Crítica de La asistenta

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That’s entertainment!

La asistenta es el primer libro de una trilogía escrita por Freida McFadden, una autora que compagina su labor como doctora especializada en lesiones cerebrales con su carrera literaria. La obra se ha convertido en un auténtico fenómeno editorial, alcanzando un notable éxito de ventas. Se trata de un thriller psicológico que destaca por sus numerosos giros argumentales, los cuales mantienen al lector en constante tensión y refuerzan el suspense a lo largo de la narración. Además, su estilo ágil y de fácil lectura ha contribuido a su gran difusión en redes sociales como Instagram y TikTok, donde se ha viralizado y ha logrado captar especialmente la atención de un público joven.

El director Paul Feig, todo un veterano del cine mainstream con más de una treintena de títulos en su filmografía, es el encargado de liderar este proyecto concebido claramente para triunfar en la taquilla. Entre sus trabajos más reconocidos se encuentran La boda de mi mejor amiga, el remake de Cazafantasmas, Un pequeño favor o Last Christmas, películas que ponen de manifiesto su amplia experiencia en producciones de gran alcance comercial. En esta ocasión, Feig asume la tarea de trasladar a la pantalla el texto adaptado por Rebecca Sonnenshine, responsable del guion basado en el material literario original.

Con estos elementos, sumados a la pareja femenina protagonista interpretada por Amanda Seyfried y Sydney Sweeney –esta última, una de las estrellas emergentes del cine de Hollywood–, la película goza de una notable repercusión mediática que prácticamente garantiza su éxito en taquilla. Un triunfo que, además, augura su continuidad, ya que existen varias novelas susceptibles de convertir La asistenta en una rentable franquicia.

Incluso la crítica cinematográfica, en términos generales, parece rendirse ante esta adaptación, al interpretar la película como un auténtico trampantojo de los tópicos propios de este tipo de cine: un estropicio consciente que, sin embargo, no deja de ser un producto entretenido y eficaz, capaz de denunciar los estereotipos del género, incluso desde una óptica feminista.

Sydney Sweeney en una imagen de La Asistenta. Foto: Diamond Film

Millie (Sydney Sweeney) es una joven con un pasado complicado que comienza a trabajar como asistenta en la lujosa residencia de los Winchester, donde vive el matrimonio formado por Nina (Amanda Seyfried) y Andrew (Brandon Sklenar), junto a su hija Cece (Indiana Elle). Sin dinero y obligada a dormir en su coche, para Millie aceptar y conservar este empleo se convierte en una necesidad vital, a pesar de que, desde el primer momento, la personalidad inestable de Nina y sus frecuentes brotes de ira transforman la casa en un auténtico polvorín.

Uno de los aspectos más interesantes de La asistenta es su clara vocación de denuncia social, que se articula, en primer lugar, a través del deseo de liberación de sus dos protagonistas femeninas. Ambas intentan escapar de la influencia de Andrew, un hombre que responde al estereotipo clásico del macho dominante: autoritario, controlador y dueño del poder económico, capaz de condicionar sus vidas y limitar cualquier posibilidad de autonomía.

A partir de estos elementos, la película se construye como un thriller psicológico de atmósfera opresiva, apoyado en una puesta en escena prácticamente confinada a un único espacio: las distintas dependencias de la casa. Esta mansión funciona como un símbolo del éxito y la estabilidad económica, pero también como una jaula dorada. El apunte social resulta especialmente significativo al subrayar la dependencia económica de las dos mujeres  –una  madre soltera con una hija y una exdelincuente que ha pasado diez años en prisión– respecto a Andrew, un solvente hombre de negocios que encarna el ideal del triunfo capitalista.

El principal problema de La asistenta radica en su indefinición genérica, ya que la película no termina de decidirse entre un thriller psicológico de tono serio y una comedia negra que comienza a aflorar con mayor claridad en su tramo final. Esta vacilación tonal afecta a la coherencia del relato, pues el filme abre numerosas líneas de desarrollo que parecen remitir a tramas clásicas cinematográficas. Por un lado, se inscribe en aquellas películas centradas en el enfrentamiento femenino, donde las tensiones psicológicas y las relaciones de poder ocupan un lugar central; por otro, introduce elementos propios de relatos con tintes arribistas, especialmente visibles en el progresivo desplazamiento de Nina por Millie (una especie de Eva al desnudo matrimonial).

Amanda Seyfried en una imagen de La Asistenta. Foto: Diamond Film

En este sentido, la película adolece de una falta de ambición que le impide asumir riesgos y desplegar plenamente sus posibilidades. Aquí nunca se llega a pisar a fondo el acelerador ni a entregarse sin reservas a un exceso consciente, lo que la aleja de ese thriller de los años noventa que explotaba deliberadamente los límites del género. Cineastas como Paul Verhoeven supieron convertir la provocación en una herramienta narrativa, como demuestran títulos como Instinto básico o Showgirls, donde la frontera entre la desfachatez y el ridículo era traspasada en muchas ocasiones con un afán provocador.

La asistenta, dentro de su desmadre superficial, no deja de ser un producto muy contenido diseñado para resultar accesible al mayor número posible de espectadores. Los elementos provocadores como el sexo permanecen siempre dentro de un canon estético que evita cualquier riesgo de incomodidad o transgresión real, de modo que no se vea comprometido su alcance comercial. En este sentido, la película se mantiene fiel al espíritu del material literario del que parte, ya que ambos comparten una clara vocación de aceptación general.

Es precisamente por esta voluntad de no dejar cabos sueltos que la película recurre de manera insistente a una serie de flashbacks explicativos y a una voz en off que reitera y clarifica cada uno de los acontecimientos, tanto presentes como pasados. Este exceso de explicitud reduce el margen de sutileza. En lugar de confiar en las imágenes el filme opta por un acompañamiento constante que guía al público en los variados giros narrativos.

La adaptación cinematográfica de Freida McFadden seguramente satisfará a los seguidores de la escritora estadounidense, pero la película se asemeja más a un telefilme de sobremesa que a una obra cinematográfica que no funciona ni como thriller tradicional ni como reelectura de los tópicos de este tipo de filmes. Está, además, lejos del empoderamiento femenino que pretende transmitir y que reflejan mejor otro tipo de películas como Una joven prometedora o Sangre en los labios.

Escribe Luis Tormo

Título: La Asistenta
Título original: The Housemaid
País y año: EE.UU., 2025
Duración: 131 minutos
Dirección: Paul Feig
Guion: Rebecca Sonnenshine
Fotografía: John Schwartzman
Música: Theodore Shapiro
Reparto: Amanda Seyfried, Sydney Sweeney, Brandon Sklenar
Productora: Feigco Entertainment, Hidden Pictures, Lionsgate
Distribuidora: Diamond Films España

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