Crítica de El Olivo

En 1975 Raimon componía uno de sus temas más emblemáticos, Jo vinc d’un silenci, canción entre cuyas estrofas se encontraba la frase “qui perd els orígens, perd identidad” (quien pierde los orígenes pierde identidad). Esta frase del cantautor nacido en Xàtiva sirve para describir la esencia que destila El Olivo, el último trabajo de Icíar Bollaín.

Una de las consecuencias de la crisis económica que estamos pasando ha sido el terrible golpetazo que ha hecho despertar a una gran mayoría de gente de la ensoñación de unos tiempos donde parecía que el enriquecimiento estaba al alcance de la mano. En ese despertar, la amargura se refleja en la sensación de que en unos años se perdió aquello que nos ataba a la realidad para darnos cuenta de que el país, sus gentes, una generación estaba hipotecada.

La película tiene su origen en un recorte de prensa que Paul Laberty, guionista del filme, encontró sobre la venta de un olivo milenario con destino a un país del norte de Europa. Sobre esa historia real se construye una ficción que entrelaza, por un lado, la relación entre un abuelo y su nieta; y por otro lado, las consecuencias de la crisis y cómo esta crisis afecta a toda la familia.

El deterioro cognitivo del abuelo (deja de hablar, no quiere comer, se desorienta) que su nieta, Alma, asocia a la tristeza por la pérdida del olivo milenario trae al presente la antigua venta de un emblemático olivo, en los años del boom económico, que sirvió para poner en marcha los negocios que debían sostener la economía de la familia. Alma, muy unida a su abuelo desde niña, intentará por todos los medios poner remedio a esta situación frente a la desconfianza de su propia familia.

En el guión de Laberty, ese olivo milenario, expoliado por una cantidad de dinero que permitiera a esa familia del interior de Castellón hacer real el cuento de la lechera, se convierte en la metáfora de cómo una generación puede echar por la borda un patrimonio que tiene que ver con los orígenes de una sociedad. El tronco enroscado que permanece desde la época de los romanos, con sus raíces que lo unen a la tierra, es el símbolo del pasado, de la historia de una sociedad. Un árbol que Bollaín destaca en muchas ocasiones desenfocando el rostro en primer plano del abuelo para mostrar el olivo al fondo, enfocado, convertido en protagonista.

Mientras la generación más mayor, el padre y el tío, asume la situación pesimista que les rodea, ahogándose en la realidad; el personaje de Alma se resiste enfrentándose a todo lo que le rodea. Su aspecto físico, su fuerte carácter, su vocabulario insultante, su actitud nihilista, representan la impotencia y la rabia  de quien no entiende lo que está pasando a su alrededor. Es por ello que, con la esperanza de obtener una mejoría en el estado de salud de su abuelo, se lanza a un viaje inverosímil, quijotesco,  para recuperar el elemento identificativo de su pasado, ese olivo que se encuentra en una multinacional en Düsseldorf.

La parte estricta de road movie, planteada casi más como un viaje onírico que real, es el momento en que los personajes se asoman al abismo. Alma tomará conciencia de la verdadera situación arrastrando al resto de personajes a  asumir la triste realidad, ella misma incluida. Las conversaciones durante el trayecto, la llegada a la ciudad alemana o el apoyo de los jóvenes de la población contra la multinacional son actuaciones que en el fondo se saben estériles. Gestos estériles pero necesarios para negociar la rebeldía que la ha acompañado durante años.

Para Alma, ese viaje es una manera de cerrar el círculo que se había abierto cuando era una niña y el olivo fue arrancado de la tierra de su familia. La escena de ella, escapando del control de sus padres y subiéndose a las ramas del olivo para impedir su traslado, relatada en uno de los flashbacks, y del que únicamente se bajará cuando su abuelo acuda para rescatarla y consolarla entre sus brazos, vuelve a repetirse ahora en Düsseldorf. Cuando las fuerzas de seguridad alemanas entran para desalojar la manifestación en el vestíbulo de la multinacional, la única posibilidad para Alma es correr hacia el árbol y enredarse en sus ramas, de las que bajará también, en cierto modo, gracias a su abuelo.

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En ese abrir y cerrar el círculo, la película funciona como un cuento. Desde la faz monstruosa que dibuja el tronco del olivo y que asusta a la niña pequeña hasta la división de personajes entre buenos (Alma, el abuelo, el compañero de trabajo, su tío) y malos (ese padre que piensa únicamente en el dinero, los extranjeros que compran el árbol), asistimos a una narración con moraleja en la que se muestran los efectos de la crisis como ese restaurante junto a la playa que tenía que ser un negocio boyante y termina siendo un lugar desértico, abandonado; o esa mansión con piscina, paradigma del modo de vida asociado al triunfo, representación de la sociedad de la burbuja económica.

Con el regreso a casa, y tras el fracaso anunciado de su misión, en el que Alma pierde todo aquello por lo que ha luchado, tan solo queda plantar la rama del olivo arrancada y pensar que las siguientes generaciones sean capaces de no dejarse engañar.

Película militante, tan cercana como imperfecta, tan efectiva como irregular, con elementos excesivamente remarcados como el simbolismo de la estatua de la libertad o el personaje del padre condenado por el guión sin ningún tipo de defensa; que se combinan con escenas conmovedoras como aquellas donde Alma se desboca hablando con sinceridad o el personaje de Alcachofa (una creación asociada a la capacidad actoral de Javier Gutiérrez) cuando relata cómo fueron engañados, cómo se dejaron engañar; al final nos encontramos ante una tragicomedia, un filme que no puede ser entendido desde un punto de vista realista sino que debe abordarse desde la representación metafórica, simbólica.

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El tono del filme requiere un reparto capaz de mimetizar ese espíritu tragicómico. En este sentido, la combinación entre el amateurismo de Manuel Cucala como el abuelo; la sobriedad de Pep Ambròs encarnando a Rafa, el compañero de trabajo de la protagonista; y por supuesto, la incontinencia verbal y física de Anna Castillo y Javier Gutiérrez, capaces de hacer creíbles las escenas.

Si en su anterior trabajo, el documental En tierra extraña, Icíar Bollaín reflexionaba sobre la emigración en Edimburgo, recogiendo testimonios de parte de ese exilio forzado por la lamentable situación económica, ahora, desde el terreno de la ficción, partiendo de una localización muy significativa (el interior de la provincia de Castellón) y unido a la simbología del olivo (los orígenes, las raíces), desarrolla un relato tan pesimista con el presente como esperanzador con el futuro.

Escribe Luis Tormo 

Crítica publicada originalmente en Encadenados

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