La mirada del dolor
En el año 2021, una denuncia sobre el maltrato animal difundida por la ONG Cruelty Free International ponía el punto de mira en el trabajo realizado en el laboratorio Vivotecnia de Madrid. Las imágenes, grabadas de forma oculta durante más de 18 meses por Carlota Saorsa –un nombre ficticio para ocultar su identidad real–, una activista animalista, fueron difundidas por los medios de comunicación. Las pruebas de la brutalidad sobre lo que se hacía en el interior del laboratorio avivaron el debate sobre la experimentación animal, sus límites éticos, su regulación y el control administrativo de este tipo de actuaciones.
Desde que en 2016 debutara en el cine con The Other Kids, sobre unos niños que jugaban al futbol en Uganda, Pablo de la Chica ha desarrollado una carrera en el terreno del documental volcado en causas sociales; en 2022 ganó el Goya al Mejor Cortometraje Documental por Mama, un trabajo sobre Mama Zawadi, una mujer víctima de violaciones que sana sus heridas curando y protegiendo a los primates del Santuario de Rehabilitación de Primates de Lwiro (Congo).
Partiendo del visionado de las duras pruebas documentales que la activista consiguió en su infiltración y una larga entrevista con ella, Pablo de la Chica escribe y dirige este documental sobre el proceso de infiltración en el laboratorio –el término bunker viene de la propia descripción que Carlota hace del lugar– al que se añade también las consecuencias que a nivel personal ocasiona un proceso de estas características para su protagonista.
El documental partía de una serie de impedimentos legales que se derivan de la situación de testigo protegido de Carlota Saorsa y de un proceso judicial pendiente que constriñe el acceso a parte de la información. Dos condicionantes que más allá de las implicaciones legales tienen también su importancia para el desarrollo creativo de Infiltrada en el búnker.
Con estos antecedentes, la película documenta todo el proceso de infiltración de Carlota en el laboratorio recurriendo a una estructura formal deudora del thriller elaborando un docuficción con las características asociadas al relato de infiltrados –primeros contactos, aceptación de una oferta laboral, dificultad para la obtención de pruebas, el miedo a ser descubierta y el desgaste emocional por mantener una doble identidad–.
Para asentar esta elección creativa Pablo de la Chica apuesta por ficcionar el personaje de Carlota a través de la actriz Goize Blanco –un complejo papel para recrear la figura de la activista– de tal forma que se pueda visibilizar las dificultades y los sentimientos encontrados de quien tiene que colaborar con el laboratorio para obtener las grabaciones de los terribles experimentos. La actriz reproduce la entrevista mantenida entre Carlota Saorsa y Pablo de la Chica, además de representar todas las situaciones del proceso del infiltración.
Con el soporte de la recreación dramática, el documental va introduciendo las imágenes reales grabadas por Carlota sobre la experimentación con animales más allá de cualquier postura mínimamente ética. Tomás de la Chica elude cualquier tentación morbosa y los videos mostrados –algunos de ellos, impactantes– son los necesarios para entender el maltrato y apuestan por apelar a la sensibilidad del público no tanto por lo que se exhibe sino por lo que se intuye.
En esta mesura expositiva convive también la necesidad de compatibilizar la dureza con un tono que pueda ser ampliamente aceptado por una mayoría de espectadores –en la producción está un gigante como Prime Video– para que el discurso gane en visibilidad. El uso de un género reconocible como el thriller (suspense, incertidumbre, la música que provoca tensión), con elementos del true crime, ficcionando los hechos narrados, es un recurso para facilitar la difusión del mensaje. La recreación del personaje de Carlota, poniendo en valor su esfuerzo y su sacrificio personal y profesional (se tuvo que apartar de su familia, de sus amigos, de su carrera, exponiéndose a insultos y amenazas) sirve para implicarnos y hacer los hechos más digeribles.
El documental esquiva la trampa fácil de exponer los hechos de forma maniquea. El diseño de thriller no esconde un didactismo expositivo que tiene como objetivo provocar el debate sobre la experimentación animal. En la entrevista con Carlota sale a relucir los mecanismos legales de la experimentación con animales, las 3R (Reemplazo, Reducción y Refinamiento) que se deben respetar en tratamiento con los animales, la necesidad de someterse a las disposiciones del cómite ético que vela por una experimentación dentro de los límites legales y también por la veracidad de los estudios que se derivan de las experimentaciones.
Siguiendo esta línea, Infiltrada en el búnker tampoco profundiza de forma crítica con la actuación de la administración que cierra el laboratorio tras el escándalo de las imágenes de las torturas a los animales, para reabrirlo dos meses después; una situación que se mantiene en la actualidad pues Vivotecnia sigue siendo contratada por organismos públicos como el CSIC, el CNIO o el CIEMAT. Aunque queda patente las motivaciones económicas de laboratorios y farmacéuticas o la duda ante determinados estudios .
El documental, poniendo todas las cartas sobre la mesa, tiene como objetivo ir más allá de la situación legal de la investigación de unos hechos que se encuentran en una fase judicializada, para situar el foco del relato en el debate sobre la conveniencia o no de realizar la experimentación animal en países donde los animales, según la legislación, son considerados «seres vivos dotados de sensibilidad». El planteamiento se amplifica al mostrar sucesos similares ocurridos en otros países como Alemania, extendiendo la reflexión más allá de un hecho puntual.
En una sociedad insensibilizada al dolor y al sufrimiento que provocan las guerras y las desigualdades sociales, la película de Pablo de la Chica intenta visibilizar el maltrato animal acudiendo a la inocencia de los que sufren la violencia. La dureza de Infiltrada en el bunker deriva de un discurso sobre unos seres inocentes que no entienden que está pasando. Ese dolor que se refleja en los ojos de los animales (encarnado en ese Número 32) hiere por la incomprensión de esas víctimas ante la tortura ejercida contra ellos. La actitud de algunos técnicos y veterinarios del centro, con sus burlas (aludiendo al nazismo), con la comprensión y la aceptación de unos métodos alejados de toda ética profesional, retrata un perfil oscuro y cruel del ser humano. Visibilizar y provocar el debate sobre estas prácticas es el principal valor de este documental.
Escribe Luis Tormo
