Inicios
El primer contacto de Christopher Nolan (Londres, 1970) con el cine está unido a las películas que rodaba en 8 mm –junto con su hermano mayor– con la cámara de 8mm de su padre y a la extraordinaria influencia que le produjo la visión de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) de George Lucas. Esta experiencia temprana le descubre al futuro autor de Origen las posibilidades del cine como soporte para narrar historias.
Tras su paso por la escuela de Haileybury College de Hertfordshire (1), un condado cercano a Londres, Nolan ingresa en el University College de Londres para graduarse en Literatura Inglesa. No en balde, el mundo de la literatura, la escritura y la capacidad para desarrollar una narración, es algo que está intrínseco en el cine de Nolan, tanto en la temática de sus filmes como en el soporte estructural de sus guiones.
Mientras tanto, Nolan continúa trabajando en sus proyectos cinematográficos y fruto de esta etapa inicial son los cortometrajes Tarantella, Larceny y Doodlebug. Tras Doodlebug, Nolan rodaría su primer largometraje, Following. Los premios que obtuvo este film en diferentes festivales permitieron a su director llevar adelante su siguiente filme, Memento, y lanzar definitivamente su carrera dentro del mundo del cine.
Doodlebug
Este trabajo inicial, además de su estimación artística que analizaremos más adelante, tiene el mérito de reunir a una serie de personas que formarán parte del equipo de Nolan en sus siguientes proyectos: Jeremy Theobald, actor en este corto, coprotagonista de Following y que cuenta con una aparición en Batman begins; el compositor David Julyan, autor de un gran número de bandas sonoras del director británico; o Emma Thomas, productora de todos los filmes de Nolan (2).
Rodado en 16mm y en blanco y negro, el cortometraje tiene una duración de apenas tres minutos, los títulos de crédito muestran la pantalla en negro con la palabra Doodlebug. Inmediatamente apreciamos cómo las dos «oes» del título son en realidad dos ojos que se mueven de un lado a otro, y cuando se retira esa pantalla inicial, coincide con el rostro del protagonista. Este recurso inicial sirve para anunciar al espectador que lo que viene a continuación es una sorpresa, un juego.
Asentada esta premisa, Nolan acota el espacio y la temporalidad de la narración reduciendo la acción a una habitación donde un hombre intenta aplastar con su zapato algo que no terminamos de identificar, quizá un insecto (como apunta el título del corto) o un pequeño animal.
Las imágenes muestran un ambiente opresivo representado por las paredes de la pequeña habitación donde la combinación de unos travellings –en retroceso y laterales– y movimientos cámara en mano, contrapuestos a los primeros planos del protagonista y determinados objetos y efectos sonoros, consiguen crear un estado onírico.
De hecho, la tensión viene provocada por los primeros planos de dos relojes que parece indican la necesidad de conseguir el objetivo en el menor tiempo posible, a la vez que se rompe la continuidad con el estridente timbre de una llamada telefónica que refuerza también la necesidad de no demorarse.
Se refuerza también la sensación de aislamiento, pues se corta el vínculo con el exterior –representado por la llamada de teléfono–, que le sirve a Nolan para mostrarnos una de las ideas más imaginativas al sumergir el teléfono en una jarra de agua que ahoga la conversación acrecentada con el efecto de unas burbujas que se escapan como si se perdiese la vida, como si las palabras se ahogaran en el agua.
Hasta ese momento el pequeño espacio de la habitación, la relevancia de los primeros planos de objetos, la banda sonora tétrica, sin diálogo, pero reforzada por los sonidos de los objetos (los relojes, el teléfono, los golpes) y el blanco y negro nos recuerdan al universo que David Lynch mostraba en su etapa inicial. No sabemos si nos sumergimos en un universo de pesadilla o estamos ante el retrato de la locura de un personaje.
Y mientras reflexionamos sobre estos aspectos, Nolan da un golpe de efecto cuando el personaje levanta la tela oscura que persigue y vemos cómo el objeto perseguido es el mismo protagonista que está realizando la misma acción. A partir de este momento, la reflexión queda sustituida por este truco de guion, por el efecto sorpresa, y la posible interpretación queda supeditada a la propia estructura de la narración.
Como si enfrentáramos dos espejos, la acción se reproduce en diferentes planos de tal forma que cuando el protagonista aplaste a su propio yo diminuto, a continuación, sufrirá las mismas consecuencias, lo cual hace que se rompa la continuidad sustituyéndose por una espiral laberíntica que intuimos no tiene fin.
El origen de un estilo
Teniendo en cuenta que analizamos Doodlebug, su tercer corto, tras haber visto su posterior filmografía, resulta tentador establecer una serie de parámetros que se repiten a lo largo de su obra, de tal forma que podamos resaltar temas o tratamientos que ahora sabemos son característicos del director de Memento y que ya se apuntan en este cortometraje.
De esta forma podemos destacar, al menos, una serie de elementos que en Doodlebug se apuntan y que constituyen una especie de borrador de futuros tratamientos estilísticos y estructuras que Nolan empleará en sus siguientes obras.
En primer lugar, destaca la factura visual que emparenta Doodlebug con su opera prima, Following. Desde el empleo del blanco y negro, a los espacios claustrofóbicos (que en Following se contraponen a los planos exteriores del protagonista siguiendo a otras personas) y, sobre todo, el ambiente asfixiante y onírico que rodea a los personajes emparentan ambas obras. El hecho de que en Following uno de los protagonistas que conforman el triángulo de los personajes sea un escritor también tiene su nexo de unión con Doodlebug pues, aunque en sus escasos tres minutos de duración apenas tenemos pistas, sí podemos apreciar que en esa pequeña habitación hay una máquina de escribir y un flexo que nos remiten a esa posible profesión.
Un segundo aspecto a destacar es la importancia que se concede a la estructura de la narración. En Doodlebug el descubrimiento del juego final rompe la linealidad del relato y nos remite a una visión circular donde la acción intuimos que se repite y se repite. En sus siguientes filmes, Following y Memento, es el juego con el tiempo y la deconstrucción de la historia el que aporta la verdadera importancia a lo que estamos viendo. Doodlebug quizá sea la confirmación para Nolan de las posibilidades que el cine posee para contar una historia de esa forma particular.
En esta obra inicial de Christopher Nolan (3), el valor principal radica en cómo se nos cuenta y no qué se nos cuenta. Este recorrido, además, se acrecienta en cada película llegando a su máxima expresión en Memento donde la estructura se impone al resto de elementos. De ahí que Doodlebug tiene el valor intrínseco de constituir una primera pieza en el engranaje de la filmografía de unos de los directores que actualmente cuenta con mayor prestigio.
Escribe Luis Tormo
Notas:
(1) El mismo condado donde falleció Stanley Kubrick. El director de La naranja mecánica es, junto con Ridley Scott, uno de los directores preferidos de Nolan, según confiesa el propio director.
(2) Emma Thomas, además de encargarse de la producción de los filmes de Nolan, está unida sentimentalmente a Nolan desde esos años hasta la actualidad.
(3) Doodlebug puede encontrarse fácilmente en Internet buscando por el título del corto.
