«No quería hacer algo ni solemne ni trágico»
Isabel Coixet retorna a las pantallas de cine con Tres adioses. Basada en el libro de relatos Tres cuencos de la escritora italiana Michela Murgia, la película es una coproducción con Italia, rodada en Roma. Alba Rohrwacher encabeza un reparto en el que se encuentran nombres como Elio Germano, Francesco Carril, Silvia d’Amico y Sarita Choudhury.
Con motivo de la presencia de la directora catalana en los cines Lys de Valencia para la presentación de la película ante el público hemos podido entrevistarla sobre la motivación que le ha llevado a adaptar los relatos de Murgia, el rodaje en Roma y el discurso vitalista que desprende el personaje de Marta (Alba Rohrwacher).
Venías de una adaptación literaria con Un amor y el tema de Tres adioses, en cierta medida, conecta con la línea emocional que ya habías tratado en Mi vida sin mí. ¿Qué encontraste en la novela de Michela Murgia que te permitió hacer tuyo ese material ajeno?
Una de las razones por las que dudé mucho antes de empezar esta película era justamente eso, sin haber leído los cuentos. Pero tenía un productor italiano, que conozco desde hace muchos años, que siempre me decía que quería trabajar conmigo. Y yo le contestaba: “Sí. Pero tiene que ser en algo que yo lo vea.”
Él me propuso este libro, que acababa de comprar los derechos, me contó de qué iba y me contó, sobre todo, que la autora acababa de morir. Entonces yo le dijo: “Uff. Esto ya lo he hecho…”. Pero él insistió diciéndome que no era lo mismo… Finalmente lo leí y es verdad que es otra historia, otro personaje.
La peripecia es parecida… pero bueno. Mira cuantas películas han hecho sobre el juicio de Nuremberg [realizamos la entrevista en los cines Lys delante de un cartel de la reciente Nuremberg] y uno puede hacerlo de cincuenta mil maneras diferentes. Es un poco como esa teoría que dice que en realidad no existe cine de género, existen cuatro temas en la humanidad y que se van mezclando en subcategorías.
Pero es verdad que me gustó mucho la historia de Marta, me gustó mucho la historia de Antonio. Como algo que parece una historia de ruptura y de desamor, y luego, es otra cosa. Pero sobre todo me gustó el personaje de Marta, la posibilidad de cómo una persona aquejada de una enfermedad muy grave puede empezar a ver las cosas de otra manera y puede vivir lo que le queda de una manera muy distinta a como lo ha vivido hasta ese momento.

La película es trágica pero no deja de ser optimista en el sentido de lo que estabas comentando.
Es muy vitalista. Optimista no sé… pero vitalista sí lo es. Ella aprecia la vida de otra manera y aprecia cosas muy pequeñas de la vida. Aquí no estamos hablando de grandes descubrimientos ni de grandes peripecias. Sentarse a tomar un vino con una chica a la que apenas conoce o tomarse un helado, cosas de ese tipo. Creo que al final la vida cotidiana, como dice Diego Clavel en una copla: “Las horitas del día son 24, las mismas que nos tienen acorralados”.
¿Tenías claro desde el principio el tono en que se cuenta la historia, sin ocultar lo que está pasando, pero con ese vitalismo de que hablas?
Tenía claro que no quería hacer algo ni solemne ni trágico porque odio la solemnidad y la tragedia. Para mí la tragedia es un sinónimo de “no hay vuelta atrás” y es sinónimo de fatalidad. Además de la gran fatalidad humana que es que nos vamos a morir, hasta que llegue ese momento, uno está vivo; y hasta ese momento hay una posibilidad de vida, existe una pulsión de vida. Eso sí que lo tenía claro. Pero lo tenía claro en la película y en la vida.
En realidad, es un mensaje sencillo porque cuando tenemos un problema grave siempre empleamos frases como “ahora valoro lo que tenía” …
¡Y luego nada!
Luego nos olvidamos rápidamente.
