Fábula inocente y cruel
Anora ganó la Palma de Oro en la pasada edición del festival de cine de Cannes celebrado en mayo de 2024. Un hecho que situó en primer plano la trayectoria de Sean Baker, uno de los directores de cine independiente más interesantes de los últimos años, con una decena de largometrajes en el que ha ido construyendo un universo creativo basado en una serie de personajes que se escapan de la imagen estandarizada del american way of life.
Dentro de esa filmografía asentada en el cine independiente, con películas de presupuesto reducido, el director estadounidense ha ido dando pasos para afianzar su carrera acercándose a la industria cinematográfica. Desde Tangerine, una película rodada con dispositivos móviles, pasando por The Florida Project, que contaba en su reparto con Williem Dafoe, o Red Rocket, que tuvo una distribución más allá de los circuitos independientes, su cine ha ido ganando en visibilidad sin perder un ápice de ese espíritu indie -Baker escribe, dirige, produce y edita sus largometrajes-.
Anora, el filme con mayor presupuesto de los realizados hasta ahora por Baker, sigue los parámetros de su cine en cuanto a la presentación de personajes marginales que sobreviven en un sistema que tiende a orillar a todo aquel que permanece al margen de la sociedad capitalista imperante. Para efectuar esta denuncia, Baker utiliza un abanico de personajes asociados a la explotación sexual –uno de los personajes de Starlet era una actriz porno, Tangerine estaba protagonizada por dos prostitutas transexuales, en The Florida Project la madre sobrevivía gracias a la prostitución y Red Rocket se centraba en el retorno de un ex actor porno a su ciudad natal– como forma de mostrar las contradicciones sociales y económicas del sistema.
En Anora, Ani (Mikey Madison) es una bailarina que trabaja en un club haciendo lap dance, y ocasionalmente, también ejerce la prostitución. Fruto de su actividad laboral conoce a Ivan (Mark Eydelshteyn), el hijo de un oligarca ruso, que termina encaprichándose de ella. Ivan le ofrece 10.000 dólares para que sea su novia durante una semana –con cita incluida al célebre dialogo de Pretty Woman– y a partir de ahí se desencadena una semana vertiginosa. Ivan deslumbra a Ani con una vida donde el derroche, la fiesta, el sexo y las drogas están presentes a diario; junto a un grupo de amigos terminarán viajando al epicentro del divertimento estadounidense, Las Vegas. En ese mundo bizarro, de imitación, con luces de neón, los jóvenes se casan, cerrando un primer acto en el que Baker ha ido dejando señales que esta imagen del sueño romántico, que hunde sus raíces en el cuento de La Cenicienta, tiene mucho de virtual y poco de real (Ani desea ir de luna de miel a Disneyland para sentirse como una princesa).
El filme se estructura a través de tres actos muy marcados, casi independientes, que funcionan como un puzle que termina encajando todas las piezas. De esta forma, la irrupción de Toros (Karren Karagulian) y sus esbirros, siguiendo instrucciones de los padres de Ivan, para invalidar el matrimonio, supone una cesura que introduce una larga parte entre el thriller, con la presencia de Toros en el domicilio de Ivan (en una larga secuencia rodada en tiempo real), y la comedia slapstick, con unos matones de poca monta en busca del joven ruso, para construir un discurso sobre la alienación capitalista donde todo está supeditado al poder del dinero.
Para Baker la parte del asalto a la casa es fundamental –de hecho el personaje encarnado por su actor fetiche es el embrión de la película– y entronca con una especie de road movie (como lo era también Tangerine) en la que el uso de las localizaciones en exteriores en Nueva York, con el rodaje en 35 milímetros y objetivos anamórficos, constituye un homenaje al cine de los 70, pero barnizado por un tono satírico que termina derivando en un ambiente de pesadilla que va dejando entrever la fisura del amor romántico que se diluye por una serie de intereses que atan a todos los personajes.
La cámara sigue a los personajes en su recorrido por una serie de lugares sórdidos alejados de la idea de princesa de cuento en la que había caído Ani fruto del deslumbramiento y del brillo que desprendía Ivan. Un discurso encubierto bajo el disfraz cómico pero que va mostrando la crudeza, sin juzgar a los personajes, de una sociedad mediatizada por la posesión de la riqueza.
El tramo final profundiza en la diferencia social, en la lucha de clases y la disyuntiva provocada entre la aceptación del sistema y la necesidad de mantener la dignidad. Sin perder el toque cómico ni su ritmo frenético, Anora va derivando hacia un pesimismo –presente en toda la filmografía de Baker– que se materializa en una maravillosa escena final en la que Ani toma conciencia de que el amor no es capaz de vencer los obstáculos de una sociedad desequilibrada económicamente donde el poder se impone, a través de la hipocresía social aceptada mayoritariamente por todos los personajes. La representación del sexo en el coche, lloviendo, con el único personaje que parece entenderla, ya no es como habíamos visto al principio (con el lujo y las luces brillantes); ahora es el momento de despertar de la ensoñación, de volver a una realidad que ya no se oculta debajo de las pequeñas recompensas. Una escena que transmite una combinación de tristeza, emoción y dolor.
Un dolor que viene, no tanto de que Ani no sepa a qué se enfrenta o en qué entorno se mueve –es una mujer que trabaja en el negocio del sexo basado en el intercambio de servicios a cambio de dinero–, sino del batacazo emocional que había supuesto creer en la ilusión del amor romántico, creer en el cuento de hadas, pensar que tenía una posibilidad de escapar de una vida insatisfactoria. Es como si Richard Gere no hubiera subido la escalera en la última escena de Pretty Woman o el príncipe no hubiera encontrado a Cenicienta.
Sean Baker tiene la capacidad de hilvanar un discurso crítico sobre la sociedad contemporánea, un alegato sobre cómo se ven afectadas las relaciones humanas por las reglas establecidas por el poder, y todo ello sin necesidad de caer en la soflama política ni explicitar los mensajes hasta el punto de situarlos en primer plano. Al igual que ocurría en The Florida Project, Anora utiliza el trabajo sexual como una metáfora del intercambio económico y la explotación de la sociedad capitalista, combinado con una mezcla de géneros (comedia, thriller, drama), para construir una fabula con trazos de inocencia y crueldad, presentando a unos personajes que encarnan la desmitificación del sueño americano, unos personajes que a pesar de revestirse del filtro de la ficción terminan convirtiéndose en los seres reales que pueblan ese entorno marginal, cada vez más amplio, que se genera alrededor de la sociedad estandarizada.
Escribe Luis Tormo
Título: Anora
País y año: EE.UU, 2024
Duración: 138 minutos
Dirección: Sean Baker
Guion: Sean Baker
Fotografía: Drew Daniels
Música: Matthew Hearon-Smith
Reparto: Mikey Madison, Mark Eydelshteyn, Karren Karagulian, Yuriy Borisov, Vache Tovmasyan
Productora: Cre Film, Filmnation Entertainment
Distribuidora: Universal Pictures

