Crítica de El fantasma de mi mujer

Buenas intenciones

María Ripoll cuenta con una trayectoria sólida y versátil  en el cine español. Estudio cine en Los Ángeles y trabajó en distintos departamentos técnicos, una experiencia que le otorgaría un conocimiento integral del lenguaje audiovisual. Debutó como directora en 1998 con el largometraje Lluvia en los zapatos, rodado en Londres.  A partir de entonces, Ripoll ha dirigido alrededor de quince largometrajes y ha desarrollado proyectos tanto en España como en Estados Unidos y México. Su carrera se ha desarrollado en gran parte en el género de la comedia y sus películas han cosechado triunfos en festivales e incluso algunas de ellas han sido todo un éxito de taquilla como Ahora o nunca o No culpes al karma de lo que te pasa por ser gilipollas.

Con El fantasma de mi mujer la directora catalana, que también participa en el guion, vuelve a la comedia con un trabajo que busca la inspiración en esa comedia clásica del cine norteamericano que Hollywood desarrolló gracias a directores como Frank Capra, Ernst Lubitsch, Howard Hawks , Preston Sturges, Billy Wilder, Stanley Donen o Blake Edwards, entre otros. Unos nombres que dignificaron la comedia con películas que se han convertido en clásicos del cine.

Salvando todas las distancias con los nombres citados anteriormente, la película se configura como una combinación de distintos modelos narrativos. En ella pueden reconocerse elementos propios de la screwball comedy, caracterizada por sus diálogos y situaciones disparatadas, así como rasgos de la comedia negra, donde el humor se entrelaza con lo absurdo. A esto se suma un componente de crimen y suspense que, siempre dentro de la comedia, se apoya en detalles como los rótulos que van apareciendo o la tensión de la banda sonora.

María Hervás y Javier Rey en El fantasma de mi mujer. Foto: A contracorriente Films

Desde el punto de vista formal, la película refuerza esta apuesta estética a través de un formato 16:9 que ocupa la totalidad de la pantalla, generando una sensación de amplitud visual. Los colores brillantes y cuidadosamente seleccionados, junto con una dirección de arte minuciosa, construyen una atmósfera sofisticada y estilizada. Todo ello remite a un modelo clásico revisitado, en el que El fantasma de mi mujer busca situarse en un lugar atemporal.

El argumento nos introduce directamente en un relato disparatado cuando Fernando (Javier Rey) recibe la llamada de Julia (María Hervás) diciendo que ha atropellado y matado a María (Loreto Mauleón), su mujer. A partir de ahí Fernando empezará a recibir la visita del fantasma de María provocando el caos en su vida.

Un juego temporal en la parte inicial de la película cumple una función fundamental dentro de la construcción del relato: clarificar para el público la realidad de lo acontecido. A través de esta estrategia, la información se dosifica de manera calculada, generando en un primer momento una sensación de desconcierto que sitúa a los personajes en una posición de ventaja respecto a quienes observan la historia.

Sin embargo, a partir de un punto de inflexión, esta dinámica se invierte. Es entonces cuando pasamos a disponer de más información que los propios personajes, lo que introduce un cambio que potencia la dimensión cómica de la película. La distancia entre lo que los personajes creen saber y lo que el público ya conoce se convierte así en un motor de la comicidad, basada en el equívoco y la anticipación.

Hasta este punto todo es correcto y la película  discurre con normalidad siguiendo los cánones de esa comedia clásica. Incluso hay un trabajo con los personajes secundarios –un elemento característico de este género– que completa la paleta de los personajes protagonistas; en este caso es destacable el personaje de Lorenzo (Marco Cáceres), el policía encargado del caso o la aparición en la parte inicial de Macarena Gómez.

Asimismo, es apreciable el esfuerzo del trío protagonista –Javier Rey, María Hervás y Loreto Mauleón– por sostener el tono y la dinámica de la historia. Particularmente reseñable es el trabajo de esta última, a quien solemos asociar con registros más dramáticos (Patria, Querer, La buena letra). Aquí, sin embargo, demuestra una notable soltura en la comedia, apoyada además en una caracterización muy marcada –vestuario y peinado incluidos– que busca inspiración en las actrices de los años sesenta y refuerza el aire sofisticado que la película pretende evocar.

Sin embargo, no siempre esas intenciones terminan de cristalizar en el resultado final. La combinación de una comedia sofisticada de enredo con elementos más disparatados y, al mismo tiempo, con rasgos propios de la comedia negra de suspense, no acaba de encontrar un equilibrio sólido. Las distintas líneas tonales conviven, pero no llegan a integrarse plenamente, lo que impide que la película eleve su propuesta y alcance una verdadera cohesión narrativa.

Loreto Mauleón y Macarena Gómez en El fantasma de mi mujer. Foto: Quim Vives / A contracorriente Films

Insistía Billy Wilder que lo más importante en una película es contar con un buen guion, una base sólida sobre la que pueda sostenerse todo lo demás. En ese sentido, quizá el principal problema de El fantasma de mi mujer resida precisamente en una escritura que no termina de ensamblar con precisión el enredo con los personajes. Las situaciones disparatadas se suceden, pero carecen del ritmo y la construcción necesarios para provocar la comicidad que se espera en este género.

Es una pena, porque el planteamiento en torno a la pareja protagonista contenía elementos muy sugerentes. La progresiva “deconstrucción” física del personaje interpretado por Javier Rey –a través de los sucesivos golpes y percances que va acumulando– funciona como un recurso visual con claras posibilidades simbólicas: su deterioro corporal acompaña el desmontaje de la comodidad de su vida basada en la infidelidad.

En paralelo, se desarrolla el proceso inverso en el personaje femenino que encarna Loreto Mauleón. Partiendo de una cierta mojigatería, su evolución está planteada como un recorrido hacia la afirmación personal. A medida que avanza la trama, gana autonomía, determinación y capacidad de decisión, hasta terminar por asumir las riendas de su propia vida.

Es la dificultad de la comedia: puedes contar con todas las piezas pero eso no garantiza que el tono final sea el adecuado.

Escribe Luis Tormo

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