworth. El resultado es una estampa poderosa que combina belleza clásica, magnetismo escénico y una fuerte carga simbólica.
La belleza escénica se prolongó con la interpretación de Sauvignon Blanc. En esta ocasión, Rosalía apareció sentada sobre un piano blanco, en una estampa íntima y contenida, acompañada por el pianista mallorquín Llorenç Barceló. Antes de comenzar, mientras se tomaba una copa, invitó al público a iluminar el recinto con las luces de sus móviles, creando un mar de pequeñas luces. La fragilidad del tema convirtió ese momento en uno de los pasajes más emotivos y delicados del concierto. El tercer acto se cerró con La yugular y su impresionante coda.
Antes del cuarto acto, el espectáculo introduce un intermedio que explota la dualidad de sus dos escenarios. En este tramo, Rosalía abandona el escenario principal para desplazarse al espacio central de la pista, ocupado por la orquesta y completamente rodeado por el público, generando una sensación de cercanía casi inmersiva.
Desde ese “mar de cabezas”, interpretó Dios es un stalker, La rumba del perdón y CUUUUuuuuuute, en un bloque en el que se combina energía, teatralidad (Botafumeiro modernizado incluido) y un juego constante con la proximidad física de la audiencia. El cierre de este interludio llega con un final estruendoso en el que la orquesta adquiere un protagonismo absoluto, elevando la intensidad del momento.
Rosalía afrontó la cuarta y última parte con el desenfreno de las bailables Bizcochito y Despechá, casi más necesarias para el público que para el concepto de la gira, cerrando el concierto con Focu’ranni (que el día anterior había sido publicada en formato digital pues hasta ahora estaba solo disponible en formato físico).
El cierre definitivo llegaría con Magnolias, una canción concebida no para prolongar la emoción hasta el final. En ella, Rosalía aborda la aceptación del final –la muerte–transformándola en un acto de liberación. Se trata de un desenlace íntimo y profundamente simbólico que no solo pone el broche perfecto al disco, sino que se erige, de manera natural, como el final más coherente para la gira Lux.
POSTSHOW
Tras la conclusión del concierto, mientras descendía hacia las calles de Barcelona, entre un público que comentaba con satisfacción la experiencia vivida, la sensación es que las dudas sobre cómo se iba a plasmar el disco en directo quedaban más que resueltas. El protagonismo fue para Lux, sonaron 14 de los 18 temas del disco, y la puesta en escena de estos temas mejora incluso el original al visualizar la intensidad y el dramatismo de cada uno de ellos. Escuchando las canciones en directo se pierde esa aureola religiosa que se destacaba con la publicación del disco para concretarse en un espectáculo pasional, operístico y de clara reivindicación femenina. Además, el subtitulado de las letras (en este caso en catalán) en la parte superior del escenario pone en valor el mensaje de cada canción.
La inclusión de la orquesta equilibra la presencia de una Rosalía, absoluta protagonista del espectáculo tanto por su despliego vocal como por su presencia física. Un show minimalista con la presencia de pocos elementos escénicos (unas escaleras, cajas, el lienzo que se abre y se cierra) pero que incluye un complejo juego de coreografías resaltadas por el vestuario y la iluminación. Un espectáculo concebido para estos recintos medios, cubiertos, y que no tendría sentido albergar en las dimensiones de grandes estadios.
Es cierto que al ser un espectáculo coreografiado al milímetro se pierde cierta espontaneidad, limitada a los momentos de interacción con el público (cuando se dirige al público y conversa directamente o el juego con las pantallas que enfocan a personas del público para que imiten las poses de las obras de arte que van apareciendo).
En definitiva, asistir a un concierto de la gira Lux –más allá de polémicas como los precios y la venta de entradas o las restricciones al fotoperiodismo, cuestiones aún mejorables– confirma el crecimiento artístico de Rosalía. Su apuesta constante por el riesgo se traduce en una propuesta escénica única dentro del panorama musical español actual, tanto por su despliegue vocal como por su capacidad interpretativa y visual.
Esta evolución no es casual, sino el resultado de un proceso coherente que se refleja en cada una de sus giras. Desde sus inicios, acompañada únicamente por la guitarra de Raül Refree en la gira de Los ángeles, pasando por las etapas de El mal querer y Motomami, hasta llegar a Lux, cada espectáculo ha sabido diferenciarse para materializar el concepto propio de cada disco y de cada momento creativo.
Escribe Luis Tormo



