La fiera

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Alas rotas

Se cumplen diez años desde que Salvador Calvo debutara en el cine tras una extensa trayectoria en televisión y series, con 1898: Los últimos de Filipinas (2016). Este drama bélico, basado en el episodio histórico del asedio de Baler en el contexto de la pérdida de una de las últimas colonias españolas, rompía con la visión heroica que la historiografía franquista había plasmado en Los últimos de Filipinas (1945), ofreciendo un relato más humano y complejo de los soldados atrapados en la iglesia durante casi un año.

Cuatro años después, Adú (2020) consolidaría a Calvo como un director comprometido con historias inspiradas en hechos reales, obteniendo el Goya a la Mejor Dirección. La película se centra en la vida de un niño que atraviesa África para llegar a Europa, reflejando con crudeza los peligros y la desesperanza de la migración. De manera similar, Valle de sombras (2024) retomaba la inspiración en sucesos verídicos, esta vez en torno a ataques, desapariciones y tragedias ocurridas en el Himalaya, combinando aventura y supervivencia con un fuerte componente de tensión psicológica.

Esa conexión entre la realidad y la ficción, junto con la importancia de los paisajes como extensión del drama, se evidencia aún más en La fiera (2026). En esta nueva obra, los personajes encarnan a personas reales: un grupo de amigos apasionados por los deportes extremos, cuya historia se entrelaza con escenarios naturales que no solo ambientan, sino que moldean y potencian el desarrollo dramático de la trama.

Los protagonistas de La fiera durante el rodaje. Foto: Nico de Assas / Buena Vista International

La película se centra en los pioneros del salto BASE con traje de alas en España, una de las disciplinas más arriesgadas de los deportes extremos. Esta práctica consiste en lanzarse desde riscos o montañas, aunque también puede realizarse desde edificios, antenas o puentes, utilizando un traje de alas que permite planear en el aire antes de abrir el paracaídas para aterrizar de manera segura. La peligrosidad está acreditada por las estadísticas que destacan el alto índice de mortalidad que conlleva decenas de muertes cada año por esta práctica extrema.

En este juego entre realidad y ficción que encierra la habitual coletilla “basado en hechos reales” se produce, en La fiera, una mezcla trágica. Uno de los personajes de la película, Carlos Suárez, interpretado por el actor Carlos Cuevas, falleció durante la filmación de unas tomas previas al arranque del rodaje en el que colaboraba como especialista. Una paradoja fatal pues Suárez perdió la vida rodando esta película que, precisamente, pretendía rendir homenaje a su propia experiencia vital y la de su grupo de amigos.

Un juego narrativo que se prolonga a través de una estructura de corte documental, en la que los personajes supervivientes se dirigen directamente a la cámara, se confiesan y asumen la función de hilo conductor del relato. A través de sus testimonios, la película introduce y articula las distintas escenas, permitiendo al espectador reconstruir progresivamente los hechos acontecidos.

El guion de Antonio Hernández, colaborador habitual en los largometrajes del director, profundiza en las motivaciones que empujan a un grupo de deportistas a poner en riesgo su propia vida. Mediante un relato construido como una espiral trágica, la narración explora cómo ese efecto no se limita únicamente a quienes la experimentan, sino que termina extendiendo sus consecuencias al entorno más cercano, atrapando también a las personas que los rodean.

El título metafórico de La fiera alude precisamente a ese impulso interior, casi instintivo, que empuja a este grupo de amigos a ir siempre un paso más allá: afrontar nuevos retos, superar límites y alcanzar récords. Sin embargo, ese afán de superación se desarrolla dentro de unos márgenes de control y seguridad que impiden calificarlos como temerarios, locos o suicidas, situándolos en una compleja frontera entre la ambición, el riesgo y la responsabilidad.

No es este el único elemento simbólico que emplea el director de Adú. La película se abre con una serie de planos dedicados a un zapateado flamenco –uno de los protagonistas regenta un local que es tablado flamenco y restaurante–, estableciendo desde el inicio un sugerente paralelismo entre el duende propio del flamenco y la pasión por los saltos. Dos conceptos que comparten una entrega absoluta que son muy diferentes pero que están unidas por la disciplina y la búsqueda de una experiencia auténtica.

Dentro de un discurso de tono trágico, que entrelaza las vidas de este grupo de amigos como si estuvieran marcados por una fatalidad compartida –una conciencia íntima de que su existencia puede tener una fecha de caducidad más cercana que la de otras personas–, la película apuesta, sin embargo, por la esperanza. Frente a la amenaza constante, el relato celebra la vida y se detiene en testimoniar cada uno de esos instantes en los que la camaradería, la amistad y las risas se imponen, convirtiéndose finalmente en los recuerdos que perduran. También hay un cuidado especial en no explotar el morbo de la tragedia, así no hay una mostración explicita de la muerte y ésta viene sugerida por las reacciones (las llamadas de teléfono, la tragedia en los rostros). 

Los protagonistas de La fiera durante el rodaje. Foto: Nico de Assas / Buena Vista International

La película se apoya en los códigos del cine de aventuras para representar la lucha de sus personajes frente al desafío de dominar la naturaleza. El notable despliegue técnico de la producción aporta veracidad a las secuencias de vuelo y convierte el paisaje en un protagonista más –una constante en el cine de Salvador Calvo–. Sin embargo, más allá del espectáculo visual, el verdadero objetivo de La fiera es humanizar a unos personajes que, vistos desde el exterior, podrían parecer irresponsables con su propia vida.

En este proceso resultan fundamentales los dos personajes femeninos, interpretados por Candela González y Stéphanie Magnin, que funcionan como un vínculo con el mundo real. Ambas son escaladoras y comprenden el universo interior de sus parejas, pero asumen además la tarea de hacer visible el riesgo tangible que implica la práctica del salto BASE, introduciendo una mirada más consciente y terrenal aunque comprensiva con el impulso de trascender los límites.

La fiera se construye como un duro  viaje que remite al relato clásico de aventuras llevado al extremo. A través de esta experiencia límite, la película intenta dar respuesta a una pregunta esencial: cuál es el verdadero sentido de la vida para estos personajes. Lejos de presentarse como una simple obsesión, lo que impulsa a sus protagonistas es la pasión por un deporte extremo que funciona como vía de escape y, al mismo tiempo, como un medio para trascender los márgenes de una existencia cotidiana.

Escribe Luis Tormo

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