Nostalgia y sensibilidad
El pasado mes de noviembre, Natalia Lacunza publicó N2STAL5IA, un trabajo de catorce canciones en el que la artista navarra explora la nostalgia como eje vertebrador de un relato generacional. A lo largo del disco, ese sentimiento se convierte en punto de partida para hablar de la pérdida de la inocencia, del desconcierto ante el mundo adulto y de la conciencia —a veces dolorosa— de estar atravesando una etapa de transición. No es solo añoranza del pasado: es también la aceptación de que el crecimiento implica asumir inseguridades, contradicciones y, en muchos casos, desamor.
En el plano sonoro, Lacunza apuesta por una producción minimalista y contenida que refuerza la honestidad del discurso. Los arreglos, precisos y nada invasivos, dejan espacio a la voz y a la palabra, potenciando la carga emocional de las letras y la delicadeza de las melodías. El resultado es un álbum coherente y sensible que confirma la madurez artística de una compositora que ha sabido afinar su identidad sin perder frescura.
Con N2STAL5IA como eje central, Natalia se encuentra inmersa en una gira por las principales ciudades del país. El pasado 26 de febrero recaló en Sala Moon de Valencia, con todas las entradas agotadas —tónica habitual en un tour que está firmando el sold out en cada parada—. El formato de sala juega claramente a su favor: lejos de los encorsetados horarios de los festivales, Lacunza puede desplegar un repertorio amplio y cuidadosamente secuenciado, en el que conviven las nuevas composiciones con los temas más emblemáticos de su discografía, construyendo así una experiencia emocional de principio a fin.
La puesta en escena funciona como declaración de intenciones. Sobre el suelo del escenario destaca un sofá azul dispuesto a modo de diván, epicentro simbólico del espectáculo. Desde él, Natalia canta, baila, se recuesta o se sienta al teclado, integrándose con naturalidad en un espacio que remite a la intimidad doméstica. La escenografía, sencilla pero efectiva, refuerza esa sensación de cercanía que atraviesa todo el concierto: cada canción parece dirigida a un interlocutor concreto, como si la artista estableciera un diálogo individual con cada espectador.
A las 21:00 en punto, con una intro instrumental envolviendo la sala, Teresa Gutiérrez (teclados), Paula Ruiz (bajo y teclados) y Pau Riutort (batería) ocuparon sus posiciones antes de que Natalia irrumpiera en el centro del escenario. El grito coral de “N-A-TA-LIA” precedió a SABES QUÉ???, un arranque que explicita el discurso del álbum: memoria y evolución, pasado y presente en tensión. El sonido —equilibrado entre instrumentación en directo y algunas bases pregrabadas— dejó clara desde el inicio la comunión entre artista y público.
Canciones sobre nada y Te enamoraste confirmaron el músculo pop de un repertorio que en directo gana amplitud y energía. Lacunza no se limita a interpretar: gesticula, baila, dramatiza cada verso, convirtiendo el escenario en una extensión física de su universo emocional. Tiene que ser para mí abrió el primer bloque dedicado a su anterior etapa, al que regresarían más adelante. Lo de antes y una celebrada Mal de dos, interpretada a trío desde el sofá junto a Teresa y Paula en uno de los momentos más cómplices de la noche.
El primer gran punto de inflexión llegó con Singapur. Natalia se descalzó y, bajo una iluminación azulada, ofreció una versión íntima al teclado, – “uno de los momentos que más miedo me da”, confesó–. La posterior irrupción de la versión electrónica del tema demostró la versatilidad de un repertorio capaz de transitar de la fragilidad a la pulsión bailable sin perder coherencia.
Tras la sensual coreografía final de Undostres y la bossa nova de Rápido –acompañada de un brindis escénico entre risas y una reivindicación explícita de su historia de amor de unas hicas en un colegio de monjas–, llegó uno de los guiños del set: la versión de El muchacho de los ojos verdes, popularizada por Jeanette y compuesta por Manuel Alejandro en 1981 para el disco que relanzó la carrera de la cantante hispano-británica. Lacunza llevó el clásico a su terreno, respetando su esencia melancólica pero impregnándolo de una sensibilidad contemporánea que encajó con naturalidad en el discurso del concierto.
El repaso a Tiene que ser para mí dejó Mi sitio, Muchas cosas y Todo lamento antes de que, superado el ecuador, Natalia pisara el acelerador con Apego feroz, Un castigo y Otro culito.
Faber Castell desembocó en una coda electrónica que enlazó con una versión especial de Cuestión de suerte y Nokia, elevando progresivamente la intensidad.
La primera gran sorpresa de la noche llegó con la aparición de L’Haine para interpretar Baby José. Con la sala entregada al baile, sonaron Duro, Nunca llega 05 y Todo va a cambiar, antes de recuperar la versión más bailable de Singapur. El clímax parecía insuperable, pero aún quedaba otro as en la manga: María Escarmiento irrumpió en el escenario para interpretar una festiva y arrolladora Prefiero que convirtió la Moon en una celebración colectiva.
Plastelina, confesión abierta sobre el momento vital y artístico que atraviesa, cerró un concierto que transitó de la delicadeza al estallido final con absoluta naturalidad. Más allá del repertorio, lo que quedó fue la sensación de haber asistido a una experiencia cálida y orgánica, donde la barrera entre artista y público se diluye. En ese territorio íntimo —tan frágil como poderoso— es donde Natalia Lacunza confirma que su N2STAL5IA no es un refugio, sino una fuente creativa en plena expansión.
Escribe Luis Tormo
Gracias por todas las facilidades para la realización de este artículo a Cero en Conducta y a Prensa de Natalia Lacunza



