Entrevista con Óscar Martínez e Irene Escolar a propósito de «Competencia Oficial»

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El actor Óscar Martínez y la actriz Irene Escolar han presentado en los cines Kinepolis de Valencia la película Competencia oficial, el nuevo trabajo de los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat que se estrena el 25 de febrero. La película está protagonizada por Penélope Cruz, Antonio Banderas y Óscar Martínez, junto a Irene Escolar, Pilar Castro y Manolo Solo. Competencia oficial llega a los cines tras su paso por el Festival de Venecia y el Festival de San Sebastián.

Óscar Martínez, el reconocido actor argentino que inicio su carrera en la década de los 70, ha protagonizado El ciudadano ilustre —por la que ganó el premio Volpi en el Festival de Venecia—, Toc Toc, El cuento de las comadrejas o Vivir dos veces. Irene Escolar, ganadora del premio Goya en 2016 por su papel en Un otoño sin Berlín, desarrolla su trayectoria en cine, teatro y televisión, siendo la protagonista de la serie Dime quién soy.

Con ambos actores mantuvimos una conversación en la que nos hablaron de su experiencia participando en el filme que refleja ese mundo de egos, vanidad e inseguridad del mundo del cine.

Óscar Martínez e Irene Escolar

La película se mueve en el terreno de la realidad y la ficción siguiendo la línea de El ciudadano ilustre. ¿Qué hay de ficción y realidad en Competencia oficial?

Óscar Martínez: Creo que Ernesto Sábato decía que los personajes literarios de diferentes novelas de un mismo autor eran parientes entre sí porque pertenecen al universo creador de una persona. En este caso es cierto, si bien esta película es muy diferente a El ciudadano ilustre, aquella es más una comedia dramática y esto es más una comedia negra.

Lo que hay aquí es un universo al que uno no puede negar que pertenece. Hay ciertas neurosis propias de los actores, por ejemplo, la inseguridad que es una patología universal de los intérpretes, el temor al ridículo, el temor al fracaso, por supuesto cierta dosis de ego como hace falta para escribir una novela o en muchísimas otras profesiones; con la diferencia que en la profesión nuestra el fracaso y el éxito son públicos, en otras profesiones se fracasa y nadie se entera más que uno, pero en ésta hay un coste que es de orden social.

Todo esto que juega alrededor de los actores, si bien está llevado a un extremo grande, forma parte de la identidad actoral. Ahora, una directora como Lola Cuevas [el personaje de Penélope Cruz] yo no la tuve en mi vida, y si la hubiera tenido hubiera renunciado el primer día de rodaje; es alguien que los convoca deliberadamente sabiendo que se detestan, que son personas que no tienen nada que ver entre sí, que se odian, y estimula y manipula esa competitividad entre ellos deliberadamente porque cree que eso va a favorecer para contar la historia. Ella quiere producir esa situación de enfrentamiento personal entre ellos.

Hay un juego de mentira y verdad a lo largo de toda la película y la verdad termina destruyendo a los propios personajes.

Óscar: La verdad que muestra la película tiene que ver con el egoísmo porque cada uno lo que quiere es llevar a cabo su propio proyecto. Con los personajes de los actores igual termina de una forma que hubiera podido terminar de otra, y la directora lo único que le importa es terminar su película, no se apiada tanto del actor que está sufriendo; lo único que quiere es adelantar el rodaje y ver cómo la termina.

Todos se convierten en unos grandes hipócritas porque en definitiva siguen únicamente su propio interés, son tres villanos; si hay algo que caracteriza a un villano es que no se detiene ante nada ni ante nadie ni por ninguna razón para cumplir su propósito, que es satisfacer su propio interés. Eso es un villano y aquí son tres villanos.

El valor de la película también está en que, más allá de estar localizada en el mundo del cine, de lo que habla es de la miseria de la condición humana y esto es algo universal que se entiende en cualquier país.

Oscar: Eso es. Ego y villanos hay en todas las profesiones. La maldad, la crueldad, la competitividad, la envidia, todo eso, no habla de una profesión, habla de la condición humana. Creo que un espectador medianamente inteligente comprende que de eso se trata, que en definitiva importa poco a qué se dedique esta gente, lo que habla es del alma humana cuando hay grandes intereses en juego.

Irene Escolar: Y de la fragilidad también. Hablamos de gente muy frágil, personas muy frágiles en esa búsqueda, con sus egos y sus inseguridades dañados.

Óscar: Por supuesto, no son dioses son personas. Cada uno paga un coste muy alto por llevar adelante sus intereses de una manera desaprensiva.

Otro de los temas que trata la película es el éxito en la profesión. ¿Qué consideráis vosotros que es el éxito en vuestro caso?

Irene: Poder comer y vivir de esta profesión, sin duda alguna.

Óscar: Yo pensaba lo mismo con la edad de Irene. Ahora, con muchos años recorridos con una trayectoria en la que se puede decir que he tenido éxito —aunque hay muchos tipos de éxito: el éxito artístico, el éxito comercial, a veces van juntos, a veces no— pienso que para los intérpretes, lamentablemente, el éxito es indispensable; el que compone música o escribe novelas puede apostar a la posteridad pero el intérprete, no. Debe ser aceptado en el momento que le toca ser aceptado, y hacer papeles de joven cuando es joven o de mujer madura cuando sea más grande o de mujer a los 70 años cuando es una gran actriz, para eso es necesario ser aceptado.

Y esto es algo que en general a nosotros nos crea un gran problema. De cómo manejes eso depende no solo el éxito o el fracaso sino tu propia salud mental, tu vida, tus vínculos con todo el mundo.

El personaje mío en la película es un tipo que está claramente resentido y debe vivir un infierno porque ya no tiene la posibilidad de cambiar su destino y, en realidad, hay algo fundamental que él no comprendió, envidia ese éxito que trata de relativizar que tiene el personaje que interpreta Antonio Banderas.

El éxito a veces también puede ser un impostor como puede serlo el fracaso. Tanto en teatro como en cine hay buenos productos que tienen éxito y buenos productos que no lo tienen; y malos productos que tienen mucho éxito y malos productos que no lo tienen; o sea, que no es la medida de nada.

A veces ese tipo de accidentes acaban con la carrera de alguien. Es bastante dramático porque el fracaso de un artista es trágico. A lo mejor para el profesional de otra actividad puede ser doloroso, puede ser dramático, pero no es trágico; pero en un artista el fracaso es trágico.

Irene ¿cómo has trabajado tu personaje que prácticamente sin texto, en una película de mucho dialogo, tiene que expresar su carácter? ¿Qué indicaciones recibías de los directores?

Irene: Es curioso como ellos que tienen esa concepción plástica tan bestia, sin embargo, luego es muy fácil entrar en su universo. Te dan todas las herramientas y lo preparan todo para que tú llegues, juegues y ya está. Hay algo muy intuitivo en todo eso

Leído en guion el personaje era… nada, había que construirlo porque no se intuía nada. Hablando con ellos, encontrando muchas cosas físicas en relación con el baile, que no es un baile cualquiera, es un baile de alguien que está algo medio triste, medio perdido, hay algo como que el cuerpo pesa…

Sí que es un trabajo que en ese sentido me apetecía mucho hacer porque era construirlo todo sin palabras. Yo estoy muy habituada a trabajar con las palabras y poder hacer algo que solo implicara acciones físicas, porque cada una de las secuencias es algo físico, me parecía muy estimulante, un reto y me ha encantado hacerlo.

Escribe Luis Tormo

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