El Cautivo de Alejandro Amenábar

Relatos para alcanzar la libertad

Tras explorar la figura de Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra (2019), Alejandro Amenábar dirige ahora su mirada hacia otro gigante de la literatura española: Miguel de Cervantes. El cautivo se adentra en uno de los episodios más intensos y menos conocidos de la vida del autor de Don Quijote de la Mancha: los cinco años que pasó prisionero en una cárcel de Argel, una experiencia que marcaría profundamente su futura obra y su visión del mundo.

En 1575, cuando un joven Miguel de Cervantes regresaba a España en un navío tras varios años como soldado –durante los cuales participó en la célebre batalla de Lepanto–, la embarcación fue interceptada por piratas berberiscos. Cervantes fue capturado junto con el resto de los cristianos a bordo y trasladado a una prisión en Argel. Llevaba consigo cartas de recomendación de don Juan de Austria que hicieron pensar a sus captores que se trataba de un personaje importante, lo que motivó la exigencia de un elevado rescate por su liberación.

El futuro escritor permaneció cautivo durante cinco años, tiempo en el que protagonizó hasta cuatro intentos de fuga. Su experiencia en Argel dejaría una huella profunda en su obra literaria, reflejándose en textos como Los baños de Argel, La Galatea y el Relato del cautivo, incluido en el Quijote –en la película Amenábar realiza un guiño con las figuras de los frailes trinitarios que remite a la iconografía de Don Quijote y Sancho Panza–.

Julio Peña en El Cautivo. Foto: Lucía Faraig/The Walt Disney Studios

Con este respaldo argumental, Amenábar –al igual que en sus anteriores aproximaciones a hechos y figuras históricas (como Mar adentro, Ágora, Mientras dure la guerra o La Fortuna)– construye un relato en el que reaparecen algunos de los temas recurrentes a lo largo de su filmografía. Una trayectoria marcada por proyectos muy diversos, pero en la que pueden identificarse ciertos rasgos constantes: la búsqueda de la libertad, la fuerza de la imaginación y la afirmación de la independencia personal.

El guion de Amenábar propone una estructura narrativa en la que se superponen dos niveles de lectura. En un primer plano, se desarrolla un relato de aventuras centrado en las vivencias del grupo de cristianos cautivos en Argel. Sin embargo, bajo esta superficie narrativa emerge un segundo nivel, más imaginativo y de mayor profundidad, que resalta el inmenso valor de la capacidad de crear historias. Este plano simbólico anticipa la futura trayectoria de Cervantes como poeta, dramaturgo y novelista, y subraya el poder transformador de la imaginación frente a la realidad.

El Cautivo presenta a un Cervantes (Julio Peña)impulsado por el atrevimiento propio de la juventud, capaz de asumir el riesgo de enfrentarse a sus enemigos, pero también atravesado por las dudas e incertidumbres de quien aún no ha sido moldeado por la experiencia de la madurez. Su llegada a la prisión marca el inicio de un proceso de adaptación: el descubrimiento de las normas internas, la convivencia con el grupo de prisioneros cristianos –integrado por soldados y militares–, la sumisión a la violencia ejercida por sus captores y el encuentro con la enigmática y temida figura del Bajá de Argel (Alessandro Borghi).

En este relato de aventuras marcado por el anhelo de libertad –evidenciado en los diversos intentos de fuga–, Amenábar amplía ese deseo de emancipación a todos los ámbitos de la condición humana. Desde la dimensión física de escapar de la cárcel hasta una concepción más amplia y abstracta de la libertad. La libertad del espíritu frente a las restricciones impuestas por la sociedad de la época, encarnadas en la figura del inquisidor y fraile dominico Juan Blanco de Paz (Fernando Tejero), se refuerza en la pantalla a través de la relación homoerótica entre Cervantes y su captor, Hasán Bajá. La abundancia de personajes secundarios revela la diversidad de una sociedad estamental: soldados, caballeros, religiosos, conversos, etc. Todos ellos conforman un microuniverso complejo, tejido en el espacio compartido donde conviven los cautivos.

Alejandro Amenábar y Julio Peña durante el rodaje de El Cautivo. Foto: Lucía Faraig/The Walt Disney Studios

Una relación que oscila entre el enamoramiento por la complicidad de disfrutar de las historias, el deseo y la amenaza, mediatizada por la figura dominante de Hasán Bajá y su poder absoluto para decidir sobre la vida o la muerte de sus cautivos. Una conexión situada en el contexto de un Argel cuya economía se sustentaba en el tráfico de esclavos, pero que, paradójicamente, se presenta como un remanso de libertad: zocos bulliciosos, calles estrechas y concurridas e incluso locales donde es posible encontrar travestis.

