Crítica de Alcarràs

Esta tierra es tu tierra

En Centauros del desierto se repiten a lo largo de la película una serie de escenas que se desarrollan en el pórtico de las casas. El director americano se caracterizaba por un estilo transparente que tendía a esconder la planificación, sin embargo, en estos planos los personajes irrumpen en el cuadro de la escena y se van situando de una forma absolutamente marcada para componer el efecto dramático de una mirada hacia algo que se acerca; ahí Ford hacia visible al espectador de una manera explícita, forzada, casi matemática, la disposición de los personajes.

Transcurrida media hora de Alcarràs, Clara Simón nos muestra –de manera consciente o inconsciente– una escena muy similar a la de Centauros del desierto. Fuera de campo se oye el sonido de unas furgonetas, un plano general nos muestra como llegan tres vehículos blancos, y a continuación en un plano estático vamos viendo como la familia protagonista va entrando en el plano buscando cada uno su posición para no tapar al resto, mirando al horizonte la amenaza que se cierne sobre ellos.

Al final de la película, frente al plano trágico, agresivo, de la excavadora; la directora catalana contrapone un plano con toda la familia perfectamente ordenada que constata como se materializa la amenaza que se ha ido fraguando hasta culminar con la llegada de un nuevo tiempo que se lleva por delante el modo de vida conocido hasta ese momento. Salvando las distancias es una tesis similar a la que planteaba John Ford cuando reflejaba con nostalgia y pesimismo la consciencia de que ya nada será igual.

Foto: Lluís Tudela/Avalon

Y entre esas dos escenas de Alcarràs, que son la irrupción de la amenaza y la constatación final de la tragedia, nos queda la vida, un fragmento de vida. De eso va Alcarràs. De retratar a lo largo de dos horas el modo de vida de una familia, de un pueblo, de una comarca, que durante décadas han vivido de la tierra y ahora ven amenazado su futuro por una serie de factores externos que son incapaces de controlar.

Un desafío que se cierne de una forma sutil. Puede ser a través de un plano con unos vehículos que llegan, unos sonidos fuera de campo, una conversación entre vecinos o unas imágenes de televisión donde vemos la lucha de los agricultores y que en el fondo reflejan la explotación de los grandes distribuidores comerciales o la sustitución de la agricultura por la implantación de nuevas formas de energía –las placas solares que sustituyen los árboles frutales–.

Una forma de vida que Clara Simón retrata desde una falsa objetividad pues aunque se remarque la naturalidad de los actores y actrices no profesionales, una vez interviene un guion, una cámara y un montaje –y aquí lo hace– la mirada de la directora queda patente en este viaje en el que acompaña a los personajes y donde nada está dejado al azar.

Partiendo desde el propio título, la película reivindica su localismo situando geográficamente la trama y el conflicto; pero a la vez consigue que esos personajes reconocibles, anclados a una tierra concreta, tengan una consideración universal que se materializa a través de la globalización de la problemática que persigue a esta familia.

La dificultad para mantener el cooperativismo que frene la comercialización salvaje ahogando el beneficio de los pequeños agricultores, la superación de oficios y tradiciones ligados a la tierra y que afecta a las nuevas generaciones –Quimet prefiere que su hijo dedique más tiempo al estudio que al campo porque sabe de su pesimista futuro– a través de la implacable llegada de nuevas formas de vida que sustituyen –arrancan literalmente – todo aquello que está ligado a la tierra; acabando a su vez con el sentimiento de pertenencia a un lugar.

A lo largo de su metraje, y siempre mostrando elementos que son comprensibles más allá de su localismo, la película nos describe todo el ecosistema que gira en torno a la recolección de los melocotones. Un ecosistema que tiene como pilar fundamental la familia, la familia en sentido amplio. Desde los niños con los que comienza el filme y que son espectadores de una situación que no entienden, pasando por los adolescentes que son testigos del conflicto y que ya comienzan a sufrir las consecuencias, hasta llegar al mundo adulto que refleja la impotencia de quien sabe que la batalla está perdida.

Foto: Lluís Tudela/Avalon

En la visibilidad de lo que son las vidas de sus personajes, Carla Simón apuesta por retratar todo lo que acontece delante la cámara: los trabajos ligados a la recolección de la fruta, la vida cotidiana de los niños, el complicado mundo adolescente, las celebraciones familiares con las comidas, los baños en la piscina, las fiestas populares, la reivindicación laboral, las relaciones del matrimonio o la convivencia entre las distintas generaciones (abuelos, padres, nietos).

Un retrato exento de romanticismo en el que se engrandece la decencia del trabajo de la tierra sin ocultar la dureza y las dificultades; un trabajo que permite sobrevivir a la familia durante años –fruto de un acuerdo de palabra– y que ahora desaparece en virtud de los nuevos tiempos. Una vida que si para los niños es una diversión continua –la significativa primera escena en el que están jugando en un coche abandonado– para los adultos es un esfuerzo continuo en el que se trabaja cualquier día de la semana. La impotencia se refleja en el personaje de Quimet, el cabeza de familia incapaz de resignarse ante el fin de un modo de vida. Un hombre huraño, pendiente de su trabajo a todas horas, que vive los días como una cuenta atrás inevitable y cuyo llanto subraya la tragedia.

Alcarràs es una película insólita en el cine español, superior a su anterior trabajo Verano 1993, que instaura una mirada neorrealista donde el relato acontece delante de la pantalla, convirtiendo sus imágenes en un canto a la tierra y a las personas que viven en ella.

Cuando vuelve a sonar la Canço del pandero durante los títulos de crédito finales, interpretada por la niña protagonista, tenemos la impresión de haber asistido a un fragmento de vida, la sensación de que durante un par de horas hemos formado parte de una realidad que nos toca a todos pues la grandeza es que, con sus diferentes capas narrativas, esta película llega a la inmensa mayoría del público ya que tarde o temprano a todos nos alcanza la percepción de estar asistir al fin de una época.

Escribe Luis Tormo

Título: Alcarràs
País y año: España, 2022
Duración: 120 minutos
Dirección: Carla Simón
Guion: Carla Simón, Arnau Vilaró
Fotografía: Daniela Cajías
Música: Andrea Koch
Reparto: Jordi Pujol Dolcet, Anna Otín, Xenia Roset, Albert Bosch, Ainet Jounou, Josep Abad, Montse Oró, Carles Cabós, Berta Pipó
Productora: Avalon P.C, Elastica Films, Vilaüt Films, Kino Produzioni
Distribuidora: Avalon, Elastica Films

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