Deseo cumplido
Cuántos sinsabores y cuántas situaciones de arrepentimiento podríamos evitar si fuéramos capaces de expresar con naturalidad un simple «me gustas» o «te quiero». Sin embargo, verbalizar estos sentimientos sigue siendo una de las tareas más difíciles para muchas personas. Pronunciar esas palabras implica exponerse a la vulnerabilidad, enfrentarse a la posibilidad del rechazo y asumir el riesgo de cambiar para siempre la relación con la otra persona. Precisamente por ello, la dificultad para expresar un sentimiento que puede dar lugar al inicio de una relación o, por el contrario, cerrar definitivamente esa posibilidad, es una experiencia tan común como universal.
Esta es la premisa de la que parte Obsession (Curry Barker, 2025). Bear (Michael Johnston) lleva años enamorado de su mejor amiga, Nikki (Inde Navarrette), sin reunir el valor suficiente para confesarle sus sentimientos. Sin embargo, gracias a un recurso propio del cine fantástico –un extraño objeto capaz de conceder un único deseo a quien lo posee–, tendrá por fin la oportunidad de hacer realidad aquello que siempre ha anhelado: que Nikki se enamore perdidamente de él.
Barker –responsable del guion, la dirección y el montaje– recurre a los códigos del cine de terror para articular un relato cuyo verdadero interés reside menos en lo fantástico que en el drama íntimo. El género funciona como un dispositivo expresivo antes que como un fin en sí mismo: un marco desde el que explorar el deseo y la dependencia emocional.
Inscrita en la tradición de aquellos relatos que advierten sobre las consecuencias de ver cumplidos los propios deseos, Obsession amplía esa premisa hasta convertirla en una reflexión sobre las relaciones sentimentales contemporáneas. La película aborda cuestiones como la toxicidad de los vínculos afectivos, la erosión del amor romántico, las dinámicas de abuso y la figura del consentimiento, integrándolas en un discurso que dialoga con las inquietudes de una sensibilidad generacional específica. Más que instrumentalizar estos temas como mero comentario de actualidad, Barker los incorpora a la propia lógica del relato, conviviendo con los elementos característicos del género de terror.
Con una factura artesanal derivada de un presupuesto reducido, que el propio Baker reconoce como un estímulo para potenciar la creatividad, la película desarrolla una propuesta visual orientada a construir un ambiente asfixiante e incómodo. En lugar de recurrir constantemente a la violencia explícita, esta queda reservada para momentos muy concretos del tramo final, de manera que la tensión se sostiene principalmente mediante la atmósfera y la sensación de inquietud (un jarrón de flores, la terrorífica sugerencia de un plato cocinado). Lo que, en un principio, podría haber supuesto una limitación importante para la producción termina convirtiéndose en uno de sus principales aciertos estéticos.
La escasez de recursos favorece una puesta en escena marcada por la austeridad. La limitación de localizaciones, una fotografía de escasa definición que mantiene con frecuencia a los personajes envueltos en la penumbra y un reparto integrado por intérpretes poco conocidos contribuyen a reforzar la sensación de incertidumbre. Estos elementos no solo responden a condicionantes económicos, sino que se integran de manera coherente en la construcción del universo narrativo y potencian el carácter opresivo del relato.
Asimismo, Obsession evita apoyarse en el susto fácil o en los sobresaltos propios del cine de terror más convencional. En su lugar, genera la tensión mediante la acumulación progresiva de situaciones perturbadoras: los planos fijos de Nikki permaneciendo inmóvil en una estancia, sus gritos y risas inesperadas o las expresiones de desconcierto de Bear ante el comportamiento imprevisible de su amada. Esta estrategia permite que la inquietud crezca de forma sostenida, manteniendo al espectador en un estado de incertidumbre constante.
Aunque la película no renuncia a varias de las convenciones del género fantástico, con reminiscencias del cine ochentero, como la creación de un clima permanente de suspense, el temor por el destino de los protagonistas, la combinación de violencia psicológica y física y el aprovechamiento dramático de los espacios nocturnos –habitaciones oscuras, zonas en penumbra y escenarios de visibilidad reducida–; con todo, lo más interesante de la opera prima de Curry Barker es el drama interior que emerge por debajo de esa estructura de género.

El personaje de Bear encarna la ambigüedad moral necesaria para sostener un arco evolutivo significativo. Su recorrido parte de una aparente inocencia –el anhelo casi adolescente de ser amado por la chica de sus sueños– para adentrarse progresivamente en un territorio mucho más oscuro, donde el deseo termina imponiéndose sobre cualquier consideración ética. A medida que la historia avanza, Bear es plenamente consciente del dominio que ejerce sobre Nikki y de la anulación de su voluntad, aceptando esa perversión del afecto como el único medio para satisfacer su deseo.
Su contrapunto es Nikki, con una interpretación sobresaliente de Inde Navarrette, cuya actuación se mueve constantemente entre la fragilidad y la fuerza. La actriz logra que el personaje destile, al mismo tiempo, inocencia y maldad, convirtiéndola en la representación involuntaria de un amor enfermizo, incapaz de distinguir entre el afecto genuino y la posesión absoluta. Su presencia en pantalla resulta perturbadora y contribuye decisivamente a que la relación entre ambos protagonistas nunca pueda reducirse a una simple dicotomía entre víctima y verdugo.
Como toda buena película de terror –y Obsession lo es–, el género acaba funcionando como un espejo deformante de la realidad contemporánea. Bajo su superficie de horror psicológico, la película traza el retrato de una generación cuya concepción del amor y de las relaciones afectivas parece cada vez más contaminada por la dependencia emocional, la obsesión y la necesidad de control. En ese sentido, Obsession se revela como una mirada mordaz a la toxicidad que impregna buena parte de los vínculos sentimentales actuales.
Lo más interesante es que la película evita cualquier tentación moralizante. No dicta sentencia sobre sus personajes ni ofrece respuestas reconfortantes; prefiere exponer sus contradicciones.
Escribe Luis Tormo
Título: Obsession
País y año: EE.UU, 2025
Duración: 108 minutos
Dirección: Curry Barker
Guion: Curry Barker
Fotografía: Taylor Clemons
Música: Rock Burwell
Reparto: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless
Productora: Capstone Studios, Tea Shop & Film Company, Under the Shell
Distribuidora: Universal Pictures International Spain