Nos olvidamos de todo, todo el rato. Pero rápidamente. Estamos en una especie de limbo de Buscando a Nemo, nos olvidamos como los peces. Pero hay un mensaje final, la reflexión que hace Marta, que es una reflexión que no está en el cuento pero que es una reflexión que yo hago y que yo me hago a mí misma, que no es que yo lo haya aprendido, pero sí que me gustaría aplicármelo y sentirlo.
Roma es una ciudad protagonista en tus películas. De hecho las ciudades han estado muy presentes en tus películas, incluso en los títulos de algunas de ellas. En este caso rehúyes de algunos de los íconos más reconocibles de Roma para buscar lo que antes hablábamos, algo más cotidiano. ¿Cómo fue el proceso de localización?
Uno de los motivos que me daba cierto reparo era el hecho de rodar la película en Roma. Me gusta muchísimo Roma y es una de las ciudades más fotografiadas del mundo, de las más fotografiadas por el cine: Rosellini, Fellini, Pasolini… Uno de los barrios que enseñamos es el barrio de Pigneto donde Pasolini rodó dos películas.
El centro histórico de Roma es precioso, pero ahora es pasto de los turistas. Siempre me ha gustado de Roma que tú te pones a andar desde el centro histórico y te vas a un barrio en el que no hay ningún turista, donde puedes comer una carbonara clásica a mitad de precio y mil veces mejor de lo que te encuentras en la zona turística.El turismo parece que tiene como un miedo a salirse de lo que les han dicho que es la ciudad y Roma es muchas Romas.
Lo que tenía claro es que no quería enseñar el centro histórico porque ya está fotografiado magistralmente en el cine, por ejemplo, por Sorrentino. Para mí la historia era enseñar cosas como cuando Marta dice: “Te voy a enseñar mi Roma”; de hecho, ahí teníamos una secuencia que se cortó mucho porque parecía un publirreportaje, pero sí que son esas cosas que me gustan de Roma: el bar del señor que va renqueando de 85 años que te hace el café por la mañana y después de las 12h no le pidas el capuchino porque pasa de hacértelo. Es esta cosa que me parece más auténtica y, en realidad, no cuesta nada perderse un poco.
El ejemplo más claro para mí es el Trastvere que ya es un barrio lleno de turistas que está dividido por el Viale Trastevere; en un lado es donde vive Marta y en el otro lado, tú te puedes perder por ahí porque no hay ni dios, es posible todavía encontrar eso en barrios relativamente céntricos. Y ya si te vas a San Lorenzo no encuentras ni un turista. Y encuentras ese edificio de los 70 que de repente, detrás, en una especie de parking donde hay un arco romano. Roma es un lugar en el que hay muchas cosas por explorar.
Son localizaciones que ponen un poco el valor de la belleza de lo cotidiano que es el mensaje de la película. De hecho, hay planos que tomas de fachadas sin que se vea la calle, paredes desvencijadas…
El desconchado a mí me gusta mucho, lo reconozco.
Vuelves al formato 4:3 que ya lo empleabas en Un amor y también a la inclusión de fragmentos que parecen Super-8 para los flashbacks.
Están hechos en Super-8 con una cámara Werlisa, de plástico, que era de Super-8 para niños. Tengo una colección de cámaras de Super-8 bastante grande. ¿Por qué ese formato? No es un formato que corresponda a la época en que ellos se conocieron, pero yo siempre tengo la sensación de que los recuerdos los tengo como películas, yo me construyo una película sobre el pasado como ellos se construyen la suya y me pareció que era la mejor manera de contar esa película que no es ni siquiera real: ella recuerda las cosas de una manera, él recuerda otras cosas concretas, cada uno se construye una película. Al final es una película que le pertenece a cada uno pero que igual no existe.
Las mujeres que pueblan tu filmografía son mujeres fuertes, pero no son heroínas. Son personajes que se acercan a la normalidad. ¿Cómo has trabajado el personaje de Marta con la actriz Alba Rohrwacher?
