Crítica de El Mal

Un cine a contracorriente

Juanma Bajo Ulloa es un cineasta español reconocido por desarrollar un cine atípico, personal e independiente, alejado de las fórmulas comerciales tradicionales. Desde sus inicios ha demostrado una mirada autoral muy marcada. Debutó con Alas de mariposa (1991) obteniendo la Concha de Oro en San Sebastián, lo que le permitió alcanzar un notable prestigio cosechando numerosos premios. La madre muerta (1993), uno de sus mejores trabajos no tuvo repercusión comercial. Más tarde, sorprendió al gran público con Airbag (1997), un fenómeno de taquilla que consolidó su nombre en el panorama cinematográfico.

A partir de ese momento, su carrera comenzó a espaciarse, dilatándose en el tiempo el estreno de nuevas películas como Frágil (2004) o Rey Gitano (2015) que no tuvieron el respaldo de la taquilla. Tras varios años de silencio, su regreso se produjo con Baby (2021), un cuento cruel y oscuro con el que retomó el pulso de un cine perturbador y profundamente personal. Esta obra supuso una reafirmación de su estilo más inquietante y arriesgado. Ahora vuelve con El Mal, un proyecto gestado años atrás, con el que se adentra de lleno en el cine de género, explorando el suspense desde su particular mirada autoral.

Elvira (Belén Fabra) es una periodista que reconvertida en escritora tiene la ambición de escribir un libro de éxito. La oportunidad le llega cuando es contactada por Martín (Natalia Tena), una inquietante mujer, que le propone escribir su historia: una asesina que mata indiscriminadamente.

Partiendo de un hilo argumental que se nutre de los códigos del thriller psicológico con resonancias del mito de Fausto, Bajo Ulloa construye un discurso perturbador sobre la existencia del mal como una fuerza latente. Este mal no se presenta únicamente como un fenómeno externo arraigado en la sociedad sino también como un rasgo que habita en el interior de cada individuo. De este modo el director vitoriano plantea una reflexión sobre la fragilidad de los límites morales y la delgada línea que separa el bien del mal.

Natalia Tena en El Mal. Foto: 39 Escalones Cine

La historia de El Mal tiene su origen hace más de dos décadas y, sin embargo, su vigencia resulta hoy incuestionable. La reflexión que propone se adapta con notable precisión a la sociedad contemporánea, caracterizada por una obsesión creciente por el éxito inmediato y el reconocimiento público. En este contexto, el triunfo se mide a menudo en términos cuantitativos –likes, ventas, visualizaciones–, incluso cuando para alcanzarlo sea necesario traspasar determinadas líneas rojas éticas o morales.

En este sentido, el personaje de Elvira ejemplifica de manera especialmente significativa la ruptura de todos los diques de contención que tradicionalmente separan el bien del mal. En la parte inicial de la película, la dificultad asociada a su trabajo como escritora –marcada por la negativa de su editor a publicar una segunda edición de su libro–, así como los problemas derivados del plano personal y afectivo, evidenciados en los constantes enfrentamientos con su hija –una adolescente en pleno tránsito hacia la edad adulta–, contribuyen a humanizarla ante el espectador. Esta vulnerabilidad contrasta con la inquietante presencia de Martín, caracterizada por su voz, su aspecto aniñado y la turbulenta revelación de su “talento”.

En un primer momento, ambos personajes parecen habitar mundos completamente separados. Sin embargo, esta aparente distancia se disuelve en una escena clave localizada en una iglesia, un espacio cargado de simbolismo. Es en ese instante cuando Elvira traspasa de forma consciente la frontera entre el bien y el mal, estableciendo una interacción directa con Martín a través de su cuaderno, movida por el deseo de alcanzar la obra de éxito que la consagre definitivamente ante su público.

Con este gesto, la protagonista cruza definitivamente el límite ético e inicia un viaje hacia la oscuridad en el que se entrelazan diversas líneas narrativas. Entre ellas destacan el proceso de elaboración del libro, la progresiva constatación de los asesinatos cometidos por Martín, la compleja relación —tanto profesional como afectiva— con su editor y la relación amorosa de su hija con un joven de mayor edad. Todas estas tramas convergen en un mismo núcleo temático y funcionan como reflejos complementarios de una misma problemática moral.

Este discurso sobre la naturaleza humana y la presencia del mal, articulado en torno a la necesidad de comprender antes que juzgar junto a la hipocresía de quienes son capaces de identificar el mal en los demás pero no en sí mismos, constituye el eje central de lo que nos quiere transmitir Bajo Ulloa y queda bien claro cuál es su intención. Todo ello responde a una clara voluntad de construir un cine provocador, que no se limita a narrar una historia, sino que se interroga de forma constante sobre la condición humana y sus zonas más oscuras. Se trata, en definitiva, de una propuesta cinematográfica que rehúye el cine corriente.

Tony Dalton y Belén Fabra en El Mal. Foto: 39 Escalones Cine

Cabe señalar que el guion de El Mal no logra cerrar de manera plenamente satisfactoria su discurso, a pesar de la potencia de unas imágenes que se inscriben con claridad en el universo creativo del autor de Frágil. En ellas se articulan temas recurrentes como la infancia, la maternidad, la violencia y el protagonismo femenino —en este caso, a través de distintas generaciones—, junto a una imaginería de marcado carácter perturbador. Sin embargo, el texto no logra cerrar todos los frentes narrativos que plantea, lo que provoca que algunas líneas argumentales aparezcan dispersas y que la historia se diluya en determinados momentos, dejando ver cierta falta de ritmo en la parte central.

Fiel a su estilo, Bajo Ulloa convierte su ciudad natal y su entorno en el espacio que canaliza su dominio técnico, dando lugar a una serie de imágenes en las que la cámara, en constante movimiento, se erige como el principal instrumento de la narración. La cuidada fotografía, el uso expresivo de la música —véase la canción de Jeanette que acompaña la violencia ejercida por Martín— y el detallado trabajo de atrezo configuran una propuesta cinematográfica atravesada por metáforas y simbolismos (los espacios sagrados, el reflejo de la protagonista en los espejos, la presencia de las mariposas). Estos elementos acaban por articular un juego perverso con el espectador, especialmente visible en la construcción del prólogo y el epílogo.

El cine de Juanma Bajo Ulloa puede generar adhesiones y rechazos a partes iguales; sin embargo, incluso aunque su propuesta disguste, resulta difícil negar la marcada autoría que recorre su filmografía. En El Mal, donde asume simultáneamente las labores de director, guionista, productor y operador de cámara, esa autoría se manifiesta tanto en la puesta en escena como en la propia obstinación por sacar adelante un proyecto situado al margen del cine dominante. Por lo tanto, bienvenido ese cine que el director vasco elabora buscando la provocación, concebido para incomodar y sacudir al espectador más que para ofrecerle un relato complaciente.

Escribe Luis Tormo

Título: El Mal
País y año: España, 2026
Duración: 129 minutos
Dirección: Juanma Bajo Ulloa
Guion: Juanma Bajo Ulloa
Fotografía: Diego Trenas
Música: Koldo Uriarte
Reparto: Natalia Tena, Belén Fabra, Tony Dalton, María Schwinning, Fernando Gil
Productora: Frágil Zinema, ETB, RTVE
Distribuidora: 39 Escalones Cine

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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