Crítica de Ídolos

Entretenimiento sobre dos ruedas

No es habitual en el cine español encontrar producciones en las que el drama deportivo se erija como eje central de un relato de aventuras al estilo del modelo estadounidense, tal y como ocurre en la reciente F1: La película. Aunque en las décadas de los cincuenta y sesenta se produjeron varios largometrajes protagonizados por destacadas figuras del fútbol, estos títulos respondían más a la popularidad de nombres míticos como Kubala o Di Stéfano,  sirviendo en muchos casos como instrumentos de propaganda al servicio del régimen franquista.

El mundo del deporte aparece en comedias o dramas pero siempre de una forma tangencial y sin ese componente de aventura. Uno de los últimos ejemplos lo tenemos con  42 segundos (2022), dirigida por Àlex Murrull y Dani de la Orden, un drama deportivo que reconstruye el proceso de preparación y superación de la selección española de waterpolo de cara a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.

Uno de los principales hándicaps a los que se enfrentan este tipo de producciones es la necesidad de contar con una infraestructura técnica y económica considerable, imprescindible para que las exigencias del género de aventuras resulten verosímiles en pantalla. En este sentido, las imágenes evidencian una clara apuesta por construir un producto sólido, sustentado en una coproducción hispano-italiana –no en vano España e Italia son potencias históricas en el mundial de motociclismo– y en la estrecha colaboración con MotoGP. Esta alianza no solo se traduce en la presencia de nombres reconocibles del campeonato, sino también en el rodaje en algunos de los circuitos más emblemáticos de la competición.

Al frente de este entramado de producción concebido para conquistar la taquilla se sitúa Mat Whitecross. El cineasta británico no es, en absoluto, un recién llegado al cine. Su trayectoria se inicia a comienzos de la década de los 2000 como montador habitual de Michael Winterbottom, con quien acabaría codirigiendo Camino a Guantánamo (2006). Desde entonces, Whitecross ha desarrollado una carrera marcada principalmente por la dirección de documentales musicales, sin abandonar por ello incursiones en la ficción, como Sex & Drugs & Rock & Roll, Ashes o Spike Island.

Concebido como un producto de entrenamiento, el guion firmado por Jordi Gasull, Inma Cánovas y Ricky Roxburgh bebe abiertamente de una serie de referentes cinematográficos de las décadas de 80 y 90. La lucha por alcanzar el éxito personal partiendo de la base como Rocky –título citado explícitamente en la película y homenajeado a través de la emblemática subida de escaleras del personaje de Edu– se combina con el relato de aprendizaje y superación de Karate Kid. A ello se suma la influencia de Días de trueno, especialmente en su representación de la competición deportiva y de los traumas emocionales que esta arrastra, configurando así un universo temático reconocible para el espectador.

Con estos elementos, Ídolos articula un relato de superación y redención sustentado en la relación forzada entre padre e hijo. La acumulación de experiencias traumáticas –la pérdida familiar, el accidente que provocó una muerte y la ausencia de la figura paterna durante los años de crecimiento de Edu– anula cualquier vínculo afectivo entre ambos protagonistas masculinos. Esta carencia emocional compartida genera una dinámica marcada por el recelo y el enfrentamiento, acentuada por el carácter intempestivo del joven piloto y por la incapacidad de ambos para expresar sus propias necesidades afectivas.

La película introduce además una subtrama amorosa con el objetivo de atraer al público adolescente, apelando al fenómeno fan que suscita la presencia en pantalla de dos “ídolos” mediáticos como Óscar Casas y la actriz y cantante Ana Mena. En un universo eminentemente masculino, saturado de testosterona y dominado por egos en conflicto, la figura de Luna —una mujer formada y emprendedora– funciona como contrapunto de cordura y estabilidad.

 Aunque el guion no rompe con los esquemas clásicos del rol femenino, sí muestra el suficiente respeto como para otorgarle un cierto margen de independencia al personaje de Luna y evitar que quede reducida a un mero elemento accesorio del relato.

Este tipo de productos exige un diseño de producción sólido y ambicioso, y en ese sentido la colaboración de MotoGP resulta fundamental. El acceso a varios circuitos del campeonato mundial y la inclusión de cameos de figuras destacadas del motociclismo aportan al filme un notable incremento de espectacularidad. Es especialmente en las secuencias de competición donde la puesta en escena cobra fuerza: a través de la filmación, el montaje, el ambiente de los circuitos y el sonido, Mat Whitecross logra imprimir el ritmo y la tensión necesarios para elevar la adrenalina y sostener el interés del espectador, combinado la acción con el drama más íntimo de los personajes.

Ana Mena y Óscar Casas en ‘Idolos’. Foto: Manolo Pavón / Warner Bros. Pictures España

El aporte temático más relevante de la película se articula en torno al dilema entre la ambición y el sacrificio. En un nivel de competición tan exigente, la consecución del éxito implica una entrega absoluta a los objetivos profesionales, lo que conlleva la renuncia a cualquier atisbo de vida cotidiana. Esta lógica se encarna en la figura del padre-entrenador, quien exige a Edu que rompa su relación con Luna para concentrarse plenamente en su carrera como piloto de MotoGP. Perseguir un sueño, parece sugerir la película, tiene siempre un coste.

En este sentido, Ídolos funciona como un relato de redención en el que las heridas compartidas entre padre e hijo, así como los sacrificios y las renuncias acumuladas a lo largo del camino –con un Edu que avanza a base de errores y tropiezos– operan como mecanismos de expiación de un pasado marcado por la culpa y la pérdida.

En última instancia, Ídolos se presenta como un producto abiertamente comercial, apoyado en un reparto que combina el atractivo de intérpretes jóvenes con tirón entre el público y la solvencia de actores veteranos como Claudio Santamaria o Enrique Arce.

Lejos de aspirar a una revisión profunda del género, la película asume con honestidad sus referentes y también sus límites, apostando por una puesta en escena eficaz y un relato emocionalmente reconocible. Su objetivo es claro: ofrecer un espectáculo digno que conecte con el gran público y, en ese intento, funcionar como una propuesta capaz de llevar espectadores a las salas.

Escribe Luis Tormo

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