Crítica de Tres adioses

La vida, a pesar de todo

La propuesta de Tres adioses es sencilla y comprensible. Su discurso conecta con una experiencia universal: la necesidad de valorar aquello que tenemos antes de que sea demasiado tarde. El final puede irrumpir de manera inesperada y, por ello, no deberíamos posponer los afectos, los deseos ni los sueños. Poner límites al anhelo o aplazar decisiones importantes puede significar perder la última oportunidad de hacer realidad aquello que verdaderamente importa.

Se trata de una reflexión que muchos solo asimilan cuando el desenlace se percibe cercano. Es entonces cuando surgen las preguntas inevitables: ¿por qué no dije antes lo que sentía?, ¿por qué no hice aquello que deseaba?, ¿por qué desperdicié el tiempo en cuestiones triviales? La película apela precisamente a esa conciencia tardía, a ese aprendizaje que llega cuando ya no hay margen de maniobra.

Partiendo de un material literario previo –la adaptación de 3 cuencos de la escritora italiana Michela Murgia, concretamente de dos de sus relatos reelaborados para conformar una única historia–, Isabel Coixet traslada ese mensaje a su propio universo creativo. La directora, responsable de películas como La librería, vuelve a demostrar su afinidad con esos personajes femeninos donde los silencios dicen más que las palabras.

Como ya ha sucedido en otras ocasiones, la adaptación literaria encaja con naturalidad con su universo cinematográfica. Coixet no se limita a trasladar el texto original a la pantalla, sino que lo filtra a través de su mirada personal, potenciando la introspección y los pequeños gestos que revelan la fragilidad de las relaciones humanas.

Alba Rohrwacher en Tres adioses. Foto: Greta de Lazzaris / BTEAM

La película se abre con una ruptura sentimental que actúa como detonante del conflicto narrativo. Marta (Alba Rohrwacher) mantiene una discusión con Antonio (Elio Germano), tras la cual él concluye que el amor se ha extinguido y decide abandonarla. El final de la relación aboca a la protagonista a un periodo de desorientación afectiva y soledad que comienza a impregnar todos los ámbitos de su vida. A la herida emocional se suman otras tensiones que agravan su vulnerabilidad: las dificultades en su trabajo como profesora de gimnasia en un instituto y una relación conflictiva con su hermana. En este contexto de inestabilidad, Marta empieza a desarrollar trastornos alimentarios que interpreta como una manifestación física de su fragilidad interior, una forma de somatizar el dolor y la pérdida de control que experimenta.

El golpe definitivo llega con un diagnóstico médico devastador –el mismo que sufrió la escritora Michela Murgia, fallecida en 2023–, que introduce en el relato una dimensión existencial y confronta a la protagonista con la finitud. Sobre esta experiencia límite ya había reflexionado Isabel Coixet en Mi vida sin mí, estableciendo un precedente temático sobre cómo afrontar esta experiencia trágica, pero en este caso el enfoque es muy diferente. En Tres adioses, la actitud vitalista adquiere importancia en la narrativa cinematográfica superando el dramatismo de la historia.

Para ello, Isabel Coixet, con la complicidad artística de Alba Rohrwacher, centra el relato en la cotidianidad, poniendo el foco en los pequeños gestos y en la experiencia diaria de la protagonista. De este modo, deja en un segundo plano todo lo relacionado con el diagnóstico médico, que solo aparece de forma puntual para recordar –casi como una irrupción inevitable–la finitud del proceso.

Las conversaciones con su doctora, más que orientarse hacia tratamientos o decisiones clínicas, adquieren un carácter introspectivo. Se convierten en un espacio de acompañamiento psicológico donde se reflexiona sobre el sentido de la vida –como sugiere la metáfora de las amebas–, desplazando así la atención desde la enfermedad hacia una reflexión más existencial.

La película concede prioridad a la vida cotidiana, poniendo el acento en aquellas pequeñas cosas que, al final, son las verdaderamente importantes y las que proporcionan placer. En la soledad en la que se ha convertido su existencia –Marta recurre incluso a la figura de cartón de un cantante coreano para dialogar y exteriorizar sus pensamientos–, son los detalles mínimos los que acaban configurando una estructura emocional que le permite mantenerse relativamente estable en esa etapa de su vida.

Así, gestos y situaciones aparentemente triviales adquieren un significado especial: el hecho de tomarse un vida con una chica que apenas conoce o el simple hecho de disfrutar de un helado en la calle se transforman en anclajes que sostienen su día a día.

Asimismo, las localizaciones en Roma, alejadas del centro histórico saturado de turistas, junto con los desplazamientos en bicicleta y los paseos a pie, refuerzan esa voluntad de descender al terreno de lo cotidiano, la Roma de sus vecinos, la Roma de calles y muros desvencijados.

Francesco Carril y Alba Rohrwacher en Tres adioses. Foto: Greta de Lazzaris / BTEAM

La puesta en escena, despojada de cualquier grandilocuencia, acompaña la mirada íntima del relato, una intimidad que se ve reforzada por la elección del formato 4:3. Este encuadre más cerrado y contenido subraya la dimensión emocional de la historia y acentúa la sensación de recogimiento. Sin embargo, el juego con los formatos no se limita a esa exposición casi cuadrada de la pantalla: Isabel Coixet introduce también imágenes filmadas en Super 8, que funcionan como destellos del pasado y permiten esbozar, a modo de pinceladas, la relación entre Marta y Antonio.

En definitiva, en esa recapitulación de su vida es cuando Marta tome plena conciencia de la necesidad de disfrutar el presente y de aferrarse a lo cotidiano. Pero esa revelación no la transforma solo a ella; se extiende también a quienes la rodean. En una especie de sinapsis colectiva –una reacción muy humana ante la inminencia de una situación límite–, Antonio vuelve a ponerse en contacto con Marta para confesar el error que cometió al abandonarla; su compañero del instituto da un paso hacia una mayor cercanía; y la tensión mantenida con su hermana acaba cediendo el espacio a una renovada complicidad.

El tramo final de la película transita por ese límite tan delicado que separa la sensibilidad de la sensiblería  –como ha sucedido recientemente con Hamnet–, situándose en una frontera emocional que puede resultar tan conmovedora como discutible. Será cada espectador o espectadora quien determine hasta dónde lleva la directora su mirada y en qué punto considera que se mantiene el equilibrio o lo desborda.

Tres adioses, a pesar de su origen literario, vuelve a los temas que se repiten en la filmografía de Coixet: la soledad, la muerte, la importancia de las localizaciones y la presencia de ese personaje femenino que termina destacando por su fuerza. Y, como es habitual en Isabel Coixet, conviene permanecer atento hasta el final: en los títulos de crédito se esconde un último guiño que cierra la propuesta con coherencia y sutileza.

Escribe Luis Tormo

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