Mirar el mal de frente
La representación cinematográfica de los juicios de Núremberg, en los que se procesó a la cúpula nazi por crímenes contra la humanidad tras la finalización de la II Guerra Mundial, encuentra en Vencedores y vencidos (Judgment at Nuremberg), la película dirigida por Stanley Kramer en 1961, su modelo clásico. El film se apoya en la estructura de un proceso judicial, articulando el relato a través de los testimonios de víctimas y acusados, y convirtiendo el juicio en el eje narrativo desde el que se reconstruyen los hechos y se reflexiona sobre la responsabilidad moral y legal de los implicados.
Aprovechando el 80 aniversario de la efeméride, James Vanderbilt escribe, dirige y coproduce Núremberg (Nuremberg, 2025), una película que propone un enfoque renovado a partir del libro El nazi y el psiquiatra, de Jack El-Hai. Sin renunciar a su condición de relato historicista, el film desplaza el centro de atención del desarrollo estrictamente judicial a la relación personal e intelectual entre el principal jerarca nazi, Hermann Göring (Russell Crowe), y Douglas Kelley (Rami Malek), un psiquiatra estadounidense encargado de analizar psicológicamente a los acusados.
De ahí que el núcleo central de la película se concentre en la relación profesional entre el reo y el psiquiatra, articulado a través de una serie de conversaciones en las que Douglas intenta comprender la naturaleza del mal y los mecanismos psicológicos que pueden llevar a un hombre a cometer atrocidades de tal magnitud.
En paralelo, la narración subraya que la clave del juicio reside en la necesidad de demostrar que Hermann Göring y el resto de la cúpula nazi conocían no solo la existencia de los campos de trabajo –eufemismo empleado para ocultar su verdadera función exterminadora–, sino también la adopción consciente de la llamada Solución Final, que acabó traduciéndose en el asesinato de más de seis millones de judíos, así como de otros colectivos y opositores al régimen nazi.
En este proceso de acercamiento entre ambos personajes, especialmente en una fase inicial, la capacidad de seducción de Göring se revela de tal magnitud que Douglas, en su intento de ganarse la confianza del preso nazi para desentrañar el proceso mental que conduce a alguien a cometer determinadas acciones, acaba sucumbiendo a ese poder de atracción, un hecho que constituyó precisamente uno de los elementos esenciales del régimen nazi al recoger el descontento del pueblo alemán tras la derrota de la I Guerra Mundial.
De este modo, el psiquiatra va progresivamente traspasando los límites de la estricta relación profesional, hasta el punto de conocer a la esposa y a la hija del dirigente nazi y facilitar el intercambio de correspondencia entre ambos, lo que evidencia la complejidad y ambigüedad moral de su vínculo. La petición de sus superiores de que el diagnóstico que lleva a cabo sirva para facilitar la condena del reo supondrá para Douglas un profundo dilema ético, con el que deberá enfrentarse y luchar internamente, al verse dividido entre su deber profesional y sus convicciones morales.
El problema de Núremberg es que su discurso sobre la ambigüedad moral, la existencia del mal en el ser humano y la reflexión acerca de cómo un país y una sociedad pudieron derivar hacia un horror de tal magnitud termina diluyéndose por una cierta indefinición narrativa. Vanderbilt no acaba de decidirse entre el tono íntimo que se establece en la relación entre los dos protagonistas y la grandilocuencia propia de la recreación histórica de las sesiones del juicio.
Frente a la inteligencia de optar por una representación indirecta del exterminio –capaz de generar una angustia más profunda precisamente porque el espectador ya conoce los hechos, como ocurría en Amén de Costa-Gavras o La zona de interés de Glazer–, Núremberg apuesta por la inclusión de imágenes reales, ya ampliamente conocidas, de la liberación de los campos de concentración y de las terribles consecuencias de la Solución Final.
Pero el error más grave proviene de la escritura –precisamente Vanderbilt que es autor de uno de los guiones más precisos como fue el de Zodiac–. Mientras que la construcción del personaje de Hermann Göring sí logra captar la ambigüedad y las múltiples facetas de un hombre monstruoso, capaz de combinar una naturaleza criminal con un carisma seductor y una inteligencia manipuladora –algo a lo que contribuye de forma decisiva una interpretación prodigiosa que devuelve a Russell Crowe a uno de los mejores momentos de su carrera–, el personaje del psiquiatra nunca termina de despegar. A lo largo de la película no consigue transmitir con claridad el dilema interno que lo atraviesa ni el conflicto moral que debería articular su arco dramático. Particularmente ridículas son las escenas de Douglas jugando con la hija de Göring (los juegos de magia o acompañándola al piano).
De igual modo, el guion descuida la profundidad del resto de los personajes secundarios (y eso que la película cuenta con un reparto fantástico). El personaje femenino de la periodista, introducida en el prólogo de la película, queda reducido a una presencia mínima y meramente funcional, utilizada únicamente para justificar una situación puntual que perjudicará al psiquiatra, sin que se le otorgue un verdadero desarrollo dramático ni una relevancia narrativa más allá de ese propósito instrumental.
Teniendo en cuenta todas estas consideraciones, y sumada a su excesiva duración, Núremberg acaba decantándose por el entretenimiento por encima de la reflexión histórica. La película recurre a numerosos tópicos del drama judicial –la parte final del juicio reproduce casi de manera idéntica la estructura del desenlace de Algunos hombres buenos (A Few Good Men)– con el objetivo de mantener el ritmo mediante la tensión y la incertidumbre de una condena que, en realidad, el espectador ya conoce de antemano.
La película, no obstante, acierta en su epílogo, donde el personaje del psiquiatra advierte que los monstruos no siempre se esconden tras disfraces fácilmente reconocibles y son personas inteligentes que no hay que despreciar. Una reflexión que funciona como advertencia sobre los riesgos del populismo y su capacidad para manipular a las masas a través de la seducción y el engaño en lo que se establecer una conexión con la realidad actual.
Escribe Luis Tormo
Título: Núremberg
Título original: Nuremberg
País y año: EE.UU., 2025
Duración: 148 minutos
Dirección: James Vanderbilt
Guion: James Vanderbilt
Fotografía: Dariusz Wolski
Música: Brian Tyler
Reparto: Russell Crowe, Rami Malek, Leo Woodall, John Slattery, Michael Shannon
Productora: Bluestone Entertainment, Walden Media
Distribuidora: DeAPlaneta

