Guía para viajeros inocentes de Mark Twain. Literatura de viajes

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Cuando hablamos de Mark Twain lo más inmediato es establecer una conexión con las obras que lo han convertido en una referencia dentro de la literatura americana. Títulos como Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn, Príncipe y Mendigo o Un yanqui en la Corte del Rey Arturo, son ejemplos de su actividad literaria.

Pero algunos años antes, y tras su primer éxito como escritor con La celebre rana saltarina del Condado de Calaveras, Twain se enrola en diferentes viajes financiados mediante artículos y crónicas que se publican en periódicos y semanarios estadounidenses.

El periodista y escritor viajará tanto por su país como por el extranjero y sus crónicas lo convertirán en un personaje muy popular. En 1867 Twain se embarca en un viaje publicitado como “Excursión a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares de interés intermedio” para narrar su experiencia en el diario de San Francisco Alta California. La lectura sobre la organización del viaje, los lugares que se visitarán, los transportes utilizados y todas las facilidades puestas a disposición de los viajeros supone un ejemplo perfecto de lo que es un viaje organizado.

El itinerario viene muy definido, detallando los servicios médicos, el importe por día para comidas y gastos, la contratación de guías y excursiones o el  barco,  el Quaker City, son los datos puestos a disposición de los viajeros, turistas y peregrinos, en lo que supone un viaje bajo unas pautas que no distan demasiado de las que tenemos ahora. Ya en ese momento, 1867, el viaje se vende como una experiencia, como un descubrimiento de la vieja cultura sobre la que se asienta la sociedad del momento.

El planteamiento de Mark Twain nos deja ver detalles que posteriormente se irán desarrollando tanto en su obra literaria como en el resto de su vida profesional. El espíritu de aventura, el humor y la ironía, la crítica satírica, la puesta en solfa del pasado y presente, y un uso del relato pues el libro no deja de ser como pequeños fragmentos que conforman un todo.

Twain es un americano, un ciudadano del nuevo mundo, que se enfrente a su pasado, visitando aquellos lugares de lo que ha emanado la cultura occidental, en un viaje que le va haciendo descender cada vez en el tiempo: Francia con París, el estado moderno; Italia y el pasado, desde los tiempos de Roma al renacimiento y barroco (Roma, Milán, Florencia, Pisa, Venecia o Nápoles), Grecia (la cuna de nuestra sociedad) y lo que el viaje denomina Tierra Santa y Egipto que engloba el concepto del mundo antiguo (Constantinopla, Jerusalén, Egipto, etc.).

Pero este descubrimiento del pasado viene teñido de la ironía y el sarcasmo. La grandeza de las obras de arte se conjuga con el desengaño ante las mismas (no entiende la inspiración que supone para los artistas La última cena de Leonardo da Vinci debido al deteriorado estado de la pintura), se ve desbordado por la acumulación de las obras en los museos o las iglesias en Francia e Italia, y sobre todo, mantiene una lucha con los guías turísticos que se convierten en el foco de sus críticas por su torpeza o ineficacia, como él dice: “(…) esos incordios necesarios: los guías europeos”.

Pero el sentido del humor o los comentarios mordaces no ocultan el espíritu aventurero que preside el libro. En muchos pasajes la visita se convierte en una aventura para sortear todo tipo de dificultades y Twain ‘noveliza’ su experiencia convirtiendo el libro de viajes en algo que va más allá de la mera exposición descriptiva del monumento.

Es lo que ocurre cuando el autor y algunos pasajeros deciden saltarse la cuarentena impuesta al barco por la epidemia de cólera que les impide visitar la Acrópolis en Atenas. Aquí tenemos la información sobre el grandioso Partenón mediante un relato en el que se mezcla un recorrido nocturno bajo el temor de ser descubiertos y que incluye encuentros con la policía y unos bandidos. O la travesía por tierras desérticas para visitar Tierra Santa siempre con el temor del supuesto ataque de los beduinos.

Guía para viajeros inocentes
Portada de las primeras ediciones

Con todo, lo más significativo que se desprende es que el viaje es algo más que un simple goce estético basado en contemplar paisajes, pinturas, edificios o países. El viaje es una experiencia de aprendizaje, así en un par de ocasiones Twain remarca que “Viajo para aprender” o “Para aprender, hay que viajar”, un viaje que nos hace mejores: “Nos hacemos más prudentes a buen ritmo. Empezamos a comprender para qué sirve la vida”.

Más de 600 páginas en las que podemos encontrar descripciones bellísimas como cuando el autor se encuentra con la Esfinge de Gizeh y la describe de la siguiente forma: “Era de piedra, pero parecía sensible. Si alguna vez una imagen de piedra pensó, ésta estaba pensando. Miraba en dirección al borde del paisaje, pero sin mirar a nada: sólo distancia y vacío. Miraba fijamente al océano del Tiempo, a las hileras de olas hechas de siglos” (…) ”Era la memoria –la retrospección- convertida en una forma tangible, visible.”

Guía para viajeros inocentes (The Innocents Abroad)
Ediciones del Viento
Encuadernación Tapa dura
Número de páginas 624
Edición 6ª
Formato 17×25
Fecha de lanzamiento 01/10/2016
Traducción Susana Carral Martínez
ISBN 9788415374954

Escribe Luis Tormo

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