Crítica de El agente secreto

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El agente secreto (O agente secreto, 2025) sitúa su mirada en el Brasil de los años setenta, en un contexto histórico marcado por una dictadura que, asentada desde hacía años, ejercía el poder con absoluta impunidad frente a cualquier forma de oposición. En ese clima de control político y represión sistemática, la vida cotidiana quedaba inevitablemente atravesada por el miedo, la vigilancia y la violencia.

Sin embargo, el imaginario que suele asociarse a aquel Brasil resulta muy distinto. Es el Brasil de la música tropicalista –aunque muchos de sus músicos se encontraban en el exilio–; el de las imágenes luminosas de las playas de Río de Janeiro, la samba y la aparente despreocupación de su cultura popular. También era el Brasil del jogo bonito que practicaba su selección de fútbol, convertida en símbolo internacional de talento y alegría.

Así, mientras hacia el exterior el país proyectaba una identidad vibrante y culturalmente fértil, en su interior gran parte de la población sobrevivía con resignación, adaptándose como podía a una realidad marcada por la represión política y por una violencia que salpicaba, de forma constante, la vida diaria.

La película, escrita y dirigida por Kleber Mendonça Filho, se presenta como un amplio fresco cinematográfico de casi tres horas de duración  –160 minutos, una extensión que empieza a ser cada vez más habitual en el cine contemporáneo– en el que conviven y se entrelazan distintos géneros cinematográficos. Esta estructura híbrida funciona como un verdadero crisol narrativo, capaz de albergar y articular los variados temas, tonos y formatos que la película incorpora a lo largo de su desarrollo.

Wagner Moura en El agente secreto. Foto: Elastica Films

El esqueleto que sostiene todo el filme es el thriller político. Desde la primera secuencia se ofrece la clave de lectura: la inquietante normalidad de un cadáver tendido en el suelo de una gasolinera, imagen que da testimonio de un entorno marcado por la violencia, la corrupción policial y la presencia del protagonista, Marcelo/Armando (Wagner Moura), un hombre que vive ocultando su verdadera identidad.

Marcelo regresa a Recife con el objetivo de recuperar a su hijo, que ha quedado al cuidado de sus suegros tras la muerte de su esposa. Trabaja en una oficina dedicada al registro de documentos de identidad y vive a la espera de la oportunidad que le permita abandonar Brasil junto al niño. Sin embargo, sobre su situación se cierne una amenaza: paralelamente, se ha puesto en marcha una operación parapolicial que ha encargado a un par de asesinos la tarea de localizarlo y eliminarlo.

Sobre este planteamiento –propio del subgénero de películas ambientadas en el contexto de la dictadura– Kleber Mendonça construye un relato fragmentado, o más bien una constelación de relatos que se entrecruzan. A través de ellos asistimos a una progresiva deconstrucción del universo político y social de la época. El director articula esta mirada a partir de distintos espacios y microcosmos: la casa donde Marcelo convive con sus vecinos que son otros refugiados políticos, la oficina de identificación en la que trabaja, el cine donde el suegro del protagonista desempeña su labor y, en paralelo, las pesquisas y movimientos de los asesinos que tratan de dar con su paradero. Cada uno de estos ámbitos aporta una perspectiva distinta que, al entrelazarse, compone un retrato más amplio y revelador del clima social y político del momento.

Además, la película se articula en tres tiempos narrativos que amplían y enriquecen la historia principal. El primero es el presente, donde se desarrolla la mayor parte del relato y que está ambientado en 1977. Es en este momento donde seguimos a Marcelo en Recife, atrapado en una situación cada vez más amenazante mientras intenta recomponer su vida y proteger a su hijo.

El segundo plano temporal corresponde al pasado. A través de estas escenas descubrimos que Marcelo es un ingeniero, que junto con su mujer, trabajaban en la comunidad universitaria en donde ambos se opusieron a la cesión de una patente a una multinacional. Estos fragmentos no solo ayudan a contextualizar los motivos de la persecución que pesa sobre el protagonista, sino que también permiten reconstruir su relación y su historia de amor, aportando una dimensión más íntima y humana al personaje.

Por último, la película introduce un tercer tiempo: el futuro. Mediante un flashforward, la narración se desplaza hasta 2025, donde dos jóvenes investigadoras de São Paulo aparecen transcribiendo unas cintas que contienen la historia de Marcelo. Este recurso introduce una perspectiva retrospectiva que subraya, ante todo, el valor de preservar la memoria histórica. Al mismo tiempo, funciona como una clara alusión a la situación contemporánea de Brasil y a la necesidad de revisar y comprender críticamente su pasado reciente.

Por si todo esto no fuera suficiente, la película amplía todavía más su registro mediante una variada paleta de tonalidades. El filme oscila entre el cine policiaco más directo –presente en la rutina cotidiana de los asesinos, en la escena en la que acuden al registro para buscar a Marcelo y en la posterior persecución por la ciudad, así como en la figura del policía corrupto cuya oficina se encuentra junto al lugar de trabajo del protagonista– y momentos que se inclinan hacia un tono mucho más lúdico y satírico.

Wagner Moura en El agente secreto. Foto: Elastica Films

Esta dimensión más irónica aparece, sobre todo, con la introducción de la subtrama de la pierna, una especie de leyenda urbana perteneciente al folclore brasileño que habla de una misteriosa pierna peluda capaz de aterrorizar a quienes se cruzan con ella. Este elemento, aparentemente anecdótico, introduce un contrapunto humorístico y absurdo que rompe momentáneamente la tensión del relato y evidencia la libertad con la que la película mezcla registros narrativos muy distintos dentro de un mismo universo.

La película destaca también por su sólido trabajo interpretativo. En el centro del reparto se encuentra Wagner Moura –quien además participa como productor del filme–, cuya interpretación de Marcelo sostiene buena parte del peso emocional y narrativo de la historia. Su trabajo logra transmitir tanto la vulnerabilidad como la determinación de un personaje que vive bajo una amenaza constante.

Junto a él, la película cuenta con un excelente reparto de actores secundarios que contribuyen a dar vida a los distintos espacios y ambientes que atraviesa el relato. Gracias a este cuidado casting, cada uno de esos microuniversos adquiere una presencia propia y creíble dentro del conjunto.

El agente secreto es, en definitiva, una película profundamente libre, que no teme llevar algunos de sus elementos narrativos y estilísticos hasta el límite de la exageración. Se trata de una obra rica en capas de significado, llena de pequeñas pistas, guiños y detalles –como el homenaje al cine de los años setenta con la referencia a Tiburón o La profecía– que invitan a una lectura atenta.

A través de esta mezcla de tonos, tiempos y registros, su autor no se limita a ofrecer una simple recreación histórica de la dictadura. Más bien utiliza ese contexto como punto de partida para construir una reflexión más amplia. El resultado es un filme que, más allá de su dimensión política o histórica, termina convirtiéndose en una reivindicación de la necesidad de vivir en libertad.

Escribe Luis Tormo

Título: El agente secreto
Título original: O agente secreto
País y año: Brasil, 2026
Duración: 129 minutos
Dirección: Kleber Mendonça Filho
Guion: Kleber Mendonça Filho
Fotografía: Evgenia Alexandrova
Música: Mateus Alves, Tomaz Alves de Souza
Reparto: Wagner Moura, Gabriel Leone, Maria Fernanda Cândido, Alice Carvalho, Carlos Francisco, Hermila Guedes
Productora: CinemaScópio Produções, Itapoan, MK2 Films, Lemming Film, ONE TWO Films, arte France Cinéma
Distribuidora: Elastica Films y La Aventura Cine

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