Crítica de El ser querido

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Una mirada sobre la ausencia

La nueva película de Rodrigo Sorogoyen comienza con una secuencia de casi 20 minutos: una conversación entre un padre y una hija que no se han visto en 13 años. Esteban (Javier Bardem), un reconocido director de cine, quiere ofrecerle a Emilia (Vicky Luengo), su hija, el papel protagonista femenino de su próxima película. Emilia es actriz de películas y series pero actualmente trabaja en un bar mientras se presenta a castings. Desde el principio, la conversación se desarrolla bajo una cierta incomodidad, disimulada tras las buenas formas, las maneras educadas y las sonrisas forzadas. Sin embargo, la planificación, basada principalmente en el plano-contraplano, deja entrever una tensión interna que revela la dolorosa herida que existe entre ambos.

Esa falsa cordialidad comienza a resquebrajarse cuando aparecen los recuerdos, que cada uno reconstruye desde una perspectiva diferente. Poco a poco, la capa de cortesía que sostiene la conversación se desprende y deja al descubierto la verdadera naturaleza de su relación. La secuencia finaliza con un plano que funde a negro, dando paso al título de la película, que aparece sobreimpresionado en ese mismo plano.

De esta forma, el director de As Bestas explicita la importancia de este comienzo: en él se encuentran ya los elementos esenciales de lo que veremos a continuación. Un filme sobre el dolor de la ausencia y la dificultad de pedir perdón; sobre cómo un mismo acontecimiento puede ser recordado, interpretado o incluso reconstruido desde puntos de vista diferentes. Todo ello se articula en torno a la creación cinematográfica, en un juego entre ficción y realidad que convierte la propia película en una reflexión sobre la memoria y el perdón.

Javier Bardem y Vicky Luengo en El ser querido. Foto: A Contracorriente Films

El ambiente del rodaje, alejado de la cotidianidad y marcado por la convivencia entre personas diversas, la tensión del trabajo, los momentos de pausa, el cansancio diario y las noches en habitaciones de hotel, se convierte en el espacio propicio para que director y actriz, padre e hija, retomen un contacto interrumpido en el pasado. La distancia, la causa y las consecuencias que los separaron –problemas de alcoholismo, el alejamiento y la creación de una nueva familia para Esteban– encuentran así, en el contexto excepcional del rodaje, un contenedor tan eficaz como proclive al enfrentamiento.

En esta exposición de la intimidad que implica el propio rodaje, Sorogoyen –con un guion coescrito junto a Isabel Peña– opta por la introspección a través de la mirada de sus personajes. Como ya quedaba planteado en la secuencia inicial, padre e hija se observan continuamente. Emilia observa como Esteban se desenvuelve en el rodaje (con cierta admiración) y Esteban, en segundo plano, observa como Emilia cuenta una anécdota a unos compañeros descubriendo cosas desconocidas de su hija.

Aunque ese contacto no es fácil porque sabemos que los problemas están por resolver. Es especialmente esclarecedora la escena nocturna en la que Esteban observa a Emilia desde lejos, desde la terraza de la habitación de su hija, y decide llamarla por teléfono. El gesto condensa buena parte de la relación entre ambos: existe un deseo evidente de recuperar el contacto, pero este se establece desde la distancia, como si la proximidad física no fuera todavía suficiente para superar la separación emocional que los mantiene alejados.

De esta forma, El ser querido se plantea como el relato de un descubrimiento. Padre e hija apenas se conocen y viven aferrados a sus propios recuerdos, con una clara diferencia entre las versiones que cada uno conserva del pasado. Lo que vemos, por tanto, es la reconstrucción de una relación perdida, torpedeada no solo por las heridas del pasado, sino también por los errores que ambos siguen cometiendo en el presente. La película también plantea aquí la diferencia entre el personaje público (el admirado director al que en la comida en el restaurante le piden hacerse una foto con él) y la persona que en su ámbito laboral o privado puede comportarse como un ser despreciable.

En el caso de Esteban, el pasado se nos revela precisamente a través de su forma de actuar en el presente. Javier Bardem construye un personaje amable y cordial en la superficie, pero cuya actitud cambia cuando alguien le lleva la contraria o cuestiona su comportamiento. Las conversaciones con Emilia hacen aflorar progresivamente aquello que ella recuerda y que él parece querer mantener oculto. Esta tensión alcanza su punto culminante durante la dura escena del rodaje de la escena del cocido, cuando Esteban deja finalmente al descubierto su verdadero carácter y confirma, a través de sus actos, aquello que Emilia lleva tiempo intentando comprender de su padre.

El ser querido, además de ser una historia de redención y de reconocimiento de los errores cometidos, es también una película de autor, una película de director. La cámara de Sorogoyen no es invisible. Para bien –y no tan bien–, la mirada, tan importante para sus personajes, queda explícita en la propia mirada del director con el uso de los recursos del lenguaje cinematográfico puestos al servicio de la historia. No se limita, por tanto, a trasladar el guion a la pantalla, sino que encuentra en la puesta en escena una forma de profundizar en el drama de los personajes.

Vicky Luengo y Javier Bardem en El ser querido. Foto: A Contracorriente Films

El juego con los primeros planos durante las conversaciones, la atención a determinados gestos –como la mano de Esteban por la espalda de Emilia en señal de aprobación–, el uso de diferentes formatos de imagen o el trabajo con el sonido son algunos de los recursos con los que Sorogoyen construye esa mirada. En este último caso, resulta especialmente significativo cómo los distintos sonidos pueden llegar a imponerse sobre las voces, o cómo la banda sonora de la película que están rodando se integra en la propia historia y termina desdibujando las fronteras entre ficción y realidad. Como decíamos antes, son decisiones formales que contribuyen a expresar aquello que los personajes no siempre son capaces de decir con palabras.

Todo ello termina configurando un cierto caos estilístico que, en buena medida, refuerza el estado mental inestable de los personajes y la confusión de sus sentimientos. Sin embargo, en este totum revolutum Sorogoyen se excede en ocasiones. El uso de fragmentos en blanco y negro o la reiteración de determinadas escenas terminan resultando redundantes y evidencian decisiones formales que, quizá, hubieran necesitado una mayor depuración durante la fase de montaje.

Pero en conjunto se trasluce la emoción. Y a esa emoción contribuyen, por supuesto, las enormes actuaciones de Javier Bardem y Vicky Luengo, que encarnan a unos personajes capaces de pasar de la amabilidad a la irritabilidad en una misma escena y de exteriorizar el dolor que ambos llevan dentro. Un dolor que nace de una relación marcada por la ausencia, los recuerdos enfrentados y los errores del pasado, pero que el reencuentro en el rodaje les brinda, al menos, la oportunidad de conocerse, aun sobre la base de ese dolor. Un padre y una hija que buscan conocerse, reencontrarse, reconstruirse su relación sobre las heridas del pasado. Una mirada sobre la paternidad ausente.

Y, para concluir, lo que no se puede negar a Rodrigo Sorogoyen es su apuesta por el riesgo, por contar historias evitando el adocenamiento y por el sello autoral que imprime en sus trabajos. En El ser querido, esa voluntad se hace visible en una puesta en escena que no teme mostrar sus costuras y que convierte la mirada, el sonido y la propia construcción cinematográfica en parte esencial del relato. Una propuesta que puede incurrir en algún exceso, pero que confirma a un director dispuesto a experimentar con las formas cinematográficas sin renunciar a su manera de entender y contar las historias.

Escribe Luis Tormo

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