Joaquín Sabina en Valencia: imágenes de un último vals

Gira Hola y Adiós. En el territorio de la emoción

El mito acaba por eclipsar al ser de carne y hueso. La figura real, con sus días vividos, con sus luces y sus sombras, se desvanece lentamente bajo el peso de una leyenda forjada a lo largo de los años, forjada con trabajo y talento plasmado en un cancionero que se ha convertido en refugio de miles de personas.

Entre versos y melodías, a medio camino entre el poeta que sueña y el cantautor que canta verdades, se alza una obra imbatible que ya no pertenece sólo a su autor, sino al alma colectiva que lo celebra.

Joaquín Sabina se va. Su gira Hola y Adiós, título que evoca uno de los versos más emblemáticos de19 días y 500 noches, se perfila como una despedida multitudinaria. Aunque tratándose del cantautor jerezano, toda certeza es relativa.

El tour, que recorre numerosos escenarios en España y cuenta también con algunas fechas internacionales, ha recalado en Valencia con una expectación a la altura de la leyenda. La ciudad ha sido una de las privilegiadas con tres conciertos programados en el nuevo Pabellón Roig Arena, un recinto que se consolida como epicentro deportivo y cultural de la capital del Turia.

En su primera noche en Valencia, 11.000 asistentes esperaban la presencia en el escenario de Sabina. Abundaban los bombines negros, pero sobre todo se destilaba un sentimiento de afecto ante un encuentro que muchos y muchas puede ser el definitivo.

A las 21:00, con la puntualidad de quien respeta los rituales importantes, comenzó el concierto de Joaquín Sabina. En la pantalla, se proyectó el videoclip de Un último vals, su más reciente composición, una despedida poética que mira de frente al ocaso:

Cuando las casas de apuestas no den un euro por mí
Cuando cierran las cantinas y se baile reguetón en la oficina
Aún voy a guardar un último vals para ti.

Mientras desfilan en el video rostros tan familiares como Joan Manuel Serrat o Ricardo Darín, el público estalla en aplausos. Es un prólogo cargado de simbolismo, una antesala antes del reencuentro.

Con las últimas notas, aparece él. Joaquín Sabina cruza el escenario desde la izquierda, caminando hacia la silla donde permanecerá durante las próximas dos horas. Le acompaña una ovación cerrada, de esas que no son solo aplauso: son gratitud, memoria y afecto. El viejo cantautor se sienta, y arropado por un sonido limpio y firme, comienza con Lágrimas de mármol. La voz, tan ronca como siempre hace vibrar las primeras emociones.

A partir de ahí, se puede hablar del setlist —la canción que faltó, la que sobró— o del estado físico. Pero sería perder el punto. Este concierto no es un repaso técnico ni una prueba de virtuosismo: es un encuentro. Una conversación suspendida entre Sabina y su público, tejida con versos, parlamentos, silencios y miradas.

No se vive desde la cabeza, sino desde el corazón en un espectáculo que se convierte en ceremonia.

Estas son algunas imágenes de esa noche en la que Joaquín Sabina nos dejó su último vals.

Texto y fotos: Luis Tormo

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