Crítica de Un mundo normal de Achero Mañas

Singularidad

Ajeno al tiempo estandarizado habitual, el director madrileño escoge con detenimiento aquellos proyectos que lleva adelante y únicamente dirige cuando cuenta con todo aquello que él considera que merece la película.

Ernesto (Ernesto Alterio), un director teatral que atraviesa por un mal momento personal en su vida, recibe la noticia de la muerte de su madre y se enfrenta al reto de cumplir el deseo póstumo de la difunta: que su cuerpo sea arrojado al mar. Un argumento que recuerda lejanamente a referencias que hemos visto tanto en el cine americano (Los tres entierros de Melquiades Estrada) como en el español (Quatretondeta), en donde el reto de cumplir un último deseo desencadena en el protagonista una reflexión sobre la vida.

Asentado en el personaje de Ernesto, una especie de alter ego del director en el que la frontera entre lo biográfico y la ficción se diluye, Achero Mañas elabora un discurso sobre la importancia de la singularidad, sobre la diferencia, recalcando que todas aquellas cosas que nos distinguen de los demás conforman la esencia de nuestro modo de ser.

Foto: Manu Trujillo. DeAPlaneta

Secuestrar el cadáver de su madre para arrojarlo al mar es solamente la punta del iceberg bajo la que se oculta la búsqueda de un modo de vida que tiene que ver con la honestidad de ser fiel a uno mismo. Tras la apariencia de una vida bohemia podemos vislumbrar cómo Ernesto se resiste a formar parte de esa normalidad que le empuja a ser uno más de la industria cultural dirigiendo una serie que él sabe que terminará siendo un producto adocenado y sin calidad.

Una resistencia que se materializa en el enfrentamiento con el hermano pianista, a quien anima a introducir sus propias composiciones musicales en sus conciertos; y también con su propia hija respecto a sus estudios de Derecho que frenan la posibilidad de desarrollar su vena artística.

En la segunda parte de la película, cuando se produce el viaje físico estructurado a partir del modelo de road movie, y por debajo de la capa argumental del traslado del cadáver, es cuando podemos visualizar la existencia de esa dualidad que representan el padre y la hija, aunque los roles estarán cambiados, de tal forma que el padre será el niño grande que se resiste a crecer mientras la hija, a pesar de su juventud, personifica la responsabilidad y la coherencia más propia de un personaje adulto.

De esta confrontación, que no es ajena a este tipo de relatos de carretera, terminará emergiendo un discurso que encarna los valores de la libertad, tanto en el terreno profesional como en el personal. Es una rebeldía que se puede ver en los personajes que el director de El bola ha ido desarrollando en su filmografía, personajes que se niegan a seguir el camino trazado por la mayoría y que apuestan fuerte por aquello en lo que creen.

La presencia de la muerte sobrevuela todo el filme, tanto en la parte en que la madre está viva como tras su muerte (el trabajo de Magüi Mira es maravilloso para dejar el recuerdo a lo largo de todo el filme), tiene un efecto catártico que sacude a Ernesto y, finalmente, a toda la familia, situándolos en el borde del abismo. La determinación del protagonista hace que ya nada sea igual por lo que todos tienen que replantearse de qué lado están. Quizá esa rebeldía de la que hace gala el protagonista ya no sea tan descabellada y en el resto de personajes se va asentando la idea de que hay vida más allá del trazo marcado por la mayoría.

Foto: Manu Trujillo. DeAPlaneta

De esta forma, la muerte se arropa de otras consideraciones, más allá del dolor innato debido a la pérdida de un ser querido, y el filme juega con la comedia y el drama para derivar el tono del filme hacia el melodrama en el que se reflejan las luces y las sombras que un hecho de estas características significa para las personas. Tenemos numerosas situaciones alrededor del traslado del cadáver que provocan la sonrisa y ayudan a mantener ese difícil equilibrio entre la negatividad y el optimismo, contradictoriamente se podría hablar de una muerte vitalista.

Para que la película funcione es necesario que la relación entre el padre y la hija resulte creíble, y ahí Un mundo normal aprovecha el enorme trabajo interpretativo de los dos protagonistas. La larga experiencia como actor de Ernesto Alterio y la admirable novedad de Gala Amyach consiguen, cada uno de una forma, revestir sus personajes de una pátina de fragilidad que los mantiene unidos a pesar de sus diferencias iniciales. Fragilidad que se traduce en las dudas que tienen para llevar adelante su propósito.

Esta relación familiar deja paso también a una reflexión sobre la educación que recibimos, el papel que juegan los progenitores y la importancia de transmitir a las siguientes generaciones no solo los conocimientos sino también los valores que conforman la personalidad. Ernesto es lo que es por su madre y Cloe será de una determinada forma por lo que haya recibido de sus padres.

Un mundo normal es una película sencilla, que en algunos momentos se pierde en subtramas (la investigación policial, el perro), pero en la que el optimismo termina por aflorar a través de un mensaje positivo, quizá utópico, de que en un mundo cada vez más normalizado y globalizado es necesario distinguirse a través de lo singular. La diferencia es aquello que contribuye a marcar la personalidad en cualquier faceta de la vida. La escena final, con todo su simbolismo escénico, contribuye a remarcar ese mundo vitalista al que hay que aspirar desde la fidelidad a uno mismo.

Achero Mañas sigue elaborando, poco a poco, una obra en la que se puede distinguir el sello personal de quien todavía cree en la capacidad del cine para contar historias a través de los personajes.

Escribe Luis Tormo

Artículo publicado originamente en Encadenados

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