Para mí la elección de Alba estuvo incluso antes de escribir el guion. Cuando ya dije: “Voy a trabajar el guion” ya no pude quitarme de la cabeza que ese personaje era Alba. Incluso antes de firmar el contrato ya quería hablar con ella. Y le dije: “Quiero pensar que tú dirás que sí a esta película, aunque todavía no hay guion. Pero si tú dices que sí para mí ciertas cosas serán más fáciles para escribir ese guion”. Y me dijo que sí.
Me parece una actriz extraordinaria que tiene un rostro paradójico. Es antiguo, es moderno, es alemán, es del renacimiento italiano… De una sensibilidad extrema y de alguien con quien me entiendo muy bien. Es una actriz donde, por ejemplo, en la escena del helado tú le dices: “En esta escena este es el primer helado de tu vida, pero también es el último. Esta bueno, pero igual estás pensando que es el último. Venga ¡acción!”. Y lo hace.
¿A la hora de realizar la película tuviste algún tipo de vértigo para no saltar esa línea tan fina que hay entre sensible y sensiblero?
Vértigo me da cuando el avión hace tiene turbulencias, cuando leo las noticias… No sé. A estas alturas de mi vida me da igual que piensen que soy sensible o sensiblera o que mis personajes son esto o lo otro…Me la trae al pairo [risas].
A mí no me da vértigo hacer películas, me da vértigo no hacerlas. No me gusta la pompa, no me gusta la solemnidad, no me gusta la sensiblería y a veces veo sensiblería en cosas que la gente piensa que no son sensibleras. A mí esto me parece una sensibilidad performativa, pero no me da vértigo a estas alturas. De hecho, ¡nunca me ha dado!
Entiendo que tampoco tendrías vértigo o presión por adaptar los relatos de una escritora icónica en Italia, con parte de la producción italiana, rodada en Italia…
Me daba respeto la figura de ella. Yo pensaba que era una autora respetada, había leído de ella La acabadora, que no tiene nada que ver con esta historia. Y claro, tú no ves la televisión italiana o lees la prensa italiana. Y fue cuando llegué allí cuando me di cuenta de todo. Pero también hablé con Roberto Saviano que era su gran amigo; con Lorenzo Terenzi, que actúa en la película haciendo de socio de Antonio, que fue su última pareja, se casaron tres semanas antes de que ella muriera; con sus hijos adoptivos, uno de ellos es un profesor de Yale de literatura italiana que es el testaferro de su legado literario.
Y de alguna manera, veía que ellos tenían una ilusión enorme de que la película existiera porque era una manera de que ella siguiera viviendo
De hecho, la película ha sido todo un éxito en Italia
Sí. Pensaba que iba a funcionar porque era muy conocida pero no hasta este punto.
Eso también habla de la capacidad del cine por ir más allá de países o nacionalidades porque los temas, al final, son universales
Siempre he creído eso. Creo que hay algo mágico en lo transnacional del cine. Tú ves una película como La chica zurda, una película de Taiwán, hecha con dos iPhone 13, y tú no sabes nada de la situación de Taiwán, no sabes nada de cómo son las relaciones humanas allí, pero conectas con esa película. Es verdad que a veces pensaba que trabajar con todo un equipo italiano, pero estoy tan acostumbrada a trabajar con gente de todo tipo.
En nuestra última entrevista contigo hablábamos de los finales de tus películas. Unos finales donde sueles incluir algún guiño o contenido adicional en los títulos de crédito casi como una recompensa para los y las espectadoras que se quedan hasta el final. En Tres adioses tenemos también ese elemento en los títulos de crédito finales.
Mi sueño es hacer una película que sea como un huevo Kinder donde hay una sorpresa, dentro de la sorpresa, dentro de la sorpresa, donde haya pequeños regalos para el espectador. Y me encanta hacerlo, la verdad. Lo haría siempre lo que pasa es que hay veces que tiene sentido y otras no. Creo que en este caso tenía mucho sentido.
Escribe Luis Tormo
Artículo publicado originalmente en Encadenados

