Desert dancing
En el cine, y en muchas de las manifestaciones artísticas, el resultado final supera la suma de sus partes. Analizando los diferentes elementos por separado podría parecer que si se detectan incorrecciones estilísticas o de escritura en aspectos importantes de una película, la valoración tendría que resentirse necesariamente. Y sin embargo, no siempre ocurre así porque la sensación sobre lo visto –lo vivido en la sala oscura iluminada por las imágenes– depende de multitud de factores que no se ordenan como una fórmula matemática sino que se reestructuran en base a la capacidad de despertar una emoción o un sentimiento.
Viene esta reflexión a propósito de Sirat, la película de Oliver Laxe. El soporte argumental es sencillo: un padre, acompañado de su hijo pequeño, busca a su hija desaparecida voluntariamente en Marruecos; el rastro los guía a una serie de raves organizadas en el desierto. La primera referencia cinematográfica es Centauros del desierto (1956, Ford) y todas sus derivadas posteriores como Hardcore. Mundo oculto (Schrader, 1979), películas que giran alrededor de la consecución de un objetivo –encontrar o rescatar a una persona– introduciéndonos a través de paisajes y universos plagados de dificultades y donde lo importante no es tanto el resultado final sino el viaje planteado como descubrimiento.
Los primeros planos de los altavoces en un terreno desértico unido a la celebración de la rave nos introducen en el terreno de lo insólito, de cierta extrañeza que se acrecienta con la presencia de la música electrónica y su efecto captor. Padre e hijo enseñan la fotografía de la desaparecida y pronto surgen pistas de otra posible rave donde ampliar la búsqueda. La irrupción del ejército marroquí en la fiesta provoca un salto narrativo que conlleva la alianza entre padre e hijo y un grupo de extraños personajes marginales para buscar esa otra rave. Se introduce aquí un posible relato distópico –como la interesante Animalia (Alaoui, 2023) donde una mujer se adentra en el Marruecos profundo– que amplía el espectro temático hacia la consideración del viaje como una pesadilla que termina en un descenso a los infiernos (ya anunciado en la cartela inicial cuando se explica el significado de la palabra “sirat” para la religión islámica.
En esa situación bélica que parece se ha desatado, los personajes del padre y del hijo conviven con un grupo variopinto de neohippies y punkies que han renunciado al sistema social estandarizado y que Laxe explicita con la presencia de personajes tullidos. Todo ello da como resultado una especie de cuscús cinematográfico que combina la aventura futurista a lo Mad Max con relatos clásicos de aventuras como El salario del miedo (Clouzot, 1953) (y su remake posterior a cargo de Friedkin).
Por si no fuera poco con la amalgama de géneros (drama, aventuras), al que hay que unir la estructura del western y la road movie, con un discurso apegado a la importancia del paisaje desértico que adquiere un relevante protagonismo; la película incluye dos giros de guion –hacia la mitad del metraje y en el último tercio– tan forzados como necesarios. Dos situaciones que juegan con un efecto sorpresivo, que oculta la artificialidad del mecanismo narrativo, y que son introducidas para que la película pueda profundizar en el descenso a los infiernos en que se ven inmersos todos los personajes.
Con todo, ese puzle de géneros y golpes de efecto termina por generar un coherente y doloroso discurso sobre el ser humano, sobre la deriva de nuestra sociedad, que se impone a las diferentes individualidades proponiendo una reflexión filosófica que tiene su origen y se nutre de las raíces, de la tierra, del paisaje.
En ese sentido, los primeros planos del filme son significativos con las manos –donde se destaca la fisicidad– que montan toda una línea de altavoces del que emergerá un sonido electrónico, con su conjunto de beats que marcan un latido, que ejerce un poder de atracción (imposible no acordarse de los planos de altavoces de Pink Floyd Live at Pompeii, el documental de Adrian Maben). La metáfora de la rave, una celebración sin principio ni final, donde la música y todo tipo de sustancias provoca un efecto hipnótico que atrapa a los personajes sirve para que nos introduzcamos en un universo donde lo emocional se sitúa por delante de la razón. Atrapa a los personajes en la ficción cinematográfica y nos atrapa a nosotros como destinatarios de esa historia que se cuenta en la pantalla.
Estamos ante una experiencia sensorial. Los paisajes y la música no son meros soportes del relato, son una parte imprescindible porque en Sirat lo importante es el recorrido. Como ya hiciera Herzog en Aguirre, la cólera de Dios (1972) y Fiztcarraldo (1982) o Coppola en Apocalypse now (1976), el viaje se convierte en una carrera de obstáculos plagada de riesgo, peligro y desconocimiento.Hay perdida y dolor que deja sus cicatrices. Un recorrido donde la meta deja de tener sentido, donde el objetivo inicial se difumina hasta quedar reducido a la nada. Un viaje exterior e interior supeditado a la propia supervivencia. Esta característica de Sirat como experiencia, como espectáculo visual y sonoro, sí hace necesario que su visionado se produzca en el espacio físico de la sala de cine para apreciar su valor.
El desierto se convierte en un espejo donde los personajes se miran, el carácter infinito del paisaje hace que solo se pueda avanzar hacia delante sabiendo que lo real y lo onírico se entremezclan pues no hay que olvidar que la película es un trampantojo que esconde multitud de capas (que tiene su reflejo en las propias localizaciones, a veces Marruecos, a veces Teruel). Incluso los personajes también son un espejismo, desconocemos todo acerca de ellos, no sabemos nada de su pasado, ni de sus motivaciones, más allá de la búsqueda de la hija por parte del padre o de la actitud nómada, errante, del grupo de ravers; de ahí que, al final, nos encontramos ante un ejercicio de abstracción donde no vemos individuos sino un colectivo que encarna esa sociedad occidental que simplemente avanza con inercia sin saber cuál es su rumbo.
Sirat se asemeja a esas obras pictóricas de las que hay que alejarse para apreciar la totalidad del mensaje. Necesita de cierta distancia para obviar los detalles (muchos de ellos toscos), para superar los elementos con los que se construye el relato. Si nos dejamos llevar por el ambiente, por las sensaciones, si somos capaces de participar en esta rave cinematográfica, la película de Oliver Laxe cumple con sus objetivos que no es otro que golpear, alertar, llamar la atención sobre la forma en la que estamos en este mundo y la necesidad de cambiar, evolucionar y trascender a esa inercia a la estamos acostumbrados; un ejercicio que resulta doloroso. El último trabajo de Laxe funciona como una opera aperta donde cada persona que ve el filme, si entra en el juego propuesto por su autor, debe completar el sentido final de la película.
Escribe Luis Tormo
Título: Sirat
País y año: España, 2025
Duración: 88 minutos
Dirección: Oliver Laxe
Guion: Oliver Laxe, Santiago Fillol
Fotografía: Mauro Herce
Música: Kangding Ray
Reparto: Sergi López, Bruno Núñez, Jade Oukid, Joshua Liam Herderson, Tonin Javier
Productora: El Deseo, Filmes Da Ermida, Movistar Plus+, 4A4 Productions, Uri Films.
Distribuidora: BTeam Pictures