El ambiente de sensualidad y exaltación de la vida –de ecos pasolinianos– , asociado a los paseos en libertad de Cervantes por la ciudad, contrasta de forma radical con la brutalidad de la prisión, donde la violencia, la tortura y la muerte son una presencia cotidiana; las estancias lujosas de Hasán Bajá constituyen un remanso de paz donde la palabra y la atracción entre dos hombres supone un oasis dentro de la situación de cautiverio.

En la historiografía no existen pruebas explícitas que confirmen la homosexualidad de Cervantes. Por ello, la propuesta de Amenábar explora una posible relación entre Cervantes y Hasán como una forma de explicar por qué el escritor no fue ajusticiado, a pesar de sus numerosos intentos de fuga. La apuesta por la relación íntima entre Cervantes y su captor permite al director de Los otros establecer un discurso más profundo sobre la libertad individual y la capacidad de crear historias que es el segundo nivel temático que desarrolla El Cautivo.

Alessandro Borghi en El Cautivo. Foto: Lucía Faraig/The Walt Disney Studios

Así, entre las tentativas de evasión, la dureza implacable de la vida carcelaria, la violencia y la constante presencia de la muerte, emerge el hecho de narrar como un acto de libertad en medio del encierro. Contar historias se convierte en un modo de resistir, de mantenerse humano. Una ventana elevada –desde la cual permanece oculta la figura del Hasán Bajá– o la presencia enigmática de Zoraida, una joven que anhela ser bautizada, sirven para tejar una serie de fábulas e historias que rompen la frontera de la realidad y la ficción.

Relatos que, más allá de ofrecer un respiro y entretenimiento a los cautivos, se transforman en el instrumento esencial que garantiza la supervivencia de Cervantes; no solo como prisionero, sino como creador que encuentra en la palabra el último refugio frente a la adversidad que le rodea, a través de un juego narrativo en el que se mezcla lo real y lo imaginado.

Amenábar se recrea en la exhibición de la violencia en un entorno hostil donde los dogmas se enfrentan a la libertad del pensamiento, y la religión –no solo como fe, sino como aparato de poder– condiciona las decisiones humanas (un tema ya presente en Ágora). Sin embargo, en medio de esa atmósfera opresiva, emerge el poder de la ficción, revelándose como un oasis luminoso, una herramienta capaz de emancipar al espíritu y romper las cadenas del cautiverio.

Fiel al estilo de Amenábar, con una impecable factura técnica, El Cautivo nos transporta al Argel del siglo XVI gracias a un sólido diseño de producción y al aprovechamiento máximo de las localizaciones pues nos encontramos ante una producción de 15 millones de euros rodada en diferentes localidades de la Comunitat Valenciana (Santa Pola, Benitachell, Alicante, Anna, Buñol, Bocairent y también en los Estudios de Ciudad de la Luz) y Sevilla (el Real Alcázar).

Con Fernando Bovaria y Alejandro Amenábar en los cines Lys de Valencia

La película presenta debilidades que tienen su origen en el guion: el personaje de Cervantes carece de una dimensión verdaderamente humana y no logra transmitir las dudas inherentes a quien se enfrenta a una situación límite. En su lugar, predominan una caballerosidad y una valentía un tanto forzada, repitiendo así un patrón ya presente en su anterior proyecto, la serie La Fortuna, quizá derivado de ese acercamiento al género de aventuras. Este esquematismo otorga al producto final algo de frialdad tamizada por la excelente labor de los diferentes apartados técnicos (encabezada por la propia dirección de Amenábar, así como el acertado casting, la fotografía, el diseño de producción, los efectos digitales, el vestuario, etc.) que recrean la ambientación histórica.

El valor del filme, más allá del formato biopic del joven Cervantes, reside en situar en primer plano la importancia de contar historias. Equiparando el arte de la escritura con el oficio del cineasta, la capacidad de narrar nos hace más libres imaginando y transmitiendo historias. De hecho, la apuesta del director de Tesis por un Cervantes queer forma parte de esa libertad narrativa y en el audaz compromiso de Amenábar —dentro de un cine español mainstream tradicionalmente reacio al riesgo— por explorar territorios complejos y poco acomodaticios.

Al igual que en Mientras dure la guerra, El cautivo se presenta también como una reinterpretación contemporánea de un episodio histórico. Amenábar establece vínculos entre el pasado y el presente, reivindicando, sin importar la época o la sociedad en cuestión, la importancia de la libertad individual y la constante necesidad humana de luchar por ella, en este caso a través del arte de la narración.

Escribe Luis Tormo

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