De la continuidad al latido propio
La Ruta, la serie de Atresmedia creada por Borja Soler, Roberto Martín Maiztegui y Clara Botas, se erigió en 2022 como un auténtico soplo de aire fresco dentro del panorama de la ficción española. Su estructura temporal invertida, que iba más allá del recurso formal pues funcionaba como una herramienta narrativa, y la simbiosis entre el movimiento musical y social de la conocida Ruta del Bakalao y el recorrido vital de un grupo de amigos valencianos, hizo que la serie lograra capturar el pulso de toda una época sin caer en la nostalgia complaciente.
Una serie que ejemplificó también aquello que con frecuencia se echa en falta tanto en la ficción nacional –y también en la internacional–: un guion sólido, capaz de articular una historia coherente y unos personajes complejos y creíbles.
El mismo equipo creativo retoma la continuidad en La Ruta 2. Vol. 2: Ibiza. Conscientes de que la repetición de la estructura temporal anterior resultaba inviable, sus creadores optan por una disposición narrativa más clásica. En ella, el juego temporal se articula como una secuela y una precuela conectadas a través de la herencia familiar y los territorios comunes.
Se trata de un modelo narrativo empleado con frecuencia en el ámbito cinematográfico. Un ejemplo paradigmático es El Padrino II, donde se combinan dos líneas temporales diferenciadas: por un lado, la historia del ascenso de Vito Corleone en el pasado y, por otro, la trayectoria de Michael Corleone en el presente. Ambas líneas se articulan de manera paralela, estableciendo relaciones simbólicas que refuerzan la idea de continuidad y que el pasado influye en el presente. Y no es el único vínculo de La Ruta con la película de Coppola, pues ambos protagonistas viven marcados por ser los que han provocado la muerte de sus hermanos, de manera muy distinta, eso sí.
La Ruta 2 comienza en 1996, tres años después de los acontecimientos de la primera entrega. Marc Ribó se ha consolidado como un DJ reconocido pinchar en Amnesia, la emblemática discoteca de Ibiza. Sin embargo, tanto su trabajo como el del resto de DJs locales se ve amenazado por la llegada de figuras legendarias de la escena electrónica internacional, cuya irrupción potenció el carácter global de Ibiza entre mediados de los años noventa y la primera década de los dos mil, convirtiendo la isla balear en un destino icónico de la música electrónica y la fiesta.
Ese periodo convive con una segunda línea temporal que retrocede décadas atrás para narrar la vida de los padres biológicos de Marc en Ibiza, introducida por una primera cartela que sitúa la acción en octubre de 1971. A comienzos de la década de los setenta, la isla vivía la consolidación del boom turístico, iniciado en los años sesenta al calor del fenómeno hippy, y que acabaría desembocando en el modelo de desarrollo turístico que conocemos en la actualidad.
En ese contexto, Manuel, el padre de Marc, trabaja como constructor y sabe identificar el momento idóneo para aprovechar el auge de la edificación, especialmente en la primera línea de playa, donde la presión urbanística comenzaba a transformar de manera irreversible el paisaje ibicenco. Esta coyuntura histórica queda subrayada por la primera –y magnífica– transición temporal del filme: el chapuzón en el mar de Marc y la salida, en el mismo lugar, de Manuel en el año 1971 en una playa libre de edificaciones. El hecho de que ambos personajes sean interpretados por Àlex Monner refuerza visual y narrativamente el vínculo entre padre e hijo, estableciendo un claro paralelismo entre sus trayectorias vitales, ya que ambos se enfrentarán a una tesitura similar marcada por la ambición y la renuncia a los lazos afectivos como padres.
Decidido a labrarse un futuro en Ibiza, Manuel deja en Valencia a su mujer Leonor y a su hijo Marc. Más adelante, Leonor se reunirá con él en la isla, mientras Marc permanece al cuidado de sus tíos. Absorbido por su objetivo profesional –convertirse en constructor independiente–, Manuel opta por sacrificar el vínculo con su hijo en favor de un éxito futuro, una elección que revela el coste emocional de su ambición, acrecentado por la información que sabemos de que sus padres biológicos morirían apenas un año después.
Cuando Marc descubre que va a ser padre, tras la confesión de Vicky de que el hijo que espera es suyo, decide romper conscientemente con el modelo paterno que ha marcado su vida. En un gesto significativo, intentará por todos los medios no repetir los errores de Manuel y renunciará expresamente a la sesión que podría encumbrarle a nivel internacional, priorizando la responsabilidad afectiva frente a la ambición profesional. Aunque finalmente ese deseo inicial tendrá un final más pesimista.
En La Ruta 2 el desarrollo dramático se muestra igual de sólido que en la primera temporada, especialmente gracias al protagonismo del personaje de Leonor. Madre relegada durante años a un papel secundario vinculado casi en exclusiva a la crianza, Leonor encuentra en Ibiza un espacio de transformación personal. La isla, que a finales de los años sesenta se convirtió en un oasis de libertad semiconsentido por la dictadura franquista –una atmósfera retratada con precisión en la película de animación Rock Bottom–, le ofrece la posibilidad de descubrir nuevas formas de realización personal.
