Pink Floyd at Pompeii MCMLXXII

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Clasicismo y contracultura

A finales de la década de los 60 del pasado siglo Pink Floyd representaba la fusión entre arte y música. Sus conciertos suponían una perfomance donde la música de Syd Barret y la puesta en escena, en el contexto de la psicodelia (álbumes conceptuales, el uso de las drogas, rebeldía), generaba una experiencia artística completa.

Cuando Syd Barret, debido al abuso en el consumo de LSD, fue expulsado del grupo –con anterioridad Pink Floyd había fichado al guitarrista David Gilmour para completar el trabajo a la guitarra de Barret– el futuro del combo británico quedó en entredicho. Pero como pasa tantas veces en la historia del pop y del rock, hay formaciones que sobreviven a la pérdida del líder (Depeche Mode, Génesis, Joy Division transformado en New Order, etc.) para emprender un camino hacia el éxito que en el caso de Pink Floyd fue estratosférico.

En 1971 el grupo estaba en un periodo clave en su evolución creativa. Tras su segundo disco influenciado por la música de Barret (A Saucerful of Secrets) y tras varios experimentos sonoros (Ummagumma, Atom Heart Mother, la banda sonora de More), la grabación de Meddle (y Obscured by Clouds que era la banda sonora de La Vallée) supondría un paso adelante en la búsqueda de un sonido propio que culminaría meses después con la publicación de The DarkSide of the Moon, el disco que los catapultaría al éxito masivo.

El proyecto de la grabación de un concierto partió del realizador Adrian Maben. Su idea era filmar la música del grupo asociada a las imágenes de pintores y artistas contemporáneos como Magritte, De Chirico, Christo o Jean Tinguely. El grupo británico escuchó la propuesta, pero no contestó. Unos meses después Maben se encontraba viajando por Italia y uno de los lugares elegido para visitar fue el anfiteatro romano de Pompeya. En esa visita turística, Maben perdió el pasaporte y eso hizo que volviera al teatro por la tarde para intentar recuperarlo. Contemplar el anfiteatro de Pompeya, vacío, sin turistas, en silencio, hizo que inmediatamente reconociera ese lugar como la localización perfecta para grabar la música de Pink Floyd.

Este nuevo planteamiento, asociado a los restos romanos de Pompeya, sí interesó a Pink Floyd que reservó en su agenda 6 días en octubre de 1971 para grabar las canciones. El grupo estableció dos requisitos: en primer lugar, la elección del listado de temas que formarían parte del documental (una parte importante del setlist pertenecía al álbum Meddle que se publicaría en noviembre de 1971); y segundo, la grabación de esos temas tenía que ser en vivo, descartando cualquier posibilidad de playback.

De los 6 días previstos inicialmente, el rodaje final quedaría reducido a 3 días, debido a problemas logísticos relacionados con la dificultad para conseguir la electricidad necesaria para todos los equipos de grabación y sonido. Las grabaciones originales de Pompeya (Echoes, One of These Days y A Saucerful of Secrets), que apenas llegaban a 60 minutos,  se completarían en París con tomas adicionales en estudio incorporando en alguno de ellos las proyecciones de Pompeya en una gran pantalla delante de la cual actuaba Pink floyd.

El filme se estrenó en septiembre de 1972 en festivales y en algunas salas de cine con el metraje original grabado en Pompeya y completado con las sesiones de estudio. En 1973 Adrian Maben visitó los estudios Abby Road para entrevistar al grupo que en ese momento estaba grabando The Dark Side of the Moon. Con ese metraje adicional, consistente en una serie de entrevistas con los componentes del grupo grabadas en blanco y negro junto a una serie de imágenes del proceso de elaboración del nuevo disco en el estudio, en 1974 se lanzó una nueva edición de documental.

Con posterioridad, en 2002, se publicaría una nueva reedición director’s cut con un nuevo montaje, aunque el contenido musical prácticamente no variaba. Afortunadamente la reedición en 4K actual está basada en la versión de 1974 pues el montaje del director no aportaba nada (con un uso pedante de imágenes espaciales).

Para apreciar el valor del documental dirigido por Adrian Maben hay que situarlo en el contexto de la época. Con la efervescencia de los multitudinarios conciertos de finales de los 60 (con Woodstock a la cabeza) Pink Floyd at Pompeii apuesta por el efecto contrario (aunque está el precedente de The Beatles en la parte final de Let It Be), mostrando a los músicos solos, sin público, empequeñecidos ante las ruinas del anfiteatro romano y, en un grupo que se caracterizaría por su gran despliegue escénico con todo tipo de efectos, en este caso las imágenes son absolutamente minimalistas.

De esta forma, frente al formato habitual que era mostrar al artista y la reacción del público, aquí las imágenes se concentraban en los componentes del grupo y en la música, destacando también todo el equipo de sonido y rodaje, mostrando las diferentes cámaras utilizadas con un juego que visibiliza la tramoya, lo que hay detrás del concierto.

La película se abre y se cierra con Echoes, al principio observamos un lento movimiento de aproximación desde las alturas de las gradas hasta el foso. Este movimiento se repite al final pero de forma inversa pasando del primer plano para terminar con un plano general. Entre medias las cámaras de Maben captan con precisión la interpretación de la formación británica combinando una serie de panorámicas y travellings  que giran alrededor del grupo entre los altavoces y los equipos de sonido con un juego visual en los que se incluye la pantalla partida en 9 ó 12 cuadros para potenciar los solos de batería o de guitarra.

La introducción de las imágenes de Pompeya, con las ruinas arquitectónicas, las estatuas, los mosaicos, la lava burbujeante o la presencia de los miembros de Pink Floyd paseando por la montaña completan el paisaje musical, recreando un ambiente atmosférico inquietante que incrementa la sensación de soledad y extrañeza (sobre todo en las imágenes nocturnas). La elección formal contrapone el clasicismo del arte romano con la modernidad de la música de Pink Floyd.

El sonido de la película estaba recogido a través de un equipo de 24 pistas con lo que se consiguió una calidad similar a un estudio de grabación; de hecho, junto a la reedición de la película se ha publicado la grabación del concierto (CD,DVD, Blu-Ray, digital) con toda los temas y alguna versión extra, con un espectacular audio .

El material rodado en Abbey Road nos permite acceder al ambiente de grabación del disco The Dark Side of the Moon, con los músicos interpretando algunos de los temas o desayunando en una mesa larga a la que se añade una combinación de entrevistas cortas. Para filmar los estudios de grabación, Maben utiliza un movimiento similar al visto en Pompeya de tal forma que se establece una especie de raccord entre los travellings que hemos visto en el anfiteatro y los travellings que muestran los equipos y los instrumentos durante la grabación en el famoso estudio londinense.

La inclusión de este material es discutible porque rompe con el relato de la grabación del concierto, aunque hay que reconocer la oportunidad de visualizar unas escenas que son el testimonio de una grabación que daría  a Pink Floyd un estatus de clásicos –como los restos de Pompeya– de la cultura musical del siglo XX.

La restauración, efectuada a partir del negativo original de 35mm que fue descubierto en los archivos de Pink Floyd, en un trabajo fotograma a fotograma, permite apreciar la intensidad del color y la brillantez perdida, unida a un gran sonido.  Sin perder de vista el interés comercial de la reedición del documental y su banda sonora,  hay que destacar el valor de recuperación de una película mítica –en pantalla grande y con gran calidad de sonido– que resume un periodo crucial de la banda británica, bajo la atenta mirada de Adrian Maben, que compone una simbiosis entre cine, música y cultura.

Escribe Luis Tormo

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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