Pequeños calvarios de Javier Polo

Fragmentos de realidad

Javier Polo debutó en el cine con el falso documental The mistery of the Pink flamingos (2021), un trabajo que proponía un juego entre realidad y ficción marcado por un humor surrealista con un toque visual que introducía una reflexión sobre la dualidad entre lo comúnmente aceptado y la trasgresión artística (con elementos prestados del pop y del kitsch) en una película que apostaba por la fragmentación (múltiples localizaciones, personajes reales, diferentes formatos de imágenes, etc. ).

Con Una terapia de mierda (2023), un cortometraje que fue nominado a los Premios Goya, el director valenciano continuó profundizando en el terreno del absurdo, en el que, partiendo de elementos reales, realizaba una crítica del peligro de las pseudoterapias y los bulos científicos con un tono paródico y grotesco.

Todo este bagaje temático y formal toma cuerpo amplificando sus efectos en Pequeños calvarios (2025), un filme que navega entre lo autoral y lo comercial. Con esta película –que se ha visto en diferentes festivales de cine (Málaga, Alicante, Cinemajove, etc.) y que llegará a las salas de cine en octubre– Javier Polo transita, ahora sí, en el terreno de la ficción pura y dura desarrollando una estructura formada por cuatro historias independientes junto a un nexo construido en torno al personaje de un relojero que hilvana todo el relato y que termina constituyendo otro episodio.

Andrea Duro en Pequeños calvarios. Foto: Los Hermanos Polo

La profesión de relojero está asociada a la precisión, a la delicadeza, al cuidado de toda una serie de piezas y mecanismos que tienen que funcionar con excelsitud para que el reloj pueda cumplir con su objetivo principal que es medir el tiempo. Pero el relojero (Pablo Molinero) de Pequeños calvarios actúa como un demiurgo capaz de intervenir en las historias cotidianas de aquellos oyentes que exponen su vida y sus miserias a través de las ondas de un programa de radio titulado como la película.

Esta especie de dios Cronos, cuya imagen y comportamiento un tanto extraño ya nos anuncia el universo absurdo, casi onírico, por el que va a discurrir la película, es un ser que interactúa de forma mágica, sobre esas piezas que aquí son el resto de los personajes que componen las pequeñas historias, para transformar su devenir diario. El personaje de este relojero sitúa en primer plano el valor del tiempo como concepto filosófico, un juego metafórico que pone el acento en la forma en que desperdiciamos el tiempo sabiendo que es un bien escaso y que su duración, como seres humanos, está limitada.

Esos pequeños “calvarios” que sufren los personajes ponen de manifiesto el tiempo que ocupamos en detalles nimios que nos apartan de lo verdaderamente importante. De esta forma, el discurso de la película incide en la necesidad de tomarnos las cosas con humor porque reírnos de las manías del día a día quizá sea la opción correcta de superar las obsesiones del mundo que nos rodea y, donde, muchas veces no tenemos capacidad de intervención.

La película se compone de cuatro historias: una pareja que no se encuentra en su mejor momento sentimental y que pierde a su perro –una mascota muy especial–; un hipocondríaco que reúne a sus amigos para comunicarles una trágica noticia; una profesora de yoga que se verá superada por la llegada de una nueva vecina capaz de alterar su paz; y un hombre acostumbrado a pasar sus vacaciones en solitario en un camping y que en esta ocasión es acuciado por sus vecinos para que socialice con todo el grupo.

Personajes en situaciones cotidianas, cercanas a la rutina, que de pronto ven alterada su existencia debido a una circunstancia que termina provocando un giro dramático en sus vidas. Ese relojero capaz de influir en el destino de los personajes desencadena una serie de reacciones que alimentan las rarezas, las extravagancias y las chifladuras que constituyen un vademécum de las neurosis y trastornos emocionales extendidas en un modelo de sociedad del primer mundo que tiene las necesidades básicas cubiertas pero que es incapaz de gestionar las exigencias emocionales, mentales, laborales o sociales.

Ese muestrario de excentricidades se extiende a través de una amplia paleta de personajes materializado en un escogido casting (Arturo Valls, Vito Sanz, Javier Coronas, Marta Belenguer, Andrea Duro, Enrique Arce, etc.) que encarnan diferentes arquetipos reconocibles de nuestro entorno cercano (la pareja, los vecinos, los amigos, el trabajo).

La estructura capitular, con historias independientes –que como suele ser habitual en este tipo de planteamiento resultan desiguales– y la amalgama de personajes, podían convertirse en factores de riesgo que minoraran el valor de la película, pero este peligro se esquiva gracias a que esos relatos autónomos se unifican a través de un discurso temático hilvanado con un tono surrealista que bebe del humor negro y la comedia gamberra. Es cierto que cada episodio es autoconcluyente, pero la pátina irreal, cercana a la rareza, con la que Javier Polo dibuja sus historias –con un guion firmado por Guillermo Guerrero, Enric Pardo y David Pascual– les aporta consistencia como grupo y el resultado final tiene unidad como conjunto.

Vito Sanz en Pequeños calvarios. Foto: Los Hermanos Polo

El tono irónico y excéntrico se apoya en un envoltorio formal deudor del universo pop a través de un montaje dinámico y el uso de colores brillantes, explotando una de las señas de identidad del cine de Polo que es el uso estético del kitsch, pero no solo como instrumento formal, como elemento visual, sino también como recurso para bucear en un modo de vida, de una cultura generacional, con la que profundizar en la mirada reflexiva de los hechos que se exponen. De hecho, ese juego es el que hace que por debajo de ese tono colorido –con una acertada fotografía de Beatriz Sastre– se asome un universo sombrío potenciado por el humor negro (que no está lejos del modelo berlanguiano).

Pequeños calvarios elabora un discurso sobre la locura en la que se está convirtiendo la sociedad, a la vez que lanza una alerta en relación con todos los problemas que terminan convirtiendo nuestro entorno en un infierno. La película –otro producto característico de ese ecosistema creativo que constituyen Los Hermanos Polo– es un reflejo de lo que somos, de lo que tenemos alrededor. Esos personajes exóticos, excéntricos o raros, potenciados por la ironía y el tono sarcástico, se convierten en modelos reconocibles de un mundo cada vez más extraviado. Como se apunta en la parte final de la película hay que disfrutar, hay que vivir, hay que superar esos pequeños problemas, porque nunca se sabe qué sorpresas te deparará la vida.

Con este último trabajo Javier Polo diluye con sutileza la frontera que a menudo separa el cine de autor de aquel con vocación de alcance popular, sin por ello sacrificar los rasgos identitarios que configuran una propuesta fílmica singular. A pesar de los retos inherentes a la producción de un proyecto de esta naturaleza, el cineasta logra articular un discurso visual donde convergen el humor, lo absurdo, una mirada local que se proyecta hacia lo universal y el surrealismo imbricado en lo cotidiano. Todo ello convierte la pantalla en un espejo simbólico que, lejos de ofrecer únicamente evasión, nos devuelve una imagen reveladora de nuestro entorno más inmediato.

Escribe Luis Tormo

Título: Pequeños calvarios
País y año: España, 2025
Duración: 92 minutos
Dirección: Javier Polo
Guion: Guillermo Guerrero, Enric Pardo y David Pascual
Fotografía: Beatriz Sastre
Reparto: Pablo Molinero, Arturo Valls, Vito Sanz, Javier Coronas, Marta Belenguer, Andrea Duro, Enrique Arce
Productora: Los Hermanos Polo, Japonica Films, Paloma Negra Films, Whisky Films

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