Será a través de Violeta (Irene Escolar), una madre hippy que la introduce en un entorno más libre, marcado por el consumo de drogas y una mayor apertura sexual, cuando Leonor comience a cuestionar –con muchísimas dudas– su rol tradicional enfrentándose a Manual por su deseo de aspirar a cierta independencia. Una figura femenina que resume la toma de conciencia de una generación de mujeres que comenzarán a romper con la atadura machista en esa España lastrada política y socialmente por la dictadura.
Si bien La Ruta 2 no cuenta con el mismo efecto sorpresivo que producía la estructura temporal de la primera temporada, el juego entre los personajes sigue plenamente vigente a través de una decisión de casting. Como ya se ha señalado, Àlex Monner asume el desafío de encarnar tanto al padre como al hijo, reforzando los vínculos generacionales que atraviesan la narración. A esta apuesta se suma Irene Escolar, quien recrea a Violeta en los años setenta y, dos décadas más tarde, a su hija Olivia en los noventa, estableciendo un interesante espejo entre ambas etapas y subrayando la continuidad emocional
Y este no será el único juego planteado por la serie. En el último episodio hacen su aparición el hijo de Marc y Vicky, y la hija de Sento y Toñi, personajes que refuerzan nuevamente esta lógica de espejos y resonancias generacionales. El primero está interpretado por Guillem Barbosa, quien en La Ruta encarnaba al hermano de Marc, mientras que la segunda es interpretada por Claudia Salas, la actriz que daba vida a Toñi en la primera temporada, estableciéndose un nuevo cruce entre generaciones.
Esta coda final termina por cerrar el círculo que une a todos los personajes, no solo a través del reparto, sino también mediante la música: la canción que suena al final es Nowhere Girl de B-Movie, el mismo tema que aparecía en la primera temporada y que entonces simbolizaba el momento en que todos los personajes estaban unidos y eran felices. Quizá la nueva generación puede desprenderse del peso de la herencia y ser felices.
La serie se despliega con un abanico de subtramas que, en conjunto, acaban componiendo un retrato complejo y matizado, situado entre la nostalgia, el pesimismo y una mirada crítica al desarrollismo turístico. A través de sus personajes, el relato explora distintas formas de relación con el pasado y el presente del lugar. Por un lado, se muestra la perseverancia de la amistad a lo largo del tiempo en la figura de Sento, siempre dispuesto a acudir al rescate de su amigo tras una simple llamada telefónica. Por otro, emerge la ambición de Vicky, decidida a no regresar al pueblo bajo ninguna circunstancia, incluso si para ello debe ocultar la verdad o mentir a quienes la rodean.
Estas trayectorias individuales se entrelazan con una reflexión más amplia sobre las consecuencias del boom turístico iniciado en los años sesenta, cuyos efectos se hacen plenamente visibles en los noventa —y resultan fácilmente extrapolables a la actualidad—, cuando el modo de vida local queda relegado en favor de un éxito económico vinculado a la construcción y a la progresiva turistificación del territorio.
Al igual que ocurría en La ruta, en esta prolongación, también hay espacios para la introducción de ciertas escenas oníricas. Así, si en la primera temporada, con el accidente de coche de los dos hermanos se producía uno de los momentos mágicos de la serie –con el homenaje al devenir trágico de Nino Bravo–; en la segunda temporada el uso de las drogas –con un concepto similar al utilizado por Clara Simón en Romería– favorece la conexión entre Marc y Leonor en una larga secuencia que posibilita el encuentro imposible entre madre e hijo, con esos tonos azulados que destacan lo irreal de las imágenes, en el que se visibiliza el deseo de Marc y Leonor de disfrutar de un pasado que les fue negado.
Conexiones entre pasado y presente que se materializan también a través de un objeto como la pulsera o la presencia de una tortuga centenaria capaz de unir a diferentes generaciones a través de los años. Y estas conexiones, aunque La Ruta 2. Vol. 2: Ibiza no es una serie sobre música, las canciones vuelven a generar momentos maravillosos como ocurre con el Me quedo contigo de Los Chichos o la versión Noia de porcelana de Pau Riba –interpretada por los hijos de éste en lo que constituye otro juego generacional–.
La Ruta no requería una continuación, ya que el viaje de Marc a Ibiza quedaba tan abierto como sugerente. Sin embargo, el análisis de los seis nuevos capítulos revela la configuración de un díptico narrativo que trasciende el relato juvenil para articular un discurso más amplio sobre el crecimiento, la entrada en el mundo adulto y la herencia –en buena medida concebida como un lastre– que una generación transmite a la siguiente. A ello se suma un posicionamiento crítico sobre el desarrollismo económico y turístico, un fenómeno que se presenta como plenamente vigente y que permite establecer vínculos significativos entre pasado y presente.
Escribe Luis Tormo


