Crítica de Backrooms

El espacio como pesadilla

Ver las películas en un cine no es solo el modo natural de degustar el arte cinematográfico, también contribuye a generar una sensación que en muchos casos modula, aporta información y completa la percepción de la experiencia cinematográfica. Y en el género de la comedia o el cine de terror, el hecho de compartir la experiencia con el resto de espectadores, es un efecto que se percibe claramente.

Acudo al cine para ver Backrooms, la ópera prima de Kane Parsons. La sala está ocupada mayoritariamente por adolescentes y jóvenes armados con las consabidas palomitas. Durante los tráileres y la publicidad, el murmullo constante y las conversaciones cruzadas hacen presagiar una proyección poco apacible. Sin embargo, en cuanto las luces se apagan se impone el silencio.

No deja de resultar llamativo, pues Backrooms dista mucho de ser una película de terror convencional. Su narrativa rehúye los mecanismos habituales del género y exige del espectador una atención poco frecuente en el cine de terror. Quizá por ello sorprende aún más que al finalizar la proyección lejos de producirse la habitual desbandada durante los títulos de crédito, gran parte del público permanece en sus butacas, comentando lo que acaba de ver y tratando de dar sentido al filme.

Quizá la pertenencia a una misma generación explique por qué el público joven percibe las imágenes de Backrooms como algo especialmente cercano. Kane Parsons alcanzó notoriedad en 2022 gracias a The Backrooms (Found Footage), un video publicado en YouTube que se convirtió en un fenómeno viral. La pieza se inspiraba en una leyenda urbana surgida en internet en 2019, cuando en un foro se difundió la fotografía de una oficina vacía de paredes amarillas que dio origen al imaginario de los llamados espacios liminales: lugares de transición, solitarios y laberínticos que producen una inquietante sensación de extrañeza. A partir de esa premisa, Parsons desarrolló una serie web compuesta por una veintena de episodios ambientados en este universo, donde una agencia gubernamental se dedicaba a investigar los extraños sucesos relacionados con estos espacios.

Renate Reinsve en Backrooms. Foto: Elastica films

El éxito de la serie no pasó desapercibido y acabó atrayendo la atención de A24 (en la producción hay nombres significativos como James Wan y Osgood Perkins). Con un guion de Will Soodik, Kane Parsons da el salto al largometraje con una propuesta atípica, alejada de los códigos más reconocibles del cine de terror contemporáneo. Más que apoyarse en sobresaltos, Backrooms centra su fuerza en la construcción de una atmósfera opresiva y profundamente inquietante, capaz de generar desasosiego a partir de espacios aparentemente anodinos.

La película se abre como un drama centrado en Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto que, debido a las circunstancias, trabaja como vendedor en una tienda de muebles. Su vida atraviesa un momento complicado: el negocio no marcha bien y recientemente se ha separado de su esposa. En medio de esta crisis personal, Clark asiste a sesiones de terapia con Mary (Renate Reinsve), la psicóloga que lo acompaña en el proceso de afrontar su ansiedad y recuperar su estabilidad emocional.

Parsons recurre a los grandes angulares y a una cuidada profundidad de campo para sugerir desde el inicio que algo no encaja del todo en la realidad que habitan los personajes. Un prólogo filmado desde una cámara subjetiva ya ha sembrado la inquietud anticipando que bajo la aparente normalidad se oculta algo perturbador. La película adopta un tono hermético, donde las miradas, los silencios y la actitud de los personajes comunican mucho más que los propios diálogos. Sin embargo, todo cambia cuando Clark descubre una noche que puede atravesar una pared. Al otro lado se extiende un inquietante mundo paralelo, un laberinto interminable de oficinas y estancias que parece desafiar toda lógica espacial.

A partir de ese momento, Clark emprende la búsqueda de una explicación racional a los acontecimientos que le rodean, apoyado por Mary, un personaje cuya historia se va revelando mediante flashbacks que sugieren un trauma infantil vinculado a la enfermedad mental de su madre. Entre ambos se articula un constante diálogo entre la realidad y un inquietante submundo que desafía toda lógica. Lejos de construir una trama orientada a ofrecer respuestas claras, la película apuesta por la creación de una atmósfera profundamente opresiva. Los espacios infinitos y desolados, la ausencia de vida, las sombras amenazantes y las voces conforman un universo perturbador que desplaza el terror del plano físico al psicológico, generando la sensación de inquietud.

Chiwetel Ejiofor en Backrooms. Foto: Elastica films

Aunque su director afirma que la inspiración procede menos del cine que de los videojuegos y los fenómenos virales de internet, en la película pueden rastrearse numerosas influencias cinematográficas, especialmente de aquellas obras en las que el espacio adquiere un papel protagonista como generador de tensión y angustia. Por su uso de la cámara subjetiva y de una estética cercana al documental, las referencias más evidentes remiten a El proyecto de la Bruja de Blair e incluso a REC. Sin embargo, también pueden encontrarse ecos de El resplandor, Cube o del universo de David Lynch. De este último toma, sobre todo, la capacidad para construir una atmósfera inquietante que trasciende la lógica argumental y se impone como una experiencia sensorial por sí misma.

En este sentido, Backrooms admite múltiples niveles de lectura. Por un lado, puede entenderse como un relato sobre la salud mental, en el que los espacios liminales funcionan como metáforas de la psique humana. Desde esta perspectiva, la historia se articula en torno a dos personajes que intentan enfrentarse a sus propios traumas y sanar heridas emocionales que condicionan su relación con el mundo.

Por otro lado, también plantea la coexistencia de dos realidades: la superficie de lo cotidiano y aquello que permanece oculto bajo ella, una dualidad que convierte los espacios del filme en una representación de los límites difusos entre lo visible y lo invisible, entre lo conocido y lo desconocido.

Pero la película permite que cada espectador encuentre su propio asidero discursivo desde el que aproximarse a la propuesta. Sin embargo, la opera prima de Parsons alcanza su mayor potencia –y también su capacidad para generar angustia– cuando se abandona la necesidad de encontrar respuestas inmediatas y nos dejamos arrastrar por el flujo de sus imágenes.

La sucesión constante de espacios interminables y conectados entre sí, cercana a la lógica del desplazamiento vertical de redes sociales como TikTok, produce una sensación de fascinación y desorientación simultáneas. Mientras tanto, los dos protagonistas avanzan tratando de comprender qué está ocurriendo a su alrededor y cuál es el significado último de aquello que experimentan.

En definitiva, la verdadera fuerza de Backrooms reside precisamente en esa tensión entre la búsqueda de sentido y la imposibilidad de alcanzarlo por completo, convirtiendo la incertidumbre en la clave de la experiencia cinematográfica.

Escribe Luis Tormo

Título: Backrooms
País y año: EE.UU, 2026
Duración: 110 minutos
Dirección: Kane Parsons
Guion: Will Soodik
Fotografía: Jeremy Cox
Música: Edo Van Breemen, Kane Parsons
Reparto: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett, Lukita Maxwell
Productora: A24
Distribuidora: Elastica Films

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