Crítica de How to have sex

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Cuando un «sí» no es suficiente

Hay películas que se justifican por su final. Puede ser un final abierto o cerrado, que até definitivamente una historia o deje libertad al espectador para que éste apostille la conclusión que considere más adecuada; pero lo importante es que ese cierre no traicione lo que hemos visto con anterioridad. En el caso de How to have sex, no solo no traiciona, sino que da las claves necesarias para entender lo que su directora quiere trasmitir, amplificando el mensaje que se ha ido señalando a lo largo de todo el filme.

La película escrita y dirigida por Molly Manning, ganadora del premio Un Certain Regard del Festival de Cannes, comienza como uno de tantos relatos basados en la experiencia de un viaje de fin de curso; en este caso, tres amigas inglesas que acaban de terminar el bachiller –se encuentran en la fase de recibir las notas de las pruebas selectivas para el acceso a la universidad– que emprenden un viaje de fin de curso a Malia, el mayor centro turístico de Creta. Un viaje que va más allá de la propia experiencia física y que para su protagonista se convertirá en un aprendizaje vital que irá más allá de unos días de ocio.

La atmósfera es reconocible desde los títulos de crédito iniciales cuando el avión llega a su destino. En este caso es Grecia, pero podría ser España o cualquier zona turística destinada al turismo de borrachera; de hecho, la idea principal de la directora era localizar la película en Magaluf pues algunas de las anécdotas que aparecen en la película (la escena de las felaciones en la fiesta) están basadas en su propia experiencia en esa localidad turística mallorquina.

La primera parte de la película describe el contexto y establece las condiciones necesarias para que el relato alcance profundidad en su parte final. Por delante desfilan todos los personajes –las tres amigas, los chicos que están alojados en el apartamento de enfrente–  interesados en pasarlo bien, disfrutar a tope con el alcohol y donde las relaciones se fijan a través del deseo sexual. Tara (Mia McKenna-Bruce), la protagonista, parece la más frágil de las amigas; sobre ella pesa además el tabú de la virginidad y uno de los objetivos del viaje es precisamente que ella pierda la virginidad.

Mia McKenna-Bruce en una imagen de How to hava sex. Foto: Nikolopoulos Nikos/Avalon

El exceso de alcohol, las fiestas continúas a cualquier hora del día, el aturdimiento y la pérdida de consciencia por el cansancio, el ambiente proclive al desmadre y la presión por exprimir la vida en unas horas dejándose llevar por lo que hacen los demás, está filmado por la directora desde la cercanía, con una cámara que sigue a Tara –su punto de vista es el que ejerce de traductor de ese ambiente– y con la que nos identificamos. Su mirada, y su rostro, es el que deja al descubierto, sin necesidad de acudir al diálogo, sus pensamientos más íntimos, sus temores y sus dudas.

Esa reiteración casi minimalista, donde los días y las noches se confunden, tiene una cesura justo a mitad de película con la escena clave entre Tara y Paddy que viene dada por un flashback –un primer rompimiento del tiempo lineal empleado hasta ahora–.  En este punto, Manning resitúa el relato para poner el foco en el consentimiento de las relaciones sexuales en un contexto mediatizado por todo el ambiente contaminado que hay a su alrededor –consumo de alcohol y drogas, cansancio– y donde un “sí” es matizado, e incluso negado, por el lenguaje corporal que Tara muestra en esa escena. De esta forma, frente a la afirmación del lenguaje hablado, la directora contrapone un plano de una mano que se aferra a la arena que ejerce de oposición a esa afirmación.

A partir de este momento el filme cambia su orientación. El ambiente festivo sigue pero ahora todo está teñido de cierta tristeza. La vuelta de Tara a su apartamento, a la mañana siguiente, nos deja un plano aterrador, casi propio de una película de terror. Es un plano general, diurno, de una calle desierta llena de basura por la que avanza Tara –destacada por su vestido verde–, un zoom la acota hasta llegar a un plano medio donde vemos como se arregla el vestido y se limpia las lágrimas, para terminar en un primer plano.

A partir de ese momento, que no significa una ruptura con sus amigas y amigos, Tara debe transitar el camino que le lleve a entender lo que le ha pasado. El modelo está tan normalizado que parece obvio tener que sufrir o aguantar este tipo de situaciones. A su alrededor la vida discurre con normalidad y no será hasta el momento en que Tara se atreva a verbalizar y compartir su experiencia con su amiga cuando se ponga la primera piedra para la sanación.

Mia McKenna-Bruce en una imagen de How to hava sex. Foto: Nikolopoulos Nikos/Avalon

La película de Molly Manning profundiza en los distintos grados de lo que puede considerarse una agresión sexual, reflexiona sobre la variabilidad del consentimiento –todo no es un sí o un no– y del contexto social y moral que rodea  a la protagonista que normaliza este tipo de situaciones. La directora británica utilizará en la escena final un juego de reflejos en el espejo, el rostro de Tara y su silencio para que entendamos cuál es el estado de la protagonista.

Para terminar de apuntalar que todo no es blanco o negro y que existen una infinidad de matices, la película termina con un plano precioso de Tara y su amiga corriendo por la terminal para coger el vuelo. Un plano positivo que evita considerar a Tara como una víctima pero que ella –y nosotros espectadores– sabemos que todo lo que ha sucedido en ese viaje formará inevitablemente parte de su experiencia como persona.

How to have sex, partiendo de esquemas reconocibles de viajes de sol y playa, sexo y alcohol, sin impartir lecciones morales o querer sentar cátedra, establece un discurso sobre la complejidad de las relaciones sexuales en los adolescentes, sobre la figura del consentimiento y sobre el tipo de educación recibida tanto por hombres como por mujeres.

La película evita sexualizar o cosificar a los personajes, a pesar del contexto en que se mueven, y frente a su título que parece extraído de uno de esos manuales o guías prácticas sobre educación sexual, compone un filme sensible, donde nadie y todos son culpables a la vez, y que nos deja la composición de un personaje femenino que dentro de su sencillez externa esconde una complejidad que Mia McKenna-Bruce es capaz de representar con su voz, con su rostro y con su mirada. Película absolutamente recomendable y que, aunque no sea su objetivo, termina convirtiéndose en una obra educativa para esa generación que transita entre la adolescencia y el mundo adulto.

Escribe Luis Tormo

Título: How to have sex
País y año: Reino Unido, 2023
Duración: 91 min.
Dirección: Molly Manning Walker
Guion: Molly Manning Walker
Fotografía: Nicolas Canniccioni
Música: James Jacob
Reparto:Mia McKenna-Bruce, Samuel Bottomley, Lara Peake, Enva Lewis
Productora: British Film Institute, Film4 Productions, Wild Swim Films
Distribuidora: Avalon